José Ignacio Gracia Noriega

La feria del maestro
 

Describir una feria era la gran tentación del escritor costumbrista del siglo pasado, es decir, del siglo XIX. Y hubo grandes descripciones de ferias, tanto en la literatura narrativa (recordemos a Gogol) como en la costumbrista. Toda clase de pintoresquismos y toda la gama del «color local» hallaban cabida en aquellas amenas páginas. Hoy no existe literatura costumbrista (si me apuran, tampoco literatura narrativa, pues los talentos actuales sólo escriben novelas policiacas camufladas de cosmopolitismo de fotomatón, «zrilers», según pronuncian los «modelnos»), ni tampoco ferias. Las pocas ferias que se celebran actualmente no sobreviven, sino que pretenden ser recreaciones y reconstrucciones de las ferias antiguas, como si fueran los Carnavales patrocinados por los ayuntamientos. Cuando algo sobrevive es porque, aunque sea a trancas y a barrancas, conserva cierta vitalidad. Cuando hay que reconstruirlo, malo: es porque se ha muerto. Los Carnavales jamás podrán recuperar su vitalidad antigua, porque son creaciones municipales y urbanas, muy alejadas del viejo espíritu religioso y rural que los animaba; como escribe Pío Baroja en el artículo «Los demonios del Carnaval»: «El Carnaval es una fiesta anárquica de masas desorganizadas, de individualismo que puede ser fiero y amable o rajado y violento. En esto se parece a la literatura, que tampoco puede ser de masas. El Carnaval ordenado, municipal, socialista, es aburrido; no tiene color ni sabor». Además, no vale hacer el burro hoy porque es Carnaval y mañana volver a comer plásticos (el Carnaval exige jugosos chorizos), y a dárselas de supermoderno con el punto con, el punto es y el e mail. Con las ferias y mercados sucede exactamente lo mismo. Algunas que se celebran en la actualidad llevan la adjetivación redundante de «medievales»: ¡como si todas las ferias, vayan a ellas los feriantes disfrazados o con su indumento habitual, no procedieran de la Edad Media! En estas ferias, por lo demás, se venden adornos y bisuterías, marroquinería y quincalla. En las de antes, muy por el contrario, se vendían cosas útiles para la vida de la aldea. Así enumera Pepín de Pría lo que se podía encontrar en la feria de la Purísima Concepción de Llanes: «Cabrales, Caso y Porrúa vinieron con sus quesos, algunos de fama universal; los concejos de Occidente, con su pan de escanda riquísimo; Cangas, con sus famosos vinos; Peñamellera, con sus maconas; Avilés, con sus potes, calderas y guadañas; Infiesto, con sus clavos de herraje; Arriondas, Caso y Ponga, con yugos y madreñas; Siero, con herramientas agrícolas, de cuya construcción ha gozado justa fama; Faro, con sus materias y productos cerámicos; Ribadesella, con sus castañas y salmones, los más buscados del mundo; el Pedroso, con sus paños, con sus sayales y otros tejidos; Pas, con sus mulos cargados de géneros y acarreados por los pasiegos, los comerciantes más activos y los más incansables trabajadores de esta parte oriental...». Hoy la aldea es colonia urbanícola, y la vida aldeana se ha muerto. ¿Para qué quiere el funcionario un yugo o unas madreñas, si no es para ponerlas de adorno en el salón de su «segunda vivienda» y se vea, a través de esas artesanías, lo paisanón que es?

Luis Menéndez Pidal describe en el Almanaque Asturiano de «El Carbayón» para 1883 la feria de los Santos; Antonio Fernández Martínez ha descrito, a su vez, la feria de Santa Lucía, y arriba hemos reproducido unos párrafos tomados del artículo que Pepín de Pría dedica a la feria de la Santísima Concepción. Son tres ferias de otoño que sirven, entre otras cosas, para que el paisano se aprovisione para el largo invierno que se avecina. De estas ferias, todavía conserva su fama la de los Santos, en Potes. Pero no se puede ir a ella porque hay más mirones que feriantes. El coche y el urbanícola lo estropean todo, porque están en todas partes. Antes, a las ferias iban las personas interesadas: se iba a hacer negocio. Ahora se va porque estamos en plena «sociedad del ocio», y el urbanícola transformado en turista ama el pintoresquismo y el «color local», cada día más escasos y más mixtificados, a causa precisamente de los urbanícolas y del turismo.

El verdadero centro de la feria de los Santos en Oviedo estaba en el Campo de la Lana, aunque la feria repercutía sobre toda la ciudad: «La ciudad se inunda de bestias que unen sus estentóreos rebuznos y relinchos a los de las muchas que en ellas se albergan –escribe Menéndez Pidal–; el templo de Minerva mira engalanados los poyos de su severa entrada con alforjas y cebaderas, las tapas de la plazuela de Riego cúbrense con gigantes paraguas azules y encarnados...». A estas ferias de otoño acudían individuos que vendían sus servicios para enseñar a leer y a escribir durante el invierno en apartadas aldeas. La manutención del improvisado maestro corría por cuenta de la aldea. De este modo, algunos desheredados encontraban cobijo durante los meses fríos, hasta el deshielo de la primavera; de este modo también, muchos chiquillos montañeses aprendían lo elemental para bandearse por la vida. La labor de aquellos maestros fue considerable; bien merecen, en estos tiempos de abundancia, un afectuoso recuerdo.

 
La Nueva España • 9 de noviembre de 2001
 

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