José Ignacio Gracia Noriega

Lecturas de otoño
 

Ha llegado el otoño. Como escribió un poeta muy considerable y muy poco considerado, José Benito Buylla:

«El otoño ha investido
de su semblante al bosque»

Decía Feijoo que con el otoño llega el tiempo de los severos estudios. Pero también era tolerante el padre maestro con la amena literatura. Opinaba que «el ejercicio de leer es fácil y breve; el de escribir, penoso y prolijo». Y consideraba que es mejor leer, aunque sea literatura profana, que no leer. Reconoce que los diálogos de Luciano no sólo son inútiles para reglar las costumbres, sino que pueden ser nocivos. «Lo mismo decimos», añade, «del lascivo Catulo, del torpísimo Petronio. Es preciso aquél por el primor del verso; éste, por la pureza y delicadeza del estilo». Tanta mano abierta no es corriente entre religiosos españoles. En el siglo XVI, Pedro Malón de Chaide, con ser excelentísimo prosista y buen poeta, arremete contra toda suerte de literatura profana, contra Garcilasos y Amadises: acaso había descubierto, al condenar a Garcilaso, algo que posteriormente señaló Azorín: que el dulcísimo poeta de las églogas y de las canciones es, a la vez, el más laico de toda la literatura española. Feijoo, en cambio, opinaba que la buena literatura, aunque laica, no debe estar condenada ni en los conventos. No hay actitud parecida en el catolicismo español, tan suspicaz ante la lectura, hasta Menéndez Pelayo, que era católico a machamartillo, pero que en materia literaria se reconocía pagano.

Con el otoño llega el tiempo del recogimiento, de estar más horas en casa, de encender el fuego del hogar. También las tardes son más cortas, las noches más largas. Apuntaba el crepúsculo en la ventanilla del «portalejo» de Gonzalo de Berceo, y aquel otro maestro, ante la noche que se aproxima, recoge el recado de escribir y se aparta del pupitre hasta el día siguiente. «El que escribía, apresurado, ante el terror medieval de la noche vecina», explica Dámaso Alonso.

Hoy, como ayer, en otoño las noches son largas, y no sólo porque se haya acabado o se haya perdido un amor, como en ese estremecimiento lírico de nuestro cancionero: «Estas noches tan largas / para mí / no solían ser así». Son largas porque el año se encamina hacia su término: «¡Qué temprano anochece, las siete todavía!» –exclama Concha en «Corazón de niña», uno de los varios cuentos que, reelaborados, acabarían componiendo la «Sonata de otoño». «Es el invierno que llega», contesta Bradomín.

Otoño es tiempo de lectura. En rigor, cada estación tiene sus lecturas adecuadas: lo ha advertido José María Castroviejo, gran degustador del otoño: «Cada estación, e incluso cada día y lugar tienen su libro, como el paladar educado estima el vino en relación con los platos». No se pueden leer los libros de moda, libros que se anuncian en los suplementos literarios; ¿Qué se puede leer o, mejor dicho, qué se debe leer en otoño? Es inexcusable la lectura de las dos grandes odas románticas a «la estación de la bruma y de la dulce abundancia», la de Keats y la de Lamartine, menos conocida:

¡Salve bosques que ciñen los verdores postreros!
Amarillos follajes en la hierba esparcidos.

Pero estas dos odas son cortas, no bastan para todo un otoño. Aunque a la vista de lo que hay, más vale poco y bueno que mucho y malo; o que nada, lo que sería peor. Un autor adecuadísimo para el otoño es Edgar Allan Poe. También, cómo no, Gerard de Nerval y Charles Nodier. El sosiego de esta época nos incita a volver a la reconfortante lectura de las grandes novelas de Walter Scott. Hoy no se lee a Walter Scott y eso pierde, junto con tantas otras cosas, la era del «euro» y la informática. Y ya que en novela histórica estamos, hay dos franceses autores de novelas deliciosas: Erckmann y Chatrian. Nada mejor que «El amigo Fritz» para la calma de una tarde. Y también esos dos grandes señores de las letras y del otoño, Barbey d’Aurevilly y Villiers de l’Isle Adam, y la prosa de William Butler Yeats. Entre los españoles, Baroja, Valle-Inclán, Pla, Cunqueiro, Castroviejo y Manuel Llano son de obligada lectura, y entre los asturianos, Casariego. Quien sea aficionado a la novela policiaca gustará de Simenon mejor que en cualquier otra época del año, porque el otoño es pura creación de ambiente. ¿Y Baudelaire, poeta de la decadencia lujosa, como bosque de otoño? Pero contra él nos previene Castroviejo: «Baudelaire no ama el campo y no hay otoño de interior».

 
La Nueva España • 14 de noviembre de 2001
 

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