José Ignacio Gracia Noriega

«Altar mayor»
 

Aprovechemos el centenario de la consagración de la basílica de Covadonga para recordar «Altar mayor». Es «Altar mayor» un excelente título para un libro, e inolvidable para quienes, en tiempos, vieron la película, mítica y exitosa, aunque «hoy por hoy desaparecida», según Lorenzo Benavente. Recordemos, pues, la novela y la película basada en ella, dirigida por Gonzalo Delgrás en 1943. El título se refiera a Covadonga, altar mayor de España, y se fundamente en que, como dice Josefín, uno de los personajes de la novela, gallardamente interpretada en el cine por José Suárez, «los montes son en Asturias la gran mesa del Señor».

Debo confesar que me gusta mucho esta novela, escrita por la santanderina Concha Espina: una escritora que no goza de demasiada buena fama en el terreno literario. Habitualmente se la considera como una autora de novelas que, en su tiempo, tuvo un éxito notable, principalmente entre el público femenino, pero este éxito contribuyó a que fuera tratada con cierto desdén por la crítica, y posteriormente olvidada. Confieso que aparte «Altar mayor» sólo leí otra novela suya, «La niña de Luzmela», y los breves textos agrupados bajo el título de «Pastorelas», evocaciones del mundo rural santanderino de la zona de Mazcuerras, tan semejante al asturiano, que uno no se siente extraño, ni mucho menos, en esas páginas. Se sentirá extraño cualquier joven lector de hoy en día, pero sólo porque el mundo rural ya no pertenece a su experiencia, al haber sido abolido por el mercado común y la modernidad. También la lectura de «Marianela», de Benito Pérez Galdós, me produjo una impresión parecida; la leí como si se desarrollara en Asturias, aunque Galdós pensara en la Montaña, pero los valles, el paisaje verde, el clima húmedo, el mundo embarrado de las minas son iguales a éste y al otro lado del Cares-Deva.

En «Altar mayor», Concha Espina se traslada a Asturias para describir Covadonga, como anteriormente lo había hecho su paisano Amós de Escalante. Éste escribió un vigoroso relato de viaje de cercanías y Concha Espina una agradable novela. Tratándose de una novela de Concha Espina, es una novela de amor. Los personajes, si no de una pieza, tampoco resultan complejos: la heroína está bien educada, Josefín es un asturiano lealů Llama la atención, por lo insólito, el doctor Yacub Es-Saheli, un libanés muy culto, enamorado de Covadonga. ¿Por qué no? Y la novela presenta un mundo encantador: el de las gentes que viven en Covadonga (canónigos, huéspedes y empleados del hotel) y en los caseríos de los alrededores. Una naturaleza agreste y bellísima se extiende desde la Riera hasta los Picos de Europa. En Covadonga «no reinan más voces que las del viento y el agua, aunque el verano silbe sus endechas y los manantiales cundan enfrenados por la sequía, aunque los crujidos del bosque sean indefinibles, el huelgo de los valles apenas module y los argayos rueden sordos, como tusones de neblina». El paisaje incita a la contemplación o a la admiración: «Una admiración inmensa le aturde. Son las cimas de color de rosa; caen las gotas doradas del sol entre el follaje; se disuelven los últimos vellones de la neblina. Y la catedral, roja, caliente al resbalón glorioso de la luz, arde entre los montes como una llama de piedra».

En las cumbres, el hombre se siente pequeño y el paisaje es «como el umbral de un misterio». Aparece el primero de los Lagos: «Éste es el lago kilométrico, inmóvil y sin explicación, de escondida profundidad. Está negro a fuerza de ser voluminoso, está triste y frío, igual que un cadáver. La ribera es lúgubre, desarbolada, endurecida, abierta a los atajos cerriles y al horizonte monstruoso de los Picos de Europa, que desde sus cimas blancas envían al cielo una punta de claridad». En esas aguas frías y negras vive una xana, que no está emparentada con las ninfas homéricas, sino con las divinidades escandinavas. El tono de Concha Espina, al describir el paisaje, se hace épico; al hablar de amores, en sus mejores momentos, llega a ser suave y tierno, casi lírico.

Y la película no está nada mal. Admitamos que Gonzalo Delgrás no es Douglas Sirk, pero la mayoría de los directores que filmaron historias de amor tampoco lo es. En esta película hay algo que resulta raro en el cine español de aquella época: la percepción del paisaje. El paisaje, la basílica, el hotel, los recorridos en automóvil son de verdad. No crean que esto es fácil de conseguir: a Gonzalo Suárez no le sale, por más películas que haga. Hay una escena en un bar de Cangas de Onís, donde se pasa de la conversación al canto, como sólo sucede en los chigres asturianos y en el gran cine musical americano, que uno lamenta, lo lamenta de verdad, que acabe. Porque el espectador participa de aquella juerga, escuchando cantar vaqueiras a Miranda, a Cué, al propio José Suárez. Y la música es asturianía pura, obra de Pedro Braña. Del maestro Pedro Braña, de Candás, de quien el año que viene se cumple el centenario de su nacimiento, ocurrido en 1902. No lo olvidemos. Pedro Braña fue un gran músico asturiano y uno de los mejores músicos del cine español.

 
La Nueva España • 16 de noviembre de 2001
 

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