José Ignacio Gracia Noriega

Menéndez Pidal (y la guerra santa)
 

La obra de Ramón Menéndez Pidal, sugestiva y variada (dentro de un campo bien delimitado, en el que entran la lingüística, la historia y la crítica y la historia literarias), ha sido asequible a los interesados aunque no necesariamente especialistas gracias a la benemérita colección «Austral», que publicó muchos de sus libros fundamentales y reunió en volúmenes buen número de sus trabajos breves y dispersos. En este sentido, y aun habiendo sido el erudito de más talla en la España del siglo XX, se diferencia de los eruditos al uso en dos rasgos fundamentales (aparte de no ser rutinario, como la mayoría de ellos). El primero: Ramón Menéndez Pidal escribe muy bien, con prosa clara, que se lee con facilidad y gusto; también escribe con amenidad, de modo que sus trabajos eruditos pueden leerse como literatura; y como la índole de esos trabajos le obliga en numerosas ocasiones a resumir obras narrativas del pasado, sobre todo medievales, resulta que, asimismo, es un excelente narrador. La segunda característica de Menéndez Pidal, no compartida por la mayoría de sus colegas, es que no se refugió en publicaciones especializadas, escribiendo poco y para pocos, sino que escribió mucho y para muchos, y uno de los vehículos para la difusión de su obra fue la por tantas razones admirable colección «Austral».

Pero la colección «Austral» ha desaparecido, al menos en su formato antiguo, y los libros de Menéndez Pidal se han agotado. Era, por tanto, necesaria una reedición, al menos de los escritos más representativos del maestro. Empresa que ha llevado a cabo Álvaro Galmés de Fuentes editando, en dos magníficos volúmenes con el título de «Islam y cristianismo. España entre las dos culturas» (Universidad de Málaga y Fundación Menéndez Pidal, Málaga 2001), diversos trabajos dispersos y representativos, hoy de difícil lectura. Nadie más adecuado para editar esta obra que Álvaro Galmés, dada su condición de filólogo riguroso, de excelente arabista y de sobrino de Menéndez Pidal. No era Menéndez Pidal exactamente un arabista y alguna vez comentó que lamentaba ser un simple aljamiado. De todos modos, las relaciones entre la cristiandad y el Islam le interesaron siempre, como prueba el título de uno de sus libros más conocidos, «España, eslabón entre la cristiandad y el Islam». Esta obra que comentamos, en la que se repiten las palabras «cristiandad» e «islam», recoge tan sólo un aspecto de la vasta labor menendezpidalina; pero este aspecto principal incluye los diferentes temas a los que dedicó su atención: la lengua («La invasión musulmana y las lenguas ibéricas», «El habla de la España mozárabe y los orígenes del español», «Algunos aspectos de la lengua del Calila e Dimna», etcétera), la historia («Fuentes árabes en la historia del Cid», «Resurgimiento del Islam en la época del Cid», «El conde mozárabe Sisnando Davídez y la política de Alfonso VI con los taifas», «Sobre la crónica pseudoisidoriana», «Leyendo las memorias del rey zirí Abd Allah», etcétera), otros temas que el editor denomina como «estudios de conjunto» («España como eslabón entre el cristianismo y el Islam», «España y la introducción de la ciencia árabe en Europa», etcétera) y, naturalmente, los estudios literarios, agrupados en distintos apartados: épica medieval española y poemas narrativos, lírica medieval española, romancero hispánico y literatura aljamiado-morisca. Respecto al título, Galmés advierte que no es de Menéndez Pidal, «pero sin duda refleja la idea esencial de su autor. Cristiandad e Islam son las palabras que conjuntamente figuran en los títulos de muchos de sus trabajos, y siempre presentes en sus razonamientos». Añade el editor que muchos de los trabajos ya habían sido reeditados en la colección «Austral», o en obras de carácter antológico como «España en su historia», «Mis páginas preferidas», y en las «Obras completas». «Todas esas ediciones fueron escrupulosamente arregladas, ampliadas y corregidas por el propio Menéndez Pidal. Tenemos, así, unas versiones autorizadas que son naturalmente las que aquí se ofrecen». No obstante, el editor también tuvo en cuenta que «en estos volúmenes antológicos aparecen pequeñas correcciones y matizaciones de puño y letra del autor», que se incluyen a esta edición; gracias a la cual los viejos textos del maestro pueden ser leídos de nuevo, con provecho para el especialista y con interés y agrado, como se lee la buena literatura, por el profano.

Uno de los artículos añade a su interés la actualidad que ha cobrado el asunto que trata: «Resurgimiento del islam en la época del Cid». Los atentados del 11 de septiembre han sensibilizado a la opinión occidental sobre un resurgimiento del islam. Este resurgimiento, que parece sorprender a muchos, no es novedad, si se tiene en cuenta que el islam siempre representó una amenaza para Europa y que, como bien dice Gustavo Bueno, no es posible la concordia entre islamismo y cristianismo. Las mentalidades son diferentes lo mismo que los fines, y existe dentro del islamismo la corriente clásica que va desde Al-Mawardi hasta Ibn Jaldun, que se niega a aceptar la separación entre lo sagrado y lo profano, y que, por tanto, como escribe Juan Ignacio Sáenz-Díaz, «rechazaba dejarse encasillar en cualquier de los dos bloques, considerando que tanto la ideología marxista como la liberal capitalista son respuestas occidentales a un problema occidental». No obstante, y aunque sí podemos decir que el fundamentalismo islámico no tiene nada que ver con el liberalismo, sí está contaminado de socialismo, en quien encuentra, hoy como ayer, un eventual aliado. Pero Bin Laden, con su pasado de «play boy» y paseándose ante las cámaras con su fúsil marxista-leninista, no da la talla de un Yucub, el caudillo lamtuní que lanzó contra España las oleadas almorávides, o del Mahadí, vencedor de Gordon y vencido a su vez por Kitchener. Al mismo tiempo que el Mahadí congregaba a las tribus del Sudán, escribía Jules Roy: «Los cristianos no piensan ya en el último día de la humanidad; pero los musulmanes no han perdido las ilusiones de su juventud, y, en este momento, un nuevo Mahadí ha aparecido en tierra de Egipto, que un falso Mahadí había conquistado ya en el siglo X». Y en el siglo XI, recuerda Menéndez Pidal, se constituyen dos imperios islámicos, en el Oriente asiático por los turcos nómadas de la estepa Kirguís, y en el Occidente africano por los nómadas bereberes del Sahara. En ambos, y en en los iluminados que los sucedieron, las ambiciones islámicas se desvanecieron en el viento del desierto. El islamismo es un sueño, porque los talibán, pese a sus barbas, dependen del cristianismo para cargar sus armas.

 
La Nueva España • 18 de noviembre de 2001
 

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