José Ignacio Gracia Noriega

Tiempo de orujo
 

Hacía tiempo que no iba yo a Liébana. Le tengo cierta envidia a Liébana porque veo en estos valles cosas que me gustaría ver en Asturias. Por el otoño, los ganaderos bajan los ganados desde los pastos altos a los valles. Estamos por San Martín, y este año, en lugar de veranillo, hubo una gran invernada; bien es verdad que el verano se prolongó hasta noviembre, y, en compensación, vinieron nieves tempranas. Año de nieves, año de bienes, asegura el refrán. Las nieves tempranas, y más una nevada tan potente como ésta, dejan un importante capital en las cumbres, del que nos beneficiaremos en la primavera; otra cosa son las nieves que caían otros años, en plena primavera, y sin darle tiempo, por tanto, a la nieve a consolidarse.

Noviembre, mes de melancolías y oscuridades, es mes de notable actividad en Liébana. El día 2 se celebró la famosa feria de los Santos, la más importante de la comarca. Todos los valles lebaniegos se vuelcan sobre Potes ese día. Otro refrán, también recogido por Nemesio Heras Sánchez en su libro «La Liébana. Costumbres en tiempos pasados y presentes», señala: «Dichoso el mes de noviembre, más que ningún otro mes, que empieza por los Santos y acaba por San Andrés». En noviembre, según esté el tiempo, descienden los ganados a los valles para invernar. Produce una gran impresión ver las carreteras totalmente ocupadas por las vacas. La vaca es la reina de la carretera, como lo era la oveja en las vaguadas de la Mestas. Y esto produce una sensación de vuelta a las buenas cosas del pasado sumamente agradable. El perro pastor vigila al rebaño con una gran eficacia, sintiéndose alguien importante. No permite que las vacas se retrasen ni que se adelanten demasiado. Subiendo por Valdeprado nos cruzamos con tres rebaños que bajan de las montañas. Un vaquero de poblada barba negra vigila a las vacas desde la silla de su caballo. Nos sentimos en un «western». A partir de Pesaguero la nieve ocupa la carretera y cubre los campos y las montañas. En el fondo del valle vemos Cueva, con sus tejados nevados. Los bosques destacan sobre el blanco de la nieve. Ya ha estallado el otoño en las alturas, y los bosques ofrecen la maravilla de sus colores cálidos. Sobre el fondo verde oscuro del bosque se distribuyen, como sobre un lienzo, colores rojizos, terrosos, dorados; de pronto, un árbol alto y delgado sobresale de entre los demás como un relámpago amarillo. Sobre las cumbres desciende una niebla gris. No se ve el imponente torreón de Peña Labra. Nos detenemos en la Venta de Pepín, al pie del puerto de Piedras Luengas. Se está muy bien dentro de la venta, con la chimenea encendida mientras afuera el viento arremolina las hojas caídas. El establecimiento ha sido reformado, aunque respetando su aspecto de antaño, y el jamón continúa siendo excelente. Regresamos a Liébana; en algunos puntos de la carretera se han formado capas de hielo. En Pesaguero dejamos la nieve atrás, y más abajo, a la entrada de Cabezón de Liébana, encontramos otro rebaño; en éste, los vaqueros van a pie, y el perro pastor se da aires de ser un buen profesional.

Es lunes y en Potes hay mercado. A pesar de lo desapacible del tiempo, el mercado tiene alguna actividad. Y esto también me da envidia. En Llanes han matado el mercado, lo han reducido a un mercadillo; y los martes malos no hay ni mercadillo. En Potes se acaba de celebrar el décimo certamen del orujo lebaniego, y este año el premio ha recaído en el orujo artesanal de mi buen amigo Marcelino Camacho. Los Camachos son una auténtica institución en Liébana. Tienen un bar a la entrada de Potes y otro en la zona más característica de la villa, dónde ésta recupera su tono rural. Cerca se encuentra la gran casa de otro querido amigo, Eduardo García de Enterría, seguramente quien mejor ha escrito sobre Liébana, sobre sus valles y aldeas, sus ganados y labranzas, sus praderas y bosques, «los grandes hayedos, que son una de sus galas, en la partes altas, con el verdor de la primavera o el siena y el rojo de los otoños, desplegándose en multitud de planos por las suntuosas laderas...». También habla, cómo no, del vino lebaniego, «el tostadillo, el fuerte orujo, que es por cierto, el que mejor presente conserva». El vino es inevitable en los lugares, por apartados que sean o por muy al Norte que se encuentren, donde hubo fundaciones monásticas. Sin pan y vino no hay manera de celebrar la misa. Y aunque Asturias y Cantabria son las regiones españolas que menos vino producen (aunque son las que más embotellan), cada uno de ellas tiene su vino peculiar: el de Liébana en la Montaña (que llegó a venderse hasta en Sevilla, según Gerardo Diego), y el llamado de Cangas en Asturias, aunque vid también las hay en otros concejos occidentales, como Pesoz, Grandas de Salime, los Oscos, Illano, etcétera. El occidente de Asturias, fue, como Liébana, tierra de monasterios. Sin embargo, en Asturias, donde los Serrano fabrican en Collera (Ribadesella), un excelente orujo industrial, no se potencia como debiera el orujo artesano, que en Pesoz recibe el nombre de «país» y es tan bueno que cura los dolores de barriga, y se le da a las parturientas para alegrarles las congojas del parto.

El bar de los Camachos, en la parte antigua de Potes, es un bar-tienda con comedor, donde se pueden comprar lo mismo los garbanzos de Liébana que un rabel. El orujo se hace en antiguas alquitaras. Se ha terminado la vendimia en octubre y sólo queda llenar las alquitaras y encender el fuego bajo ellas. Cuando comienza la ebullición y el vapor sube, se encuentra con una caldera llena de agua fría para que el vapor se condense. Pero antes de una copa de orujo, conviene comer un buen plato de cocido lebaniego, precedido por un plato de dorada sopa; ya se sabe que el orujo es muy estomacal y ayuda a la digestión y a la conversación de sobremesa. Comemos el cocido en Vega de Liébana. El cocido lebaniego es la gran contribución lebaniega al cocido de garbanzos, con esos garbanzos pequeños y finos de Potes. Es plato de las dos vertientes de la cordillera, y no cabe duda de su parentela con el cocido maragato y con el de garbanzos de la Asturias oriental, donde el «pantruque» (harina de maíz y huevo) hace la función de «postre» o «pobre» (pan, chorizo y huevo), que se añaden para que haya más para comer.

 
La Nueva España • 24 de noviembre de 2001
 

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