José Ignacio Gracia Noriega

El arte de Henry James
 

En 1898 se publicó «La vuelta de tuerca», una de las más prodigiosas narraciones de la literatura moderna y la obra más conocida de Henry James, aunque en su día tuvo escaso éxito. Coincidiendo con el centenario de esta novela, murió Julien Green, otro norteamericano europeizado, como James, escritor de lengua francesa y miembro de la Academia Francesa, pese a su nacionalidad, que conservó, al contrario que James, que se hizo ciudadano inglés, como T. S. Elliot. No me gusta citar a Borges, porque le cita todo el mundo, pero aquí es inevitable: según el cosmopolita, «ninguna otra época posee novelas de tan admirable argumento» como «La vuelta de tuerca», de James; «El proceso», de Kafka; «El viajero en la tierra», de Julien Green. «La vuelta de tuerca» es un excepcional relato de fantasmas. No me atrevería a asegurar que «El viajero en la tierra» es también una historia de fantasmas; más bien parece tratarse de desdoblamiento de personalidad, tema ilustre y atractivo, desde Dostoiewski a Nabokov. Pero ese estremecimiento que sentimos al final de «Cumbres borrascosas», de Emily Brönte, o en «La puerta cerrada» de Margaret Oliphant, o en «La vuelta de tuerca», se siente también en «El viajero en la tierra», cuando leemos, por ejemplo: «Vendría alguien poderoso que te tomará bajo su custodia y te guiará a través de los caminos de tu vida, si no lo rechazas».

Muy distinto al de «La vuelta de tuerca» es el Henry James de «La copa dorada», no sólo porque la primera es una novela corta y la segunda, en la excelente traducción de Andrés Bosch para Alba Editorial, cuenta 687 páginas en un volumen de gran caja. Casi 700 páginas que no parecen tantas, porque el arte de James se manifiesta en todo su esplendor. Publicada en 1904 es, como señala su prologuista, Alejandro Gándara, «el último relato de gran aliento, escrito y acabado por el autor, en la cima de una obra que ofrece perspectivas al pasado y al futuro».

Henry James, autor de prefacios a sus novelas por lo general muy precisos, en los que desarrolla con lucidez su teoría de la novela, se muestra bastante difuso en el de ésta, que, extrañamente, no figura en esta edición: «Fascinante, eso, para el proyector y creador de figuras y escenas que no son nada en cuanto no logran convertirse en apariciones visibles, fascinante para ese manipulador de espectros ver aprobado y registrado el poder que pueda tener gracias al fruto surgido de su semilla». James, maestro del estilo demorado (aunque demorado de otro modo que el de Proust), parece tender, en la culminación de su arte, a un tipo de literatura visual, sin abandonar las condiciones discursivas de su prosa y la cuestión central de su técnica narrativa, la del punto de vista: «En Fawns, aquel domingo de otoño se hubiera podido observar a Adam Verver en el momento de abrir la puerta de la sala de billar con indudable libertad de acción, si hubiera habido allí un espectador para observarlo».

La culminación del estilo de James consiste en una mayor «libertad de acción»: «si hubiera habido allí un espectador para observarlo», la narración dependería del punto de vista de ese narrador. No habiéndolo, el punto de vista es el del autor que todo lo ve y para quien no hay secretos: el autor total y siempre presente de la gran novela del siglo XIX (Balzac, Dickens, Dostoiewski, Galdós). El mundo de James, después de su paréntesis social, representado por «La princesa Casamassima» principalmente, de veinte años atrás, no varía, ni tampoco su posición moral frente a él. La mentira y las apariencias son los motivos determinantes del mundo de James, de quien escribió Henrich Straumann que «en sutileza y refinamiento no lo ha sobrepasado ningún escritor norteamericano moderno». Añadiría que pocos escritores europeos pueden igualársele, si es que existe alguno. Y aunque sus argumentos, en apariencia, parezcan enredos harto previsibles, la sustancia narrativa, la potencia del estilo, la precisión del punto de vista, les otorgan una dimensión pocas veces igualada. Tan sólo Hawthorne se le aproxima en Norteamérica, aunque su mundo sea más sombrío y el peso de la culpa, más agobiante. James no estaba en Nueva Inglaterra, y eso también le daba mayor «libertad de acción». Lo que representa James en la evolución del género novelesco tan sólo es equiparable a lo que representa Joseph Conrad, quien, por cierto, inicia su ensayo sobre el autor de «La copa dorada» con estas palabras: «La facultad crítica vacila ante la magnitud de la obra de Mr. Henry James».

 
La Nueva España • 28 de noviembre de 2001
 

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