José Ignacio Gracia Noriega

El gran Pereira
 

Nos enteramos de que han concedido el premio de las Letras de Castilla y León al amigo Antonio Pereira. Premio sin duda importante, que recibió, hace años, otro amigo, por desgracia desaparecido, Emilio Alarcos. Alarcos y Pereira son capaces de avalar cualquier premio literario. Eran, además, los dos muy buenos contertulios. Pereira lo continúa siendo. Recuerdo demoradas sobremesas con Pereira en el restaurante Rafa, de León, en compañía de Paco Sosa Wagner, de Salvador Gutiérrez Ordóñez, de Nicolás Miñambres, de Javier Fernández Costales y de Margarita Merino, la poetisa con las piernas más guapas del norte de España. Pereira, con sus gafas y su barba gris, y su multitud de anécdotas del Café Gijón y de los tiempos del Café Gijón, es el más veterano. Nació en el Bierzo en 1923 y mantiene las ilusiones de los primeros años, suavizadas por una ironía tolerante; pero, de no conservar las ilusiones, no hubiera titulado una selección personal de sus cuentos con un título como «Me gusta contar». Como a Pereira le gusta contar, cultiva y domina como maestro las artes de la narración oral y escrita. No se crea que la narración oral y la escrita son lo mismo. Ni mucho menos. Ni siquiera son complementarias. Hay multitud de grandes narradores orales incapaces de escribir una línea y grandes narradores por escrito que, si ven en la necesidad de contar de viva voz aunque sea la mejor historia del mundo, la estropean inevitablemente. Pereira es el narrador nato, narrador viva voz o en la soledad de su escritura, por lo largo o por lo corto, en prosa, que es magnífica en su sencillez, o en verso. Porque Pereira es también poeta, que en 1972 reunió bajo el título de «Contar y seguir» todos sus libros poéticos: «El regreso» (1964), «Del monte y los caminos» (1966), «Cancionero de Sagres» (1969) y «Dibujo de figura» (1972); y posteriormente a esta «obra reunida», aún publicó otros dos libros poéticos: «Antología de la seda y el hierro» (1986) y «Una tarde a las ocho» (1995).

Pero, sobre todo, Pereira es conocido como narrador, y más como cuentista que como novelista, aunque se dio a conocer en ambos géneros casi simultáneamente: en 1967 con el volumen de cuentos «Una ventana a la carretera» y en 1969 con la novela «Un sitio para Soledad». Ya hemos dicho algo sobre su prosa, elogiada por el ilustre crítico Ricardo Gullón con un prosa, por cierto, deplorable: «Una prosa en el filo de la navaja, consciente de los riesgos de un paso en falso e incitación a la participación lectorial ya predicada por Virginia Woolf y tenida muy en cuenta por Julio Cortázar». No creo, además, que Virginia Woolf y Julio Cortázar sean las referencias más adecuadas a la narrativa de Pereira, aunque nuestro amigo no se vio libre del sarampión hispanoamericanizante ni de recurrir al estilo engreído del cosmopolita bonaerense, cuando, como narrador y prosista, se basta y se sobra. Por eso, la sección cosmopolita de su antológica «Me gusta contar», titulada «Mundo ni ancho ni ajeno», me parece más floja, con muchas referencias a la guía Michelín y al diccionario biográfico. Hay en algunos de estos cuentos más menciones de escritores que en una novela de Fernando Quiñones, aunque también entre estos cuentos los hay muy buenos, como «Los brazos de la i griega», y alguno divertidísimo, como «Aventura de un fabricante de madreñas», con personaje asturiano. Aunque yo creo que el mejor Pereira, el más legítimo, es el de la segunda sección de este libro, justamente titulada «Historias del Noroeste»; por no olvidar la tercera, «Cuentos de Madrid». El noroeste peninsular y Madrid constituyen la geografía natural y cordial de Antonio Pereira; lo demás, aunque en sus otras geografías hay destellos de su arte de narrador, es literatura, que diría Verlaine.

«Nacer en Villafranca del Bierzo –y en 1923– no es un hecho meramente biográfico, porque Antonio Pereira lo ha sentido como una herencia, la del noroeste peninsular, con sus mitos y leyendas y su clima de misterio que envuelve las cosas y los paisajes en una atmósfera difícil de describir, pero que impregna sus narraciones y percibimos de forma matizada», escribió José Enrique Martínez. Pero, ¿qué es el Noroeste para este escritor del Bierzo? Podía haberse reducido como Faulkner a Yoknapatawpha, o como Juan Benet a Región. El mundo de Benet, por lo demás, no se diferencia demasiado del mundo de Pereira; eso sí, cambia, y mucho, la forma diferente que ambos tienen de abordarlo. El mundo literario de Pereira es de profunda entraña berciana; pero es mucho más amplio que el Bierzo, sus límites geográficos se extienden más allá de la comarca natal. Cabe preguntarse ahora qué es exactamente el Noroeste para Antonio Pereira. Dejemos que sea él mismo quien nos lo explique, partiendo de la base de que se trata de un país grande y muy literario: «Es la Galicia de los líricos antiguos y de los fabuladores de hoy, pero también la Asturias de "La Regenta" y la Sanabria de "San Manuel Bueno, mártir", y, por supuesto, el Bierzo y los Astorga, digamos que hasta el Torío, para que quede dentro la catedral de León». De modo que nosotros, asturianos, también pertenecemos al censo del Noroeste de Pereira y, por lo general, sus asturianos son personas vitales, que conducen coches y tienen buen humor.

Insisto en que Pereira donde más a gusto está es en e Noroeste, y en el terreno literario donde mejor se desenvuelve es en el del cuento. Pertenece a una buena generación de cuentistas españoles, a la de Medardo Fraile, Arturo del Hoyo y el asturiano Manuel Pilares, que contaban sus cosas con grandes dosis de ternura y sin incurrir en los excesos de la literatura social. No por ello debemos olvidar al Pereira novelista, al de «Un sitio para Soledad» y, principalmente, de «País de los Losada». No es lo mismo el cuento que la novela; bien lo sabe el propio Pereira, quien reconoce: «El novelista puede ser altanero. El cuentista debe ser cordial y amistoso». No hay altanería en Pereira, que es, en su trato y carácter, afectuoso y sencillo. Lo que no es inconveniente para que haya escrito una novela tan buena como «País de los Losada», demostrando con ella que igual de bien se desenvuelve en el terreno escueto del cuento que en los límites más amplios de la novela. Como escribió a propósito de uno de sus cuentos brevísimos, «Una novela brasileña» (cuya rareza no se agota en su brevedad, sino también en estar escrita en portugués), hay que sostener «el derecho de llamar novela a una novela de diez renglones».

Infatigablemente, Antonio Pereira nos va dando muestras de su arte narrativo, «sin dejar –¡nunca!– la poesía». Su libro de cuentos más reciente (o al menos el último que de él conozco) es «Cuentos de la Cábila», donde irrumpe, de nuevo, con frescura y nostalgia, el amplio territorio del Noroeste, aunque en esta ocasión más ceñido a una geografía estricta. No figura Pereira entre los escritores muy conocidos; pero sabe, y eso le hace grande, que lo principal para un escritor es tener una historia que contar.

 
La Nueva España • 1º de diciembre de 2001
 

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