José Ignacio Gracia Noriega

Fray Servando y Jovellanos
 

Juan Duyos, que tiene familia en Monterrey, Estado de Nuevo León, en México, me trae de allá una «Breve historia de Nuevo León», por Israel Cavazos Garza. El personaje más importante nacido en ese Estado, además del gran escritor Alfonso Reyes, fue fray Servando Teresa de Mier Noriega, también escritor notable, pero sobre todo hombre de acción y conspirador experto en fugas, que, según su paisano Reyes, hubiera hecho las delicias de un novelista episódico como Pío Baroja. No parece que Baroja tuviera noticias sobre él. Fray Servando era de ascendencia española y asturiana; en el apéndice sur de Nuevo León, Estado norteño, tierra de apaches, se repite la toponimia asturiana en un pueblo llamado Mier y Noriega. Sin embargo, cucamente, Cavazos Garza silencia la ascendencia española de fray Servando; también, Artemio del Valle-Arizpe en «Fray Servando», una biografía por lo demás deliciosa. Por su parte, el asturiano Juan Pablo García Álvarez señala a fray Servando como oriundo de Buelna, provincia de Santander. En efecto, fray Servando era oriundo de Buelna, pero Buelna no pertenece, ni perteneció nunca, a Santander. Su abuelo Francisco de Mier Noriega llegó a Monterrey en 1710, acompañando en calidad de secretario a su primo Francisco de Mier Torre, que iba a ocupar los cargos de gobernador y capitán general del nuevo reino de León. Desde entonces y hasta el presente, la familia Mier Noriega queda vinculada al Estado de Nuevo León y a la ciudad de Monterrey.

Fray Servando, nacido en 1763, había ingresado en la Orden de Santo Domingo, adquiriendo en ella tal fama de elocuentísimo orador sagrado que era conocido con el sobrenombre de voz de plata y, a causa de ello, en 1794 se le encomendó el sermón de la festividad de la Virgen de Guadalupe, que cada año se reservaba al predicador más eminente; mas este reconocimiento de su valía supuso para fray Servando el comienzo de sus desgracias y de su existencia errante y aventurera, ya que en el sermón hizo afirmaciones que no fueron del gusto de las autoridades eclesiásticas, y mucho menos, de las civiles.

Aseguró, entre otras cosas, que la imagen de la Virgen no se había estampado sobre la tilma del indio Juan Diego, sino sobre la capa del mismísimo Santo Tomás, el apóstol que tenía que ver para creer y que éste había predicado en México bajo el nombre de Quetzalcoatl; de lo que se deducía que el culto guadalupano era prehispánico. El arzobispo Núñez de Haro reaccionó de manera contundente y a la tremenda, enviando a fray Servando a España, donde se le siguió un complicado proceso. Como las vicisitudes del proceso son conocidas, principalmente, a través de las memorias del procesado, hemos de admitir que en él intervinieron la insidia y la mala fe por parte de sus enemigos, los cuales eran poderosos y numerosos, como fray Servando insiste en repetir. Mas el buen fraile procuró defenderse de ellos, recurriendo primero a las leyes, lo que no fue efectivo, y luego a la fuga, arte en el que llegó a convertirse en consumado maestro. En recovecos del proceso, fray Servando tiene oportunidad de entrar en contacto con «el célebre Jovellanos», a la sazón ministro de Gracia y Justicia, y para quien le dio recomendación el burgalés don Francisco Corbera, comendador de la Orden de Calatrava, en la que también profesaba el Ministro. Añade fray Servando a la recomendación un poema o «sueño poético», que comienza así: «Tendido el negro manto de la noche, / imagen de la vida que yo vivo, / a tiempo que descansan brutos y hombres, / yo sucumbí a mi dolor activo...». Jovellanos tomó el asunto con interés; acaso vio en el fraile perseguido a un espíritu afín, a otro poeta prerromántico. Fray Servando le llama «mi favorecedor Jovellanos», aunque no tarda en producirse su salida del Ministerio. «Don Melchor Gaspar representa la bondad, la inteligencia, la lealtad, frente a la estulticia, la perfidia y la crueldad reinantes», escribe del Valle-Arizpe. No tardará Jovellanos en verse también perseguido y también poeta prerromántico, aunque se encontraba en clara inferioridad con respecto a fray Servando, pues no era perito en fugas, y cuando los ingleses pretendieron ayudarle, rehusó, alegando escrúpulos patrióticos. Fray Servando de Mier Noriega continuó sus andanzas, un poco estrambóticas, combatiendo a los franceses en España y a los españoles en México, asistiendo a los fastos revolucionarios en Francia y polemizando en Filadelfia con teólogos herejes. Gran tipo fray Servando. Acaso, otro día, vuelva a evocar sus magníficas aventuras.

 
La Nueva España • 7 de diciembre de 2001
 

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