José Ignacio Gracia Noriega

Cañero y el bar tienda
 

Qué remedio nos queda que mostrarnos elegiacos de vez en cuando. Motivos no faltan: o se muere un amigo o desaparecen cosas que casi pertenecían a nuestra sustancia. Nos encaminan hacia otro mundo más nuevo y más impersonal a velocidades vertiginosas. Que ese mundo sea mejor o peor es cuestión en la que no entro ahora, pero este viaje hacia el futuro va dejando atrás cosas muy hermosas e irrepetibles. Hoy, en Oviedo, prácticamente han desaparecido los viejos bares. ¿Qué fue del bar Lobato, de la calle Cervantes; qué de El Manantial; qué de Casa Manolo (que dejó a tantísimos ovetenses huérfanos y desorientados, sin lugar de reunión); qué del viejo Gato Negro, que, según Juan Benet, era el «chigre-chigre», el «chigre» total y por antonomasia? Resistió hasta ser de los últimos La Perla. Yo llevé una vez a Augusto Monterroso a beber vino allí y le encantó. Cuando cerraron La Perla, la prensa publicaba la noticia de que la familia de John Steinbeck había demandado a la productora cinematográfica que realizó una nueva versión de «La Perla», la célebre novela, con abundancia de desnudos, apareamientos y violencias. ¡Qué forma de degradar uno de los relatos más bellos del siglo XX, en beneficio de la bestialidad exaltada, promovida por la «modernidad»! ¡Qué lejos debe de estar esta nueva película del sentimentalismo poético de la vieja versión del «Indio» Fernández, con Dolores del Río y Pedro Armendáriz como intérpretes y con majestuosa fotografía en blanco y negro de Gabriel Figueroa, y qué lejos también del espíritu de Steinbeck! Cuando cerró La Perla ovetense quise relacionar en un artículo ambos desastres, la desaparición de la ilustre taberna y la degradación de la maravillosa novela, pero otros artículos se fueron adelantando a éste y, al final, quedó en el tintero. Podríamos escribir un libro con todo lo que no escribimos por una razón u otra. Por fortuna para La Perla ovetense, el novelista José M. Guelbenzu hizo su necrológica en un periódico de Madrid, reproducida en su día por LA NUEVA ESPAÑA.

La Perla era sólo bar. Bar con tertulias de mañana y de tarde-noche; cerraba pronto. Había una tertulia taurina, y los viernes, Carlos Mauriño y sus amigos se reunían a comer viandas muy ricas que traían de sus casas, porque La Perla, fiel a la tradición de Enrique, sólo servía vino. Quien quisiera comer que lo llevara o fuera a comer a su casa.

El bar tienda es otra institución que se extingue. Hace años, mi querido amigo Cándido Riesgo escribió en estas páginas un sentido artículo sobre las tiendas de la esquina, sobre los bares que son a la vez tienda (recuerdo uno en la calle Campomanes; recuerdo otro en el Naranco, y otro más en Vegalencia... recuerdo tantos...) Y Cándido lamentaba sinceramente que este tipo de comercio desaparezca, sin relacionar esas desapariciones con la apabullante modernidad, que es el banderín de enganche de la ideología a la que él ha dedicado su vida. El bar tienda desaparece y en su lugar se impone algo cuyo nombre recuerda al gruñido de un perro: el «drugstore». Hace bastantes años, una tarde de invierno, vi sobre el mostrador de una tienda de Villanueva de Oscos una pesa electrónica. Aquello significaba algo. Significaba el fin de los viejos tiempos buenos.

Desde entonces acá han cerrado muchos bares-tienda, y muchas tiendas de la esquina. Recuerdo el bar tienda de Santa Eulalia de Cabranes. Recuerdo La Fonseya, en Oseja de Sajambre. Recuerdo lo de Bautista, en Cangas de Onís (donde todavía está en funcionamiento El Puente Romano, y da gusto entrar en ese establecimiento). Dentro de pocos días, el 20 de diciembre próximo, exactamente, el bar tienda de Cañero, en Cue, uno de los más característicos y mejores bares de todo el concejo de Llanes, también va a cerrar para siempre, después de haber cumplido el medio siglo de vida. Medio siglo de atender a la clientela, tanto en la tienda como en el bar. El vino blanco de Cañero es de categoría; tiene una de las mejores soleras de la comarca. El mostrador, de madera, como debe ser, y detrás del mostrador, Cañero y su mujer, Rosi, dos personas bondadosas que han visto pasar la vida desde la puerta de su establecimiento. Desde esa puerta se ven unas casas de piedra y un trozo de la cuesta de Cue. Todos los días hay tertulia en el bar de Cañero, que, aunque pequeño, tiene sus recovecos; y los domingos y días festivos acuden parroquianos de la villa, a beber su buen vino blanco. Cañero es un comerciante un poco a la antigua, para quien una peseta es una peseta, y un cliente, un cliente. De absoluta seriedad, su norma es el respeto. Y es igualmente estricto en peso como en el trato. Fuera de su bar tienda, es un buen pescador de caña, desde los altos acantilados de Cue. Por las mañanas va a la villa, a comprar el periódico. Sin el bar tienda de Cañero, Cue va a ser menos Cue. Con él cierra una época, en vísperas del prodigioso euro. Desengañémonos: el euro es incompatible con el viejo comercio, con el bar tienda, con la tienda de la esquina.

 
La Nueva España • 21 de diciembre de 2001
 

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