José Ignacio Gracia Noriega

Alborozo académico
o innovaciones en el diccionario

 

Están muy contentos nuestros académicos de la Lengua por las innovaciones introducidas en el diccionario. «¡Hemos metido "guay"!», dicen, y se quedan tan panchos (no sé si la docta casa habrá admitido también «quedarse pancho» en el sentido de quedar satisfecho después de haber cometido un desafuero). Con lo que resulta chocante que personas cuya ocupación principal parece ser conservadora (deberían limpiar y fijar la lengua, aunque no le den esplendor, que no se lo dan), se alborocen por haber contribuido un poco más a convertir el español en un sucedáneo del inglés o en una sucesión de onomatopeyas sin sentido, o con un sentido muy restringido, como la mencionada ¡guay!, que ya no se reduce a una clase social o a una región determinada, sino a una edad. Cuando un niño, o un adolescente, dice «¡guay!» o «¡bien!», o cualquiera de esas pocas cosas que dicen, sin duda está expresando mil cosas; pero si lo dice alguien de cuarenta años, incluso las personas más progresistas y, por tanto, «políticamente correctas», habrán de convenir que está hablando un cretino. Tengo muy poco trato con jóvenes, pero al lado de mi casa hay un callejón que sirve para que se reúnan adolescentes, casi niños, a beber de la litrona, a pegar voces terribles, a vomitar, a orinar y a blasfemar. A la fuerza escucho lo que hablan, con un léxico que no debe pasar de las cincuenta palabras, mucho vocativo y las más brutales blasfemias; y he de anotar, en favor de la igualdad de los sexos, que las muchachitas son las más soeces. Vamos progresando por la vía del progresismo.

Si al lenguaje de los jóvenes, que es paupérrimo, se le da carta de soberanía, no haremos otra cosa que empeorar la situación. Se ha degrado la enseñanza y ahora se pretende degradar la lengua. Por aceptar «guay» y cosas parecidas en el diccionario, no se enriquece al español, sino que se le empobrece. Porque hay muchos «snob» sueltos por el mundo que, por broma o por estar a la moda, a lo mejor se animan a emplear palabras hasta ahora reducidas a determinados «ghettos». Es absurdo, por muy moderno que sea, que un ciudadano de cuarenta años pretenda hablar como un muchacho de quince; o que una persona educada se exprese en «cheli» o en la jerga de los macarras. ¿Que todo esto debe entrar en el diccionario de la Academia, por la buena razón de que se habla en algunos sectores? No veo yo la sensatez de esa razón por ninguna parte, a no ser que se pretenda convertir al diccionario en algo parecido al estado de las autonomías (según mandato constitucional), dividiéndolo y subdividiéndolo como si fuera el «Estado español». Y todo ello en nombre de la sociedad igualitaria, de acuerdo con el acreditado principio de convertir a las duquesas en verduleras, en lugar de intentar la operación contraria, que incluso, al menos en mi opinión, es hasta más democrática: convertir a las verduleras en duquesas. Lo lógico, e incluso lo igualitario, sería que quienes hablan mal lleguen a hablar bien; que quienes tienen un léxico pobre, lo enriquezcan; que quien dispone de una sola palabra para expresar cientos de cosas («guay», «tío», «vale»), se entere de que cuenta entre su herencia más profunda con una lengua muy rica en sinónimos. Pero se ha optado por lo contrario: por el empobrecimiento lingüístico, que conduce al empobrecimiento intelectual y moral. Dice el poeta Fernando Ortiz que tenemos una lengua de primera y un país de tercera. Tiene razón. Podríamos decirles a nuestros políticos e incluso a nuestros académicos, lo que el profesor Viggins le dice a Elisa Doolitle al comienzo de «Pigmalión»: «Aunque no lo sepan ustedes, están hablando la lengua de Cervantes, de San Juan de la Cruz, de fray Luis de León y de fray Luis de Granada, de Quevedo, de Góngora, de Gracián, de Calderónů». Pero como hay que vivir con los tiempos, ni siquiera se desciende a la lengua de Umbral, sino a la de un niño de doce años.

La Academia se ha mostrado acomodaticia, muy «moderna» y «sensible a las exigencias de la sociedad». Sin embargo, su alborozado director, Víctor García de la Concha, que, como yo, fue alumno de Alarcos, habrá aprendido del maestro que las lenguas no se pliegan a exigencias políticas o de la moda, sino que siguen su propio curso; aparte que los sectores sociales y de edad supuestamente beneficiados por las innovaciones no se distinguen por ser los que más acuden al diccionario. Y no olvidemos algo que ha escrito el gran George Steiner, premio «Príncipe de Asturias»: «Al tener menos palabras al alcance que el hombre educado del s. XVII y que incluso el de finales del s. XIX, decimos menos o lo decimos con vaguedad absoluta».

 
La Nueva España • 22 de diciembre de 2001
 

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