José Ignacio Gracia Noriega

El español ¿lengua impuesta?
 

Unas palabras pronunciadas por el jefe del Estado durante el acto de entrega del último premio «Cervantes» parecen haber molestado al estamento nacionalista, principalmente al catalán. Las palabras molestas son las que siguen: «Nunca fue la nuestra lengua de imposición sino de encuentro; a nadie se le obligó nunca a hablar en castellano, fueron los pueblos más diversos quienes hicieron suyo, por voluntad libérrima, el idioma de Cervantes». Tales palabras son irreprochables no sólo para quien conozca la historia de la lengua española, sino la historia de la lengua catalana. Las lenguas no se imponen por capricho, ni por intereses políticos, ni por la fuerza de las armas. Ahora mismo, sin ir más lejos, se están intentando imponer desde hace más de veinte años, y por motivos políticos, diversas lenguas locales, sin que los resultados hayan sido brillantes, salvo a efectos burocráticos.

En Cataluña, en Galicia, en las Vascongadas, sí se está intentando imponer, con el apoyo de presupuestos que empezaron procediendo del Gobierno central, las lenguas del lugar a la totalidad de una población hispanohablante: que algunos aspiren a ser bilingües no es inconveniente para que las lenguas lugareñas se impongan a una mayoría de ciudadanos que se entienden y expresan en español de manera normal y natural. Tal imposición burocrática y política actual no ha existido en ninguno de los lugares «invadidos» por el latín codificado por Antonio de Nebrija. Cuando en Francia, en Alemania, en Italia, en Flandes, en Inglaterra, en toda la cuenca del Mediterráneo, se procuraba hablar, mal que bien, el español, ¿iban los catalanes a quedarse al margen con su lengua propia, cuando hasta el Mediterráneo empezaba a quedar corto y estrecho? A comienzos del siglo XVI «la lengua española alcanzó entonces extraordinaria difusión», señala Rafael Lapesa. Era la lengua de la diplomacia, del comercio, del gobierno («por la necesidad que tienen della ansí para las cosas públicas como para la contratación», escribe Arias Montano) e incluso de la vida galante, según Juan de Valdés: «Assí entre damas como entre cavalleros se tiene por gentileza y galanía saer hablar castellano». ¿Era menos catalán Juan Boscán que Jorge Pujol por haber empleado la lengua castellana para escribir su poesía, gracias a la cual es uno de los clásicos de nuestras letras? Todavía medio siglo atrás escribía Ausias March su espléndida obra poética. Pero si la poesía de March no envejecía, su lengua había perdido efectividad. Los escritores catalanes dejan de escribir en catalán, no porque nadie los obligara a ellos, sino porque, en su lengua, nadie los leía e ne! siglo XVI.

El separatismo en España, pese a que se le trata de guante blanco y con toda clase de renuncias y consideraciones por parte del Gobierno central, adolece de un acusado complejo de inferioridad. Los catalanes quieren ser europeos, lo mismo que los argentinos (para los dos es intercambiable una célebre frase de Unamuno sobre lo que valen y dicen valer), lo que demuestra que ni unos ni otros están muy seguros de serlo; los vascos separatistas,. en cambio, no pretenden ser más vascos, sino no ser españoles. En beneficio del separatismo se ha falseado la historia, como denunció en su día Gonzalo Anes; con varios retales inservibles se inventaron lenguas y se pusieron hablantes donde no los había; se inventaron también agravios históricos. Exigía el otro día Ibarreche que España le pidiera perdón al País Vasco. ¿No tendrá que pedir el PNV perdón a España, empezando por pedírselo a los propios vascos? Y todo esto, tanta mentira y tanta sangre, para lo único que sirve es para justificar la multiplicación de la burocracia del Estado de las autonomías (según mandato constitucional, como decía el nefasto Felipe González).

Voy a repetir unas ideas de Pío Baroja, expuestas en «Divagáciones acerca de Barcelona», incluidas en «Divagaciones apasionadas» (Obras completas, IX, pgs. 909-910): «La cuestión del predominio del idioma se ha de resolver por el tiempo. El castellano se ha convertido en español y hasta en hispanoamericano; es una lengua tan nuestra como de los demás españoles, tan del catalán como del gallego o del vascongado». A estas alturas se ha retrocedido infinitamente en ese aspecto, por presión de los separatismos y, sobre todo, a causa del medroso apocamiento del Gobierno central, sea centrista, socialista o de centro-derecha. Baroja pedía que el castellano o español sea de todos: «No porque me parezca un idioma en sí superior al catalán; es, sencillamente, porque es más general». Hoy cosa parecida no puede decirla el Rey. El colmo.

 
La Nueva España • 16 de mayo de 2001
 

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