José Ignacio Gracia Noriega

Bocanegra
 

Ha saltado a la actualidad el nombre de Raúl Bocanegra Sierra, con ribetes, si no de escándalo, cuando menos de polémica. Sobre esta cuestión he leído opiniones contrarias. Argüelles Meres afirma, enarbolando el «caso Bocanegra», que los «intelectuales de élite» están de parte de Areces. Evidentemente, es una exageración, pero no niega que Bocanegra sea un auténtico «intelectual de élite» (si es que estos dos calificativos anacrónicos y afrancesados significan algo, cosa que pongo en duda).

Esta socialdemocracia española en que estamos tiene un inconfundible aire bananero. Por desgracia, uno de los dos partidos del bipartidismo presente parece haber tomado como modelo al PRI mexicano, en lugar de haber seguido la vía del laborismo inglés, e incluso de la socialdemocracia alemana. Los políticos españoles –y sobre todo los vinculados a ese partido– ostentan excesivo poder personal, lo que, en más de una ocasión, llega a confundir la acción política con el caudillismo. Los políticos españoles tienen demasiada afición al intervencionismo, incluso en los asuntos más alejados de su campo de acción; pero, como escribió Revel, si el Estado moderno intenta acaparar todos los sectores de la sociedad, no es para administrarlos mejor, sino para que nadie los administre en lugar de él. Finalmente, se aprovechan las subvenciones para las cosas más inesperadas. Decía Macaulay que muchas tonterías no pudieron hacerse en materia política por falta de dinero. Ahora es dinero lo que sobra, sin que haya indicios de que los políticos contemporáneos sean más lumbreras que los del siglo XIX. A causa del tantísimo dinero que por ahí corre (y cualquiera sabe quién acabará pagando tantísimas juergas «europeas»), algún alcalde puede sentirse faraón, o cualquier presidente de autonomía una suerte de emperador jurídico, como Justiniano.

Pero una cuestión es la polémica sobre fondos para «intelectuales de élite» administrados por políticos profesionales que no son «intelectuales de élite», y otra la figura intelectual de Raúl Bocanegra, ilustre profesor universitario y abogado. Lo primero es muy discutible, lo segundo no lo es en modo alguno.

Raúl Bocanegra, licenciado en Derecho por la Universidad de Oviedo en 1970, y vinculado profesionalmente a ella desde 1971 (en 1975 obtiene el grado de doctor en Derecho y en 1985 la cátedra de Derecho Administrativo), no sólo es un abogado muy brillante, con bufete propio y cuyos éxitos son de sobra conocidos, sino un administrativista de sólido prestigio, discípulo destacado de Eduardo García de Enterría, a quien siempre que nombra lo hace anteponiendo el título de maestro: «El maestro García de Enterría...». Hay en este país, como es sabido, prestigios justificados y prestigios bajo palabra de honor del prestigioso. El prestigio de Bocanegra va avalado por la cantidad y la calidad (dentro de un campo jurídico bastante árido) de sus publicaciones: «La revisión de oficio de los actos administrativos» (1977), «El valor de las sentencias del Tribunal Constitucional» (1982), «Los montes vecinales en mano común» (1986), «Naturaleza y régimen jurídico» (1986), «La responsabilidad civil de los concesionarios y contratistas de la Administración por daños causados a terceros» (1994) y «La anulación de oficio de los actos administrativos» (1998), además de las obras colectivas dirigidas por él, como «Lecciones de dominio público» (1994) y los «Comentarios al Estatuto de Autonomía de la Comunidad Autónoma del Principado de Asturias» (1987) en la que participan diversos especialistas jurídicos, además del propio Bocanegra, y, cuando menos, dos buenos escritores de obras de ficción y ensayo, como Francisco Sosa Wagner y Bernardo Fernández, además de juristas.

Quien escribe bien su lengua y domina su prosa, lo mismo puede emplearla para escribir «soserías» que para comentar la disposición transitoria séptima del Estatuto. Libros de Bocanegra como «La anulación de oficio de los actos administrativos» constituyeron éxitos editoriales, agotando la primera edición en tres meses; porque, como dice Sosa Wagner, también en la literatura jurídica hay best-séllers. Bocanegra no necesita de ningún Gobierno autonómico el reconocimiento como «intelectual de élite», y como dijo Cisneros enseñando los cañones, él puede decir mostrando sus actividades y bibliografía: «Ahí están mis poderes».

 
La Nueva España • 10 de enero de 2002
 

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