José Ignacio Gracia Noriega

Las Navidades de Manuel Pilares
 

Todos los años, por Navidad, repaso las tarjetas de felicitación de los amigos muertos: tarjetas y versos de Ortiz Alfau que me llegaban desde Luarca, versos y tarjetas de Manuel Pilares, que venían volando desde Madrid.

Pilares, que no se llamaba así, sino Manuel Fernández Martínez, nombre poco literario, en su opinión, era un individuo polifacético, con algunos rasgos de genialidad, y también hombre ingenuo como un niño y humilde como un santo. No había elegido el seudónimo de «Pilares» en recuerdo del Oviedo literario de Ramón Pérez de Ayala, lo que, en cierto modo, sonaría a pedantería muy impropia de él, sino porque su vida estaba llena de «Pilares»: Pilar se llamaba su madre, y varias novias que tuvo se llamaban Pilar (¿también era Pilar aquella estanquera que trataba muy bien al personaje de un cuento suyo, y le regalaba tabaco, hasta que el personaje, tan individualista como su autor, decidió que el tabaco propio sabe mejor?). El motivo es contundente. Manolo Pilares paseaba por Madrid (que seguía siendo la capital hortera, corrupta y satisfecha, con satisfacción de nuevo rico, de Felipe González), con la estrella de cinco puntas en la boina, sin enterarse de que había caído el muro de Berlín, y proclamando, en Cuatro Caminos, o en la Puerta del Sol: «En España, aunque haya socialistas, no hay rojos. Sólo hay el Rojo, y ése soy yo». Se consideraba el «rojo» por antonomasia, y cuando conseguía reunir cuatro perras (pues era obrero «en el paro y sin subsidio») se marchaba a Moscú a curarse de nostalgias. No, no quería enterarse de la caída del muro de Berlín. Para él cualquier cosa valía, siempre que no fuera la cuquería socialdemócrata. Y con tristeza exclamaba en su felicitación navideña de 1992: «Este país me ha gafado». Sabía que todo sigue igual y que nada tiene el mínimo sentido; que los pobres son cada vez más pobres, los ricos, más ricos; los tontos, más tontos, y los listos, más listos. Y no lo remedia ni Marx, ni el Papa, ni González, ni «el inventor de los ripios», que debía de ser él.

Manuel Pilares había sido a lo largo de su vida un poco de todo: minero, descargador internacional de muelles, soldado sin fortuna, ferroviario y poeta. Como ferroviario, sin duda conocía aquellos versos que le oí recitar alguna vez a Ramón Díaz el «Capi»: «Como el tren en su carrera / marcha el mundo hacia el abismo, / y no lo dudéis siquiera. / Sólo una roja bandera / evitará el cataclismo». Como poeta era «rey del ripio», pero también del sentimiento. A veces se encrespaba y gritaba: «¡Despertad! ¡Vivimos / una sola vida!». Y yo creo que más que poeta en verso, Manuel Pilares era poeta en prosa, autor de cuentos excelentes, sencillos y efectivos, plenos de sentimiento. De cualquier suceso de esos que ocurren en la vida corriente era capaz de sacar un cuento Manolo. En sus cuentos hay humor, amor y una melancolía que se hace burlona cuando el autor se da la razón y reconoce que «vivimos una sola vida», y ¿para qué amargarla?

Las felicitaciones navideñas de Manolo Pilares nos traían a Manolo Pilares a casa, con bufanda, su boina con la estrella de cinco puntas, su traje de carbonero asturiano (que decía Juan Ramón Jiménez, maliciosamente, del de Ramón Pérez de Ayala, que se tenía por dandy), su campechanía, su amargura y su sentido del humor. En vísperas de 1991, Manolo Pilares recordaba a Garcilaso de la Vega, y escribía: «Nadie me podrá quitar / el dolorido pensar». También auguraba:

Hasta el año 2002
no habrá otro año capicúa,
y mi angustia se acentúa
con la edad y el miedo en pos,
pues los de Alá y los de Dios
piden guerra en vez de paz
y a nadie veo capaz
de hermanarlos algún día,
matando así la utopía
de una mundial Navidad.

Ciertamente acertó el pobre Pilares en su mal augurio. Los de «Dios y los de Alá» y no se limitan a «pedir la guerra», sino que se «hacen la guerra»; y no se vislumbra «una mundial Navidad». Ahora todos los europeos vamos a tener que gastar euros por «ordeno y mando», pero eso no significa gran cosa. El mundo está desunido y los propios europeos no entienden para qué se ha unido Europa. Manolo Pilares ya no puede ver los presentes prodigios, pero sigue siendo el poeta de guardia y madrugador, que dejó escrito: «Y si el gallo canta / cuando asoma el día, / es para que duerman / menos las gallinas». No está de más repetir los versos de este poeta cordial, en estos tiempos en que todo el mundo está muy contento de estar dormido.

 
La Nueva España • 15 de enero de 2002
 

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