José Ignacio Gracia Noriega

La novela corta realista
 

En un cuidado volumen, «Novela corta española. Los autores realistas», la editorial Debate ofrece una interesante muestra de la narrativa española de la Restauración, o, si se quiere, de la Generación del 68, como señala el prologuista, Jesús Felipe Martínez. El prólogo se abre con una militante declaración de principios de los editores de la benemérita editorial popular La Novela Corta, con la que colaboraron los mejores escritores de la España de comienzos del siglo XX, añadiendo el prologuista que su propósito al reunir este conjunto de novelas breves publicadas en el primer tercio del siglo XX es «dar a conocer algunas obras de difícil o casi imposible acceso» y «también rendir homenaje a los editores de las mismas». El editor de la novela corta, José de Urquía, ofrecía semanalmente novelas inéditas de Galdós, Benavente, Pardo Bazán, Valle-Inclán, Jacinto Octavio Picón, Baroja, Blasco Ibáñez, Azorín, Dicenta, Trigo, Unamuno, Leopoldo Lugones, Amada Nervo, Eugenio Noel, Villaespesa, Bulda, Ramón Pérez de Ayala. Este volumen, «Novela corta española. Los autores realistas», presenta una curiosa y notable selección: «El cura de Vericueto», de Clarín; «Sor Simona», de Benito Pérez Galdós; «Medicina rústica», de Silverio Lanza; «La princesa de Éboli», de José Ortega Munilla, y «Rodando», de Emilia Pardo Bazán; todas ellas publicadas entre 1916 y 1920, con la excepción de «El cura de Vericueto», que lo fue en los «Cuentos morales», en 1896, con lo que se sale del límite temporal establecido por el prologuista, primer tercio del siglo XX.

El interés de estas cinco novelas cortas es muy distinto. En primer lugar colocaría «La princesa de Éboli», de Ortega Munilla, y «Medicina rústica», de Silverio Lanza. La razón es que sus autores son mucho menos conocidos que Leopoldo Alas, «Clarín», Benito Pérez Galdós y Emilia Pardo Bazán, de quienes siempre es posible encontrar obras en el mercado, especialmente de Clarín, a quien podemos considerar un autor de moda, y de Pérez Galdós. Pero Ortega Munilla es hoy conocido apenas de nombre. Ni se reeditan sus libros ni aparece en antologías. Periodista muy importante en su época, como novelista siguió la senda de Balzac y Dickens, aunque con menos sutileza: de alguien que titula «Cleopatra Pérez» a una de sus novelas puede esperarse cualquier cosa. Hoy se le recuerda sobre todo por ser el padre de José Ortega y Gasset, el cual, como teórico de la novela, no parece mostrarse muy de acuerdo con la narrativa de su padre. Caso muy distinto es el de Silverio Lanza, peculiar personaje literario, elogiado hasta más allá de la exageración por Pío Baroja, Azorín y Ramón Gómez de la Serna, que editó sus obras. En este sentido, Lanza, pseudónimo de Juan Bautista Amorós, se parece a esos escritores que elogiaba Borges, como Arturo Cancela, de quien decía que era el mejor escritor argentino, y Rafael Cansinos Assens, a quien colocaba en reiteradas ocasiones como su maestro. Silverio Sawa, aunque en realidad era un pequeño burgués de Getafe, contó con mejores valedores literarios que su propia obra; refiriéndose a ésta escribió aquel implacable crítico literario que fue Juan Ramón Jiménez, dejándose llevar en este caso por la benevolencia: «Qué ruinas tan bellas en lo venidero estas obras en soledad de Silverio Lanza». Las obras de Lanza son, en efecto, ruinas, pero no resultan bellas. Hace años se le intentó recuperar en el membrete de «raro», reeditándose «Ni en la vida ni en la muerte» (Alfaguara, 1966), que incluía la novela «La rendición de Santiago», más cuentos y fragmentos. Fue en vano. En mi opinión, «La princesa de Éboli», de Ortega Munilla, tiene mejor lectura que «Medicina rústica», de Lanza.

Aunque «Sor Simona», de Pérez Galdós, fue publicada en La Novela Corta en 1916, es una obra de teatro. No una «novela dialogada», a la manera de las que escribieron por aquellos tiempos Baroja y Valle-Inclán, sino, insisto, una obra escénica, escrita y concebida para ser representada. Y es lástima, porque Galdós escribió muy buenas novelas cortas, como «La sombra». Siendo el mejor narrador de los autores aquí reunidos, se le presenta con un drama, precisamente en una antología de novelas cortas. Vivir para ver.

En cambio, la inclusión de «El cura de Vericueto», salvo que es de época un tanto anterior a las otras cuatro novelas antologadas, está perfectamente justificada. Se trata de una novela corta mucho menos conocida y editada que «Doña Berta» o «Pipá», como si su destino fuera no salir del conjunto al que inicialmente estuvo destinada, los «Cuentos morales». Sin embargo, es una de las mejores narraciones de Clarín, muy alejada del mundo de «La Regenta», en el que se le ha encasillado.

 
La Nueva España • 19 de enero de 2002
 

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