José Ignacio Gracia Noriega

Cela
 

Como Cela decía que se iba a morir no sé qué año, dentro de treinta o cuarenta, su muerte me sorprende un poco, al tiempo que me confirma la oscura sospecha de que la muerte llega cuando le apetece, y no cuando dice el interesado (en no morir).

Yo (vaya por delante) reconozco que no soy un buen lector de Cela. Leí algunos de sus primeros libros («La familia de Pascual Duarte», «Viaje a la Alcarria»), que toda la crítica reconoce como los mejores, y hace algunos años, por encargo, «Mazurca para dos muertos», para reseñarla en una revista de Madrid. Como no me gustó la novela, tengo entendido que a Cela tampoco le gustó la crítica. Respecto a «La colmena» (y a «Tobogán de hambrientos», que viene a ser prácticamente lo mismo), mantengo una actitud muy especial: me hace gracia ese constante fluir de tipos, sacados de los más estrafalarios rincones del santoral; pero a la larga, me cansan, y confieso que son de los escasísimos libros que no he terminado de leer. A lo largo de su vida escribió mucho, y al final de ella plagiándose a sí mismo; lo que si bien no es del todo honorable, es mejor que plagiar al vecino. Como articulista era rematadamente malo. No porque careciera de facultades para escribir buenos artículos, sino porque escribía de manera rutinaria, repitiéndose hasta la saciedad y creyendo que con cuatro tópicos, un par de nombres propios extravagantes y algún alarde de prosa enrevesada que pretendía hacer pasar por barroca, cubría el expediente.

Más que un verdadero escritor, Cela era un curioso y pintoresco fenómeno literario. Sus dos libros indiscutibles, «La familia de Pascual Duarte» y «Viaje a la Alcarria», son una novela corta y un libro de viajes. También yo incluiría entre sus obras maestras una entrevista que le hizo a Azorín, en la que consiguió expresar el laconismo del maestro. Acaso lo realmente válido de cualquier escritor no se componga de más páginas. «La familia de Pascual Duarte» procede del realismo bronco de Pío Baroja y de Gutiérrez Solana en versión energuménica y con algunos momentos de ternura espeluznante. «Viaje a la Alcarria» es un buen libro de viajes. Pero es preciso tener en cuenta que en la España del siglo XX se escribieron excelentes libros de viajes: obras de Unamuno, de Azorín, de José Pla, de Víctor de la Serna… No creo que «Viaje a la Alcarria» sea superior a «Por tierras de Portugal y España», a «La ruta de don Quijote», a «Viajes a pie», o a «La ruta de los foramontanos». Pero puede figurar con toda dignidad al lado de estos libros. En cambio, cuando insiste en el asunto viajero, en «Viaje al Pirineo de Lérida» o en «Del Miño al Bidasoa», fracasa por completo. Acaso Cela demuestra mejor que nadie la sabia aseveración de que «nunca segundas partes fueron buenas».

Cela es el Quevedo de la segunda mitad del siglo XX. No porque sea equiparable al autor de «El Buscón», sino porque uno y otro dieron lugar a chistes escatológicos. Cela consiguió un éxito duradero gracias a su empleo un tanto desvergonzado del lenguaje; bien es verdad que, tal como están hoy las cosas, y para los ciudadanos que se están formando culturalmente en nuestra sin par televisión, con programas del tipo de «Crónicas marcianas», Cela tiene que resultar tan recatado como la abadesa de un convento de monjas clarisas. No obstante, las expresiones desenfadadas y a menudo soeces de Cela, sus actitudes de vitalista carpetovetónico y ciertas escabrosidades vertidas en sus libros, proporcionaron a Cela, en una sociedad mucho más mojigata que la presente, la condición de hombre público. Cada pueblo tiene lo que merece. Fue escritor de moda con el franquismo y pilar de esta monarquía. Como afirmó Julio Caro Baroja, que no tenía pelos en la lengua, en la España de Franco había una especie de «élite intelectual» compuesta por Laín Entralgo, Tovar, Torrente Ballester, Cela y otros; que todos ellos se hayan convertido en «demócratas» es otra cuestión que no procede considerar ahora. Cela era un representante muy característico de «La feria de los discretos» que es España; por eso gozó de éxito con aquellos y con éstos. Más que por su obra literaria, muchas veces aburrida y otras ilegible, su éxito se fundamentaba sobre su persona y gestos. No le dieron el premio Nobel por lo que haya escrito (de hecho, nadie se acordó de volver a leer a Cela con motivo de haber recibido tal galardón), sino porque era el escritor más característico de su país y tiempo. En plena monarquía socialdemócrata, Cela era algo más que un simple residuo del pasado franquista. La segunda restauración borbónica es, en el aspecto literario, tan mostranca como la primera. No hay escritores de talla en esta época. Cela, un acabado producto del pasado, en estas circunstancias, era perfectamente aprovechable. Es como si cuando la primera restauración hubiera habido premio Nobel y se lo hubieran dado a Zorrilla. Me hubiera parecido bien.

 
La Nueva España • 3 de febrero de 2002
 

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