José Ignacio Gracia Noriega

Catetos, milores, agentes secretos y papanatas
 

José Alberich, algecireño de 1929, escritor y ensayista, que vivió muchos años en Inglaterra, desempeñando un «readership in Modern Spanish Literature» en la Universidad de Exeter, hasta su jubilación en 1987, ha reunido mucho de lo que sabe en un nuevo volumen titulado «El cateto y el milor» (Universidad de Sevilla, 2001). Alberich es autor de otras obras, como «Los ingleses y otros temas de Pío Baroja» (1966), «Bibliografía anglo-hispánica, 1801-1850» (1978), «La popularidad de don Juan Tenorio» (1982) y «Del Támesis al Guadalquivir», cuya segunda edición apareció el año 2000. Si el extranjero que estudia temas españoles tiene un nombre, hispanista, ¿qué nombre recibe el español que estudia cuestiones relacionadas con Inglaterra? Me temo que no hay ese nombre; hasta en eso somos cipayos. Se debe considerar tan raro que un español estudie temas ingleses, dado que lo propio es que sean los ingleses quienes se ocupen de estudiar y ordenar la cultura española, que los pocos que hay son innominados. Existe, claro es, el afrancesado, que no tiene nada que ver con las ocupaciones del hispanista, porque el afrancesado es un papanatas y el hispanista, un erudito. Pero como la cultura española fue menos dependiente de Inglaterra se tuvo a la cultura inglesa como más marginal. A establecer las relaciones reales en materia cultural entre Inglaterra y España ha contribuido de forma destacada José Alberich, entre otros (no demasiados).

Las relaciones de España con Europa en general, desde que es nación de segunda o tercera fila, están dominadas, en lo cultural, por el papanatismo y, en lo político, por el entreguismo y el complejo de inferioridad. Las reacciones de los españoles frente a Europa, a lo largo de los siglos XVIII, XIX y buena parte del XX, fueron, en una minoría, de una fascinación que traspasaba los límites de la sumisión y, en la mayoría, de un rechazo con sus buenas dosis de brutalidad. Mientras el pueblo llano gritaba: «¡Vivan las caenas!», los ilustrados miraban hacia París. Como escribe Cepeda Adán: «Catedrales góticas y Monarquía tradicional en unos. Máquinas de vapor y Constitución en los otros. El punto de partida de ambos es el mismo...».

Estas actividades diversas y enfrentadas fueron la causa de la multitud de guerras civiles que asolaron España a partir del 2 de mayo de 1808, junto con el milenario y profundo enfrentamiento entre el mundo rural y urbano, más vivo y cerril en España que en ninguna otra parte. Finalmente, en la guerra de 1936-39 ganó el bando ruralista y cerrado a Europa, para crear, en cuarenta años, una sociedad urbana, industrializada, laica y europeísta. Paradojas de la historia.

«El cateto y el milor» reúne nueve ensayos de Alberich, escritos en sus diferentes épocas, sobre temas diversos. ¿Por qué ese título, un tanto pintoresco, con la palabra «milor» escrita a la castiza? En un primer lugar, porque es el de uno de los ensayos recopilados y, sobre todo, porque explica bastante sobre las mentalidades que aquí se analizan. Para que haya un «milord», sobre todo si se escribe con «d», es imprescindible que haya un cateto.

Alberich vivió 31 años en Inglaterra; conoce bien, por tanto, la mentalidad inglesa y nada digamos de la española. Los españoles también tuvieron su fascinación por Inglaterra, y decía Baroja que haber sido doceañista, haber participado en el trienio liberal y ser emigrado en Londres era el no va más allá: la «crème de la crème». Alberich presenta en este libro las relaciones anglo-españolas con sus luces y sus sombras. El conocimiento del asunto, la documentación oportuna y el sentido común de que Alberich hace gala en todas sus páginas son buenos antídotos contra el catetismo, tan frecuente en otros escritores, Juan Goytisolo, por ejemplo.

«El cateto y el milor» reúne ensayos sobre la imagen de España en la Inglaterra del ochocientos, la imagen de Inglaterra en la España del ochocientos, la hispanofobia de Richard Ford, las «Cartas de España» de Blanco White, el hispanista H. D. Inglis en la ruta de don Quijote, el contrabandista y su oficio en el siglo XIX, actitudes inglesas en la época de Andrés Bello y el teniente coronel Lovell Badcock, a quien Alberich califica como «un James Bond del siglo XIX», aunque más bien el buen teniente coronel era tonto. En Asturias hubo notables agentes secretos ingleses durante la guerra peninsular, como Parker Carroll y Leith Hay, estudiados por Alicia Laspra, y hasta uno de ficción, Edgar Byrne, protagonista de «La posada de las dos brujas», de Joseph sConrad. Parker Carroll, por ejemplo, estaba bien informado de lo que ocurría en Asturias y de los trasfondos políticos de la Junta General del Principado, a diferencia de Badcock, que no se enteraba de nada. Pero un personaje de estas características, que anduvo por España en 1832, no deja de tener su encanto; como lo tiene la totalidad de este libro, de amena e instructiva lectura.

 
La Nueva España • 8 de marzo de 2002
 

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