José Ignacio Gracia Noriega

Ruente, en la ruta de los foramontanos
 

Dos entradas hay al valle de Cabuérniga desde Asturias, la más próxima por Muñorroedro, y la principal, por Cabezón de la Sal. Valen las dos, aunque la primera es más pintoresca, porque, siguiendo río Nansa arriba, se pasa por la agradable población de piedras labradas y armadas llamada Celís, para salir a Puente Nansa, y de allí vamos a Carmona, un pueblo muy hermoso, que, con sus palacios y callejas, es una especie de Santillana del Mar de interior, muy agradable. Aquí empieza el territorio del gran escritor Manuel Llano, el «sarruján de Carmona», que vivió a caballo entre los valles del Nansa y de Cabuérniga, y ambos valles se lo disputan. A la entrada de Sopeña, en Cabuérniga, el cartel indicador del pueblo señala, a la vez, que es la patria chica de Manuel Llano; autor de libros deliciosos, poéticos y emocionantes, folklóricos y melancólicos, donde recoge los últimos alientos de un mundo mágico y rural que se desvanecía en sus días y que hoy, prácticamente, ya ha desaparecido, escritos con una prosa bellísima, sonora y plástica, a la vez clásica y popular. «Y en la obra como en el espíritu de Manuel Llano respiré siglos quietos de niñez antigua, de antigüedad niña. De una niñez montañesa, mítica y trágica, amasada con entrañas de montañas», escribe Miguel de Unamuno en el prólogo de «Retablo infantil» .

De la antigua y noble aldea de Carmona se pasa al valle de Cabuérniga por la collada de Carmona: conforme vamos descendiendo entre árboles se desvela la amplitud del valle, verde y llano, recogido entre montañas suaves, antes de tomar carrerilla para escalar las imponentes montañas y tupidos bosques que llevan hasta Reinosa por Palombera.

La otra entrada, por Cabezón de la Sal, es de carretera general. Pero a la salida de Cabezón, poco después de pasadas las vías del tren, ya estamos en Carrejo, un pueblecito con casas magníficas y buen vino blanco. Y un poco más adelante, nada más cruzar el puente sobre el río Saja, empieza la ruta de los foramontanos, tan bien descrita por Víctor de la Serna, que era de al lado, de Mazcuerras o Luzmela, que es como su madre, Concha Espina, bautizó a Mazcuerras en «La niña de Luzmela» . «Estamos en Malacoria», escribe Víctor de la Serna, «uno de esos valles incontaminados del sarraceno, que cobijaron a los labriegos, a los monjes y a los artesanos visigóticos, al amparo de las “cueras”, “corias” o “escudos” de la orografía cantábrica. Y al amparo de la potente espada del duque don Pedro de Cantabria, mientras su consuegro y sobrino Pelayo aguantaba en Cangas el empuje de la morisma» . De Malacoria partió el primer movimiento repoblador de Castilla, cuando Castilla eran las arrasadas Vardulias, continúa De la Serna, que «se puso en marcha con sus azadas y sus arados sus vacas rubias de cornamenta de lira, sus rezos y su tosco romance ladino, esa “gente fortísima de España”, que todavía está en marcha por el ancho mundo» .

Aquellos primeros repobladores y restauradores del orden cristiano y visigótico más allá de las altas montañas, cuando todavía no «llamaban Castilla a unas tierras altas», habrán salido de su valle para internarse en el de Cabuérniga por entre unas grandes peñas. Al otro lado del río se ha hecho (recientemente) una gran tala de pinos. El camino se abre en el valle de Cabuérniga, con su horizonte de montañas al fondo. Las praderas se extienden a ambos lados de la carretera, y al borde se suceden los pueblos, con sus casonas con escudos y las imponentes portadas, que a veces son mayores que las casas mismas. Por fortuna, entonces no se encontraba Ruente en el camino de aquellos primeros repobladores, porque, de ser Ruente como es ahora, hubieran tenido que hacer parada y fonda demasiado pronto. En Ruente hay rumor de aguas: muy cerca brota La Fuentona en un paraje de recogida belleza romántica, y desparrama en chorro sus aguas hacia el centro de la población. Un puente bajo y de buena piedra cruza las aguas, y por él se pasa desde el restaurante La Bolera o la posada La Fuentona, las dos empresas de Ignacio González, emprendedor hostelero. Debe ser muy agradable dormir en esa posada, arrullado por el rumor del agua, como lo es comer en La Bolera, donde el arte de la cocina es arte mayor. Los pescados, que Ignacio va a buscar diariamente a Suances o a San Vicente de la Barquera, son de categoría. Pero la carne, hecha con estos pastos tan jugosos y apetecibles, es exquisita. Una carne que sabe, que tiene consistencia y buen color, imprescindible en este establecimiento de cuidada cocina, donde junto con preparaciones innovadoras e imaginativas alterna el plato tradicional por excelencia, el cocido montañés, suntuoso.

 
La Nueva España • 20 de marzo de 2002
 

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