José Ignacio Gracia Noriega

Don Pedro Caravia: recuerdo de un maestro
 

A quienes tratamos de cerca a don Pedro Caravia nos parece mentira estar celebrando el centenario de su nacimiento. No porque se hubiera adelantado a su tiempo y fuera más bien de éste que Valle-Inclán anunciaba como «era argentina / de socialismo y cocaína» . Don Pedro era muy de su tiempo y su tiempo terminó el 17 de julio de 1936. A partir de entonces vivió en un país que no le gustaba, y donde los viejos amigos y los grandes maestros ya no estaban, unos dispersos en el exilio y otros muertos. Y no es que don Pedro fuera particularmente republicano. Era más bien antifranquista, a fuer de liberal, como diría Indalecio Prieto. Cuando en el régimen anterior los españoles fuimos llamados a votar en un referéndum, yo le manifesté a don Pedro mi propósito de no hacerlo, a lo que él me contestó: «Pues hace usted mal. Hay que ir a votar, y votar no. Votar un no que sea el rechazo absoluto al régimen» . Don Pedro Caravia Hevia era más de la primera mitad del siglo XX que de la segunda; lo que ocurre es que la primera mitad se prolongó hasta el último cuarto del siglo, y a partir de entonces las cosas cambiaron radicalmente; demasiado radicalmente, en mi opinión. Vivía como discípulo de la Generación del 98 y como contemporáneo de la del 27. Que Jorge Guillén le hubiera dedicado un poema era uno de sus timbres de gloria. La literatura posterior a la guerra civil no le decía nada. En cierta ocasión me confesó: «żMe creerá, Noriega, si le digo que el escritor asturiano más joven que he leído es Ramón Pérez de Ayala?» . Claro que le creí. Don Pedro tenía un gran gusto literario, y un interés y admiración hacia escritores que entonces no estaban demasiado bien considerados por la adustez cultural imperante. A pesar de su francofilia manifiesta, conocía muy bien la literatura inglesa, cosa por aquel entonces no demasiado habitual. Prefería las obras de Poe y Kipling a las de Julio Verne, y, sobre todo, procuraba evitar la pedantería y las sobrevaloraciones arbitrarias, y eso lo transmitía a sus discípulos. En las tertulias que teníamos con él, los jueves en Casa Bango, a la una de la tarde, nos hacía ver que la introspección y profundidad de las novelas de Joseph Conrad (y de algunas de Simenon, como «Callejón sin salida» ) no era inferior a la del mejor Dostoiewski. Gracias a ello, yo, al menos, he podido llegar a la conclusión de que Dostoiewski es uno de los mejores novelistas que jamás han existido, junto con Conrad, naturalmente.

Don Pedro escribió poco, muy poco, y es norma en los que escriben muy poco cuidar la palabra. A don Pedro le gustaba hablar, con frases rotundas o muy largas, matizadas por oraciones subordinadas, perfectamente construidas; y tenía una hermosa voz, a la que, cuando se ponía enfático, le daba una entonación un poco campanuda. Por esto es por lo que me parece un poco extraño y hasta sorprendente, si se quiere, estar a los cien años de su nacimiento. Porque hace veinte años, todavía podíamos escuchar su voz, verle pasear con Perico por el Campo de San Francisco, sentir los reflejos del sol poniente sobre los gruesos cristales de sus gafas en su reducido piso de la calle Santa Teresa, mientras él, sin concederle importancia al sol, hablaba y hablaba. Al principio fue el Verbo, parecía decirnos, y también que, al cabo, lo que queda del hombre es la Palabra, y que mientras haya Palabra habrá Hombre, y que, como intuyó William Faulkner en su discurso de Estocolmo, lo último que se escuchará en este planeta, la tarde de su rojo y desquiciado crepúsculo final, será la palabra del hombre.

Como profesor de filosofía, don Pedro Caravia debía ser un poco a lo Juan de Mairena. Y digo «debía ser», porque yo jamás asistí a sus clases. Yo hice el Bachillerato en el Colegio de los Dominicos y él era catedrático del Instituto Alfonso II. Le conocí a través de Juan Luis Vigil, al final del Bachillerato, y ya no dejé de tratarle hasta su muerte. Don Pedro era el maestro total, porque su magisterio se extendía fuera del aula. En la calle, en el café, en su casa, era más maestro, si cabe; como Valle-Inclán, que decía a sus alumnos de las clases de estética que fueran a escucharle a la tertulia. Don Pedro era un liberal en todos los órdenes; acaso decimonónico en parte, pero profundo, de convicciones firmes. «Sin libertad no hay democracia», afirmó y escribió. No es poco que haya enseñado eso y otras muchas cosas, en un país donde hay interés en confundir libertad con democracia. El magisterio de don Pedro estaba en su boca, cuando surgía su voz.

 
La Nueva España • 26 de marzo de 2002
 

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