José Ignacio Gracia Noriega

Los artículos de Manolo Avello
 

Vaquero me envía un paquete de libros y, entre ellos, «Mis mejores artículos en LA NUEVA ESPAÑA» (Editorial Prensa Asturiana, 1996), de Manuel F. Avello, con lo que aprovecho para releer esta «obra selecta» del maestro Manolo. Además, no recuerdo por qué motivo, en su día no hice reseña de él; sería porque a veces se amontona material y luego no hay manera de salir del paso. No obstante, esto no tiene mayor importancia, porque tratándose de «obra selecta», se trata en realidad de «obra intemporal». Los artículos que su autor recoge en un libro son los que quiere preservar del paso del tiempo, librándolos de ese carácter en apariencia efímeros que presentan los textos publicados en periódicos. La exclusiva de hoy sirve para envolver el pescado de mañana, dijo Walter Lippman, que conocía bien el medio en el que trabajaba y cómo influye en él el tiempo. Pocas cosas valen menos que el periódico del día anterior. Y, sin embargo, ese mismo periódico, al cabo de veinte años, es historia. Y el artículo volandero, que se lee y olvida si se lee en el periódico del día, al cabo de veinte o treinta años es literatura. Buena parte de la literatura española de los siglos XIX y XX se escribió para los periódicos y se publicó en los periódicos. Manolo Avello publica como frontón de esta recopilación de artículos suyos una frase de su admirado Clarín: «Y de mí sé decir que cuando me preguntan qué soy, respondo: principalmente, periodista». Lo mismo podría decirse de Ortega y Gasset. Lo que sobrevive de la obra de Mariano José de Larra, de una influencia tan excepcional en la literatura y en el pensamiento español, es la parte efímera, la periodística; en cambio, nadie se acuerda, con buen criterio, de lo que escribió pensando que era auténtica literatura, sus hoy poco apreciadas contribuciones al dramón y al novelón románticos. Y es que a la literatura es aplicable el hermoso verso de Quevedo: sólo lo fugitivo «permanece y dura». La obra de uno de los grandes escritores del siglo XX, Julio Camba, es la que escribió para los periódicos, luego recogida en diversos libros. Azorín también recopiló en constantes colecciones de artículos sus colaboraciones periodísticas. ¿Cómo sería la obra de Azorín de no haber sido su autor periodista? Cuando menos, tendría proporciones mucho más reducidas. Y muchas de sus mejores páginas se habrían perdido, o serían inaccesibles, de no haber sido recopiladas.

Manuel Fernández Avello, «el radiofonista Manuel» de tiempos pasados, aunque muchos le suponen de Luarca o de Ribadesella, nació en Fuso de la Reina, ahí es nada, muy cerca de Oviedo y al lado del ferrocarril del Vasco, ese tren cercanías que va paralelo al río Nalón. Con lo que en él confluyen las mejores esencias de Asturias, al tener su parte de asturiano occidental, de asturiano oriental y de asturiano central por derecho de nacimiento. Y es curioso. Estos días recordaba Manolo de la Cera que don Pedro Caravia llevaba ese «don» inseparable de su nombre propio. Sólo él era «don Pedro». En cambio, Avello se ganó, también a pulso, como don Pedro el «don», ser «Manolo». Del mismo modo que Ramón perdió sus apellidos para ser el «Ramón» por antonomasia, en una literatura llena de Ramones (Lull, De la Cruz, Valle Inclán, Menéndez Pidal, Pérez de Ayala, Basterra…), Manolo Avello sería sólo «Manolo», si no fuera porque «Avello tira mucho; y eso que Avello, además de ser el apellido de un periodista que ha dejado huella en Asturias, significa «arrancar, sacar de su lugar con fuerza», según la trigésima primera edición del diccionario latino-español Valbuena Reformado (1915) (dato aportado por el propio Manolo Avello).

He escrito que Manolo Avello es «periodista»: él mismo se reconoce como tal, citando a Clarín. Considero inútil precisar que es un periodista que escribe libros. Muchos periodistas también los escriben. En realidad, ¿qué otra cosa es un periodista que un escritor? Yo no encuentro diferencia entre ambos. Se podrá alegar que el periodista, en el ejercicio de su profesión, no escribe poesía, o novela, o teatro. Pero no se le puede negar que es un ensayista cotidiano de lo cotidiano. ¿Qué otra cosa son los artículos de periódico, los artículos de Avello, sin ir más lejos, que ensayos breves, que cortas glosas a la actualidad o a las ocurrencias de cada día? Unamuno, Ortega, D’Ors publicaron sus ensayos en los periódicos. Avello, por su parte, publicó libros, algunos muy entrañables porque tratan de dos escritores olvidados, inmerecidamente olvidados: Tomás Tuero y Juan Ochoa. Y a pesar de los pesares, de los libros de Avello, de alguna reedición que pasó con más pena que gloria, siguen olvidados. También escribió otro libro muy sugestivo sobre «Pérez de Ayala y la niebla», o la niebla como sustancia de la ironía astur. Y, en fin, su historia del periodismo asturiano, o su proustiana evocación de Oviedo. De ese Oviedo perdido que buscamos y que no sabemos si algún día podremos reencontrar. En el recuerdo, tal vez: mojando en una humeante taza de chocolate cuando menos un carbayón.

«Mis mejores artículos» es otro libro, y no menor, de Avello. Libro en el que, como en toda buena recopilación, hay de todo, para dar idea de la variedad temática de su autor; incluso versos, como las coplas de ¡Ay Manolera! (al modo de la sátira medieval de «¡Ay, Panadera!» o la égloga primera de Genicio y Caprichoso, en la que, para expresar «el dulce lamentar de dos astures», Avello se sirve ni más ni menos que de Garcilaso de la Vega. Pero el territorio de Avello es la prosa. «Usa Avello una prosa llanamente culta, sin petulancias, con concesiones a lo familiar y decorosamente elegante, lejos de la ordinaria zafiedad en que algunos creen que consiste la sencillez y la naturalidad ­escribe Emilio Alarcos en el prólogo; añadiendo, tras el punto y aparte: «No es fácil lograr esta prosa hablada, donde nada disuena ni por defecto ni por exceso». La otra característica de los artículos de Avello es el humor; y como Avello es bonísima persona, ese humor en ocasiones se tiñe de ternura. El periodista ve los defectos de su entorno, porque es buen observador, pero, ¿qué se ha de hacer? Su humor es apacible aunque a veces las circunstancias, ¡ay, las circunstancias!, le inclinen a escribir malhumoradamente. Mas como señala Alarcos: «Por el humor, frente al dolor, hacia el amor, es el trisagio de propósitos a cuyo amparo amanece Avello cada aurora».

 
La Nueva España • 4 de abril de 2002
 

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