José Ignacio Gracia Noriega

Halldor K. Laxness, novelista islandés
 

No dudo de que Halldor Kiljian Laxness es uno de los mayores novelistas del siglo XX. Así como suena. Sin embargo, se trata de un escritor poco conocido. Haber recibido un premio Nobel de Literatura en 1955 no parece haberle beneficiado, porque es lugar común considerar que tales galardones, cuando se conceden a autores nórdicos, no obedecen a otra razón que al compromiso o a motivos de parentesco. Absolutamente injusto. El noruego Knut Hamsun es uno de los grandes novelistas, a caballo entre los siglos XIX y XX (al XIX pertenece una de las más hermosas novelas que conozco, «Misterios»), y, sin ir más lejos, no creo que haya habido dramaturgo de mayor influencia en la época moderna que Henryk Ibsen. Pues bien: justificadísimo, recibió el premio Nobel, y el gran Ibsen, injustificadamente, no lo recibió. Ambos noruegos, y por tanto escandinavos, primos carnales de los suecos. No digo con esto que el premio Nobel no haya patinado.

En ocasiones, el premio Nobel no se concede sólo a un autor, sino también a una literatura. Si es así, el premio a Laxness está doblemente justificado, porque la literatura islandesa es de las más importantes del mundo, y también de las más desconocidas. El gran momento de esta literatura fue medieval. Las «sagas», que en realidad son «crónicas» (y no sólo la crónica de una familia, como se pretende, acaso por influencia de «La saga de los Porshyte», de Galsworthy ­otro premio Nobel desafortunado), son el anuncio del género novelístico desde las oscuridades del techo del mundo. Alguien ha comparado a Snorri Sturlusson con Homero; probablemente, esta comparación no sea la más adecuada. Pero la literatura islandesa no se detiene en la Edad Media, con las sagas. Hallgrimur Petursson, poeta y párroco rural, del siglo XVII, escribe unos intensos «Salmos de la Pasión», considerados como la obra poética más importante de la literatura islandesa moderna. Laxness, en el siglo XX, enlaza con esta gran tradición literaria, y merece figurar, por tanto, al lado del legendario Egill Skallagrimsson, guerrero y poeta; del gran Snorri Sturlusson y del atormentado Hallgrimar Petursson. Halldor K. Laxness nació en Reykiavik, la capital de Islandia, el 23 de abril de 1902; pero creció en una granja, por lo que el mundo rural está muy presente en su obra. Tanto, que ese mundo rural nos da la impresión de que estamos en la Edad Media, cuando lo encontramos reflejado en las novelas de Laxness. Una de sus novelas mayores es «Paraíso recobrado». El lector está convencido durante toda la primera parte de la novela, de que se desarrolla en la época medieval o, cuando menos, en el siglo XVII. Pero, hacia la mitad del relato, un personaje anuncia su propósito de emigrar a América, y entonces nos encontramos devueltos al comienzo del siglo XX.

Pero no debemos confundir a Laxness con un granjero. También tiene el autor de «La campana de Islandia» su tendencia cosmopolita, tan corriente entre los nórdicos. Sus padres eran labradores protestantes, muy religiosos y de posición acomodada. Laxness asistió a la Universidad de Reykiavik y viaja por Dinamarca, Suecia, Austria y Alemania. Los escritores islandeses gozan de muy buena relación con Alemania, a cuya lengua suelen ser traducidos. Laxness, con sólo 17 años, publica su primera novela, «Hijo de la Naturaleza», enclavada en esa potente tradición nórdica, medio panteísta, de celebración entusiástica de la naturaleza, a la que pertenecen «Pan», del noruego Hamsun, o «Gentes de la noche estival» y el «Sol y la vida», del finlandés Frans Emil Sillampää, o «Bailó sólo un verano», del sueco Arne Mättson. Al tiempo colaboraba en un periódico de Copenhague. Acaba de finalizar la Gran Guerra, y Laxness padece una convulsión espiritual, que le lleva a ingresar en el monasterio católico de San Mauricio de Claraval, de Luxemburgo, en el que, por fortuna para el escritor, sólo permanece un año. Pero la experiencia no fue en vano, y de ella extrae material para dos libros, «Al pie de la montaña», más centrado en su experiencia monacal y que recuerda algo a las obras de Thomas Merton, y «Puntos de vista católicos», de carácter ensayístico y polémico. Todavía le queda al escritor por pasar otro sarampión, el del socialismo, del que no quedan graves secuelas en su obra, afortunadamente. La quietud del monasterio excitó su afición de correcaminos. Vive algún tiempo en Londres, visita Lourdes y Roma, y esa nostalgia nórdica del sol le empuja a Sicilia. El Mediterráneo le impresiona, y bajo esa impresión escribe una obra extraña, desarrollada en escenarios exóticos, con aroma de cuento oriental: «El gran tejedor de Cachimira». Pero la inquietud vagabunda de Laxness no le lleva a Asís, sino a América, residiendo en Canadá, y en Norteamérica y fruto de esta época de desplazamientos son «Tu pura vid» y «El pájaro de la orilla». En 1929, el joven islandés decide que basta ya de viajar. Ha llegado el momento de asimilar lo vivido, el momento de escribir. Regresa a Islandia, aunque hace una escapada a España durante la guerra civil. Escribe «Salka Valka», «Estación atómica» (novela en la que hay mucho de alucinación surrealista), «Horcica», y, sobre todo, la trilogía «La campana de Islandia», aparecida en 1943, compuesta por «La campana», «La doncella de la luz» y «Fuego en Copenhague». A mi juicio, una de las cimas de la novela histórica del siglo XX.

 
La Nueva España • 11 de abril de 2002
 

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