José Ignacio Gracia Noriega

Cierra El Torreón
 

Una mala noticia: cierra El Torreón, uno de los establecimientos hosteleros más emblemáticos de Cangas de Onís y uno de los restaurantes mejores de la comarca oriental de Asturias. En esta comarca se come bien: hay muy buenos establecimientos desde su puerta, en Arriondas, con dos restaurantes incluidos en la Guía Michelin, hasta Panes, al otro lado del río Deva. Quien visite cualquiera de sus concejos, bien por Amieva y suba a Ponga, o baje a las playas de Ribadesella, o siga esa gran ruta de Benia, Cabrales y las Peñamelleras, con desviación, si se quiere, al concejo de Ribadedeva, que es marino y de interior, y entra en el local adecuado, saldrá satisfecho. Pero, aún así, Cangas de Onís tiene un aire especial, y El Torreón contribuyó, a lo largo de ochenta años más o menos, a cimentar el prestigio gastronómico de la ciudad de los reyes caudillos, de la primera capital de España. El Torreón se encontraba en el centro justo de Cangas de Onís: quien viaje a esta ciudad ilustre, inevitablemente lo encuentra. Si hay algo «atopadizo» en Cangas, es El Torreón, lugar de cita y referencia inevitable. Según parece, se trata de uno de los establecimientos más veteranos de Cangas de Onís. Antes fue el Café Español, abierto por los años veinte (que es de cuando data la casa en cuyos bajos está instalado). Luego pasó a llamarse El Torreón, cuyo nombre tiene evocaciones mejicanas, porque Torreón era uno de los feudos de Pancho Villa. No sé si se llama Torreón por la población mejicana o por otro motivo, pero lo cierto es que El Torreón forma parte de la pequeña historia de Cangas de Onís y de la historia gastronómica de Asturias. Su propietario, Gaspar Cayarga, era el barman más jovial, simpático y sonriente de muchos cientos de leguas a la redonda. Imposible ver en Gaspar un mal gesto ni cara de pocos amigos; y eso que no todos los días nos levantamos con el pie derecho. Gaspar hizo de El Torreón el centro de su vida, hasta que una desgraciada enfermedad le apartó del «servicio activo» y le colocó al otro lado de la barra. Por fortuna se ha recuperado mucho, pero tuvo que abandonar su trabajo, que desempeñaba de una manera tan eficaz y agradable. Hombre alegre y sentimental, se comprende que el cierre de El Torreón le entristezca. Pero la vida sigue, y hay que seguir. El Torreón cierra siendo un excelente negocio. No conoció jamás la decadencia y nunca dejó de dar mucho dinero. Si los negocios que marchan estupendamente cierran, ¿qué podrá esperarse de los que no van tan bien?

Antes, hace años, cerraban los bares para que en los bajos que ocupaban se instalaran bancos. Luego, con el auge turístico y cuando la gente comprendió que la mejor manera de vivir la vida es vivirla sin trabajar, algunos bancos cerraron y volvieron a abrirse bares. Ahora cierran los bares para vender camisetas y otros recuerdos para turistas trashumantes. De lo que puede deducirse que vender camisetas es mejor negocio que un banco o un bar. El bar y el restaurante ofrecen ciertos riesgos: si una merluza no se vende, hay que tirarla. Pero si no se vende una camiseta, puede ser vendida mañana, o la semana que viene, o el mes que viene. En fin, sentimos este cierre, porque, además de su excelente cocina y de la posibilidad de charlar un rato con Óscar, el jefe de barra, las amplias cristaleras de El Torreón eran un gran observatorio del centro de Cangas.

Con éste, son varios los buenos restaurantes de Cangas de Onís que se han perdido: el del hotel Eladia, el del hotel Ventura... No obstante, no queda la ciudad desguarnecida en el aspecto hostelero, y a muy pocos pasos del desaparecido El Torreón se abren otros tres establecimientos muy buenos: casi a su lado Mario, y El Arco pegado a Mario, y enfrente (no hay más que cruzar la calle) está el antiguo hotel Eladia, que en la actualidad lleva el rótulo de Pizzería, con letras luminosas. Pero que no nos despiste el rótulo. En esta Pizzería se pueden comer «pizzas» y demás, y también otras cosas. Nada digo de las especialidades italianas de la casa; sí que la cocina, en lo demás, es de primerísima calidad, digna del antiguo esplendor de Eladia (al que, por cierto, un grupo de entusiastas asturianistas llevaron a comer al abate Breuil después de haber visitado la cueva de Cardín, en Lledias, más falsa que Judas, aunque cierto prepotente pretenda equipararla, ni más ni menos que a la de Tito Bustillo, lo que es una barbaridad desde cualquier punto de vista que se contemple. En la euforia de la sobremesa, el célebre prehistoriador certificó, sobre una servilleta de papel con el membrete del hotel Eladia, la más que dudosa autenticidad de las cuevas; servilleta que, por cierto, guardaba Manuel Cueto con más veneración que si fuera una sagrada reliquia).

El Eladia redivivo sirve comidas en el bar, en el que es corriente ver a gente joven, y tiene comedor en el piso: un buen comedor, sobriamente decorado. Más categoría tiene lo que se come. Trabaja muy bien esta cocina los pimientos rellenos y la carne es de auténtica calidad. Óscar (nombre importante en la hostelería de Cangas: ya hemos citado a dos, y no podemos olvidar al gran Óscar, del hotel Ventura, un perfecto caballero y un magnífico profesional), Óscar el del Eladia, digo también trabaja muy bien el pescado. Pero lo que me ha vuelto un incondicional de esta casa son sus callos. Últimamente comí callos en varios lugares, y salvo los del Bar Cantábrico, de Oviedo, siempre formidables, me decepcionaron bastante. Los callos del Eladia me reconciliaron con este plato suculento, de preparación no fácil, a juzgar por los fracasos a que a veces dan lugar. Son éstos unos callos muy bien guisados, con la salsa espesa y con ese toque de pegajosidad que permanece sobre los labios hasta el punto que si se quiere besar a una rapaza, no se puede: ése es, para mi amigo Luis Martínez, el punto supremo. Los callos, como otras muchas cosas, no admiten medias tintas, y menos éstos que elogio, que llevan salsa entera.

 
La Nueva España • 16 de abril de 2002
 

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