José Ignacio Gracia Noriega

Cernuda y Alberti
 

Estamos en el año de Cernuda. ¿Y por qué no en el de Alberti? Ambos poetas nacieron en 1902. Pero todo indica que este año se va a inclinar más la balanza hacia Cernuda que hacia Alberti. Incluso es posible que esté a punto de producirse una auténtica inflación de Cernuda en perjuicio de Alberti, a quien imagino que pondrán a cruzar el desierto. Además, Alberti conoció días de gloria y rosas, de elevación y multitudes, mientras Cernuda vivía y moría en la oscuridad y en el olvido, y escribía, poco antes de morir, versos tan amargos como éstos dirigidos a sus paisanos, aquellos a los que «una burla del destino compatriotas míos hiciera» :

No me queréis, lo sé, y que os molesta
cuanto escribo. ¿Os molesta? Os ofende.

Cernuda, que había percibido en Yeats esa desazón, el rencor que provoca el envejecimiento, sintió parecida desazón y parecido rencor al envejecer él, pero no tanto por el envejecimiento como por el olvido al que estaba relegado, y escribió algunos poemas, sombríos y altivos («Díptico español», «A sus paisanos» ), en los que expresa sentimientos mezclados de amor y odio hacia la patria, y de odio hacia sus paisanos, con excepciones contadas: Cervantes, Pérez Galdós, Enrique Asúnsolo, Víctor Cortezo,... Los que no le comprendieron en la juventud tampoco le comprenden en la madurez, y eso no lo sufre, como le escribe a Dámaso Alonso en una carta abierta y altiva, de 1948: «Algunos a quienes encontraste temprano en tu camino, que no quisieron conocerte entonces, ni a ti ni a tus versos, te dicen que ahora eres más y mejor poeta. Si lo que inconscientemente significasen fuera que son ahora más y mejores conocedores tuyos, aun pudieras agradecerlo. Pero sabes que con tales palabras sólo vienen a manifestar que son más y mejores oidores, repitiendo, deformado a su manera lo dicho por otros veinte años más jóvenes» . Nunca le perdonó a Dámaso Alonso que, en el ejercicio de su crítica «informativa o erudita», se hubiera equivocado con él o no le hubiera prestado la debida atención y, en compensación, Cernuda no cita a Dámaso Alonso en sus «Estudios sobre poesía española contemporánea» ni de pasada: como si no hubiera existido. Una situación como la de Cernuda era desde luego difícil, exiliado en países de lengua ajena (Inglaterra, Estados Unidos) y teniendo como único asidero un mundo literario tan mezquino como el español. En esto, en su elevada concepción del poeta, como en tantas muchas otras cosas, Cernuda no era de su tiempo, que en buena parte es también el nuestro, aunque éste sea más adocenado y peor, sino un auténtico romántico. Debe comprenderse al poeta en este sentido y comprender, en consecuencia, su forma de ser desapacible, su sarcasmo. Como poeta, Cernuda miraba muy alto: Shakespeare, Goethe, Hölderlin, Keats, Garcilaso, San Juan de la Cruz, Aldana (ese gran desconocido a quien esforzadamente e inútilmente intentó reivindicar). Por ello, no es extraño que considerara a Guillén y a Salinas como poetas funcionarios, cosa que en verdad eran, o que él mismo se colocara en el lugar de Góngora, o a Góngora en el suyo («El andaluz envejecido que tiene gran razón para su orgullo, / el poeta cuya palabra es lúcida como el diamante...» ). En tanto que esto le ocurría y se le ocurría a Cernuda en Mount Holyoke College o en México, Rafael Alberti vivía en gloria y multitudes: en Roma, en Moscú, en las américas sus libros se editaban sin problemas, recibía en la Unión Soviética el más alto galardón literario (que llevaba, por cierto, el nombre de alguien que jamás tuvo el más remoto sentido literario) y en España hasta en la Policía político social sabían quién era Alberti, en tanto que a Cernuda no le conocían ni le reconocían ni en los departamentos de Literatura.

Más digno fue Cernuda, como persona, y más poeta. Con esto no insinúo que Alberti sea poeta desdeñable, ni mucho menos, y la mayor parte de los malos poemas que escribió es preciso atribuírselos a su torrencialidad, a haber escrito mucho y a haberlo publicado casi todo y, sobre todo, a su compromiso político, en nombre del cual también hizo cosas realmente miserables, sino cosa peor. Cernuda, en este sentido, fue un hombre con las manos limpias. Lanzó su soflama de un jacobinismo detonante e ingenuo cuando se incorporó a la revista «Octubre», dirigida precisamente por Alberti y María Teresa León, y al estallar la guerra fue varios días al frente de Madrid, con un fusil en la mano y un libro en el bolsillo, las poesías de Hölderlin, o «Stello», de Vigny. Pero pronto se dio cuenta de que la poesía y la labor del poeta están por encima de determinadas cuestiones, de las que dependió Alberti, aunque, al final de sus días, nos dice en el poema titulado «1936» que no había renunciado aún a lo que defendió aquel año. Alberti es poeta social en el sentido más amplio: de sociedad y de sarao. Cernuda era solitario, altivo y exiliado, no por motivos políticos, sino porque, como Baudelaire escribe, todo poeta es un exiliado.

 
La Nueva España • 03 de mayo de 2002
 

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