José Ignacio Gracia Noriega

La obra del profesor Santiago Melón
 

Los hombres se van, las obras permanecen. Pero lo que «acá dexáis» se desvanece también, con el tiempo. ¿Qué queda y qué ha de permanecer de un intelectual que a la vez era un amigo muy querido, como Santiago Melón? Su palabra, su ejemplo (sí, su ejemplo: la vida de Melón fue ejemplar en muchos aspectos), su humor. Escasa muestra de su talento nos deja con sus escritos. No porque esos escritos sean de poco valor, sino porque escribió muy poco. Recordamos estos días a don Pedro Caravia con motivo del centenario de su nacimiento. También don Pedro escribió muy poco, pero dejó un nutrido número de discípulos que le recuerdan. Pero Melón no entendía el magisterio de la manera que lo entendía don Pedro. En ese sentido, no dejó discípulos. Dejó amigos. Era hombre muy selectivo, tanto a la hora de publicar, como a la de leer, como a la de hacer amistades. Su biblioteca era muy selecta, de no excesivos libros. No le gustaban las bibliotecas particulares en las que se amontonan papeles y polvo. En la suya había lo imprescindible para sus intereses profesionales e intelectuales y para satisfacer sus gustos literarios. Solía hablar de un pariente suyo que, por motivos de familia, había heredado parte de la biblioteca del poeta francés Charles Leconte de l’Isle: un hermoso mueble con obras clásicas de la literatura francesa, magníficamente encuadernadas. Desde el momento en que entró en posesión de esa herencia, el pariente no leyó otra cosa que los libros que habían sido del gran poeta.

Los escritos de Santiago Melón ocupan un espacio muy reducido en cualquier biblioteca. Podía regalar un par de separatas, mientras se reían: «Toma, ahí va la mayor parte de mi obra completa». En 1998 recopiló, al fin, lo que constituye una parte muy sustancial de su «obra completa»: los notabilísimos «Estudios sobre la Universidad de Oviedo», un volumen de 266 páginas, editado por el Vicerrectorado de Extensión Universitaria de la Universidad de Oviedo. Melón dedicó lo mejor de su esfuerzo al estudio del gran momento estelar de la Universidad de Oviedo, que corresponde a lo que Joaquín Costa denominó el «movimiento de Oviedo», desarrollado en los años finales del siglo XIX y los primeros del XX. Fue el adelantado de esos estudios, como señala el profesor Moisés Llordén en el prólogo al libro, centrando su atención y análisis en los antecedentes e instituciones de los que surge la Extensión Universitaria, y en las personalidades académicas que a ella contribuyeron. Sin duda, existía en Santiago Melón una cierta nostalgia de aquellos momentos gloriosos. Era un viejo liberal, y a los liberales, en estos tiempos, parece que sólo nos queda el recurso de la nostalgia.

«Estudios sobre la Universidad de Oviedo» reúne dos libros breves, «Un capítulo en la historia de la Universidad de Oviedo» (1963) y «El viaje a América del profesor Altamira» (1987), el prólogo a la edición facsimilar de la «Historia de una Universidad de Oviedo», de Fermín Canella, y cuatro artículos de cierta extensión: «La Extensión Universitaria. Antecedentes y características» (publicado originalmente en «Clarín y la Regenta en su tiempo», 1984), «El conflicto universitario de 1884 en la Universidad de Oviedo», «Las grandes etapas del hispanoamericanismo» y «Datos para la historia de la Universidad de Oviedo durante la guerra civil».

Santiago Montero Díaz se refiere, en el prólogo a «Un capítulo en la historia de la Universidad de Oviedo», al «lenguaje ceñido, ausente de toda retórica», «un lenguaje austero y objetivo, al tiempo que de transparente nitidez», de Santiago Melón. Porque Melón era un sabio, pero un sabio que escribía muy bien. Ya hemos señalado que escribió muy poco, pero cuidaba mucho lo que escribía, buscando primero la claridad, después la precisión y finalmente el buen sonido de las palabras. Le gustaba recordar que Indalecio Prieto hacía que le leyeran en alta voz sus escritos, para comprobar cómo sonaban. Melón solía escribir en cuadernos grandes, de tamaño folio, con estilográfica. Tenía una Montblanc grande, que no le gustaba; yo le recomendé una Waterman y quedó encantado con ella. A esta primera redacción seguía una segunda, previa a la versión mecanográfica. Y aunque Santiago Montero indica que como escritor no se deja arrastrar por el sentimentalismo (en cambio, cuando no escribía, era un sentimental de tomo y lomo) para no romper «la línea de seria objetividad expositiva», lo cierto es que «El viaje a América del profesor Altamira» es un libro delicioso, escrito con excelente ánimo literario por alguien que había sido atento lector de novelas de viajes y aventuras, y que admiraba a Julio Verne, a mister Pickwick y a Tartarín de Tarascón. El profesor Altamira era un poco Tartarín, todo hay que decirlo, y el profesor Melón se ríe, con buen humor, de algunas de las chuscadas que organizó durante su viaje.

Con ser importantísimos, y modélicos, estos trabajos, la obra de Santiago Melón no se reduce a ellos. También publicó otros trabajos, como escribió Emilio Alarcos, «para cumplir con compromisos de reuniones u homenajes». Bien es cierto que Melón, hombre sensato y muy discreto, y sobre todo independiente, redujo al máximo los «compromisos ineludibles». No obstante, a algunos concurrió, como al tomo tercero de «Estudios ofrecidos a Emilio Alarcos», con el ensayo «Campoamor ideólogo», donde estudia, con rigor y agudeza, aspectos por aquel entonces (1978) poco observados en este poeta, que era bastante más que un poeta. En este sentido, Melón se acercó a Campoamor, adelantándose a la época de la publicación de ese ensayo, en la que apenas nadie se ocupaba del poeta de Navia, y no se le ha reconocido. También publicó unas «Notas sobre quatrevingt-treize», de oportuna relectura, ahora que estamos en fastos conmemorativos de Víctor Hugo, con motivo del segundo centenario de su nacimiento, y en eruditísimo boletín un curioso trabajo sobre una obra no menos curiosa: «Noticia de un drama inédito», referido al dramón «El feudo de las doncellas», obra manuscrita de José Posada Huerta, en cuatro actos y en verso. En 1971 publica su tesis doctoral, «Sobre la sociología de Emilio Durkheim», obra podada de la pedantería y pesadez académica en este tipo de trabajos académicos que más parece que se obligan para quitarle al doctorando toda gana de volver a escribir en lo sucesivo. La tesis de Melón es breve, es clara, está muy bien estructurada, y, en poco menos de cien páginas, expone todo lo que debe exponer. Una tesis ejemplar. Aunque no fuera a la moda, cedió a la de aquellos días publicando en el año emblemático de 1968 «Sobre H. Marcuse y su tiempo». Su prólogo a la «Poesía (en bable)» de Pepín Quevedo merece lectura y relectura, porque sitúa en sus reales dimensiones el regionalismo astur. Y la «Semblanza biográfica del doctor Antonio García Oliveros» es el recuerdo de alguien a quien estuvo muy unido en el contexto de su ciudad. Uno de sus últimos trabajos fue «Regeneracionismo y movimiento georgista», en la «Revista Asturiana de Economía». Obra corta, pero muy valiosa, que merece ser recogida en un libro que esté a la altura de Santiago Melón.

 
La Nueva España • 7 de mayo de 2002
 

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