José Ignacio Gracia Noriega

Manolo Avello: con el bolígrafo en la mano
 

He leído que Manolo Avello murió con el bolígrafo en la mano. Es una buena manera de morir, heroica. Y una reafirmación de su oficio artesanal y de lo que fue el pan de cada día a lo largo de más de medio siglo.

Es duro el artículo diario. No por escribirlo, que a Avello no le costaba demasiado trabajo escribir, sino porque es un trozo de uno mismo que se lanza al vacío. ¿Dónde caeré? Quién lo sabe. Hay lectores magníficos y hay personas que no merecen leer ni su propia condena por rufianes. Haber escrito un buen artículo produce una satisfacción que no se paga de ningún modo. Cuando releemos el artículo para corregirlo y nos decimos a nosotros mismos: «Esto está bien, esto está muy bien», se experimenta tal sensación de satisfacción que no podrá comprender jamás el funcionario que ha escrito a duras penas su librillo para el mejor medro profesional. Qué tropa, Manolo, ha salido de los resabios académicos más pedantes. Pero da igual. El escritor de a diario, el escritor de los periódicos, también está blindado contra las injusticias. Sin duda Manolo Avello practicaba aquel ejercicio gimnástico mañanero que recomendaba don José Cuesta y que, a su vez, Emilio Alarcos le proponía a Antonio Masip en el prólogo de «Oviedo al fondo» como modelo de vida sensata: «La triple elación y subsiguiente prolapso de clavículas y omóplatos»; es decir, encogerse de hombros. Al cabo de los años combativos, Manolo Avello había hecho pacto de no agresión con el mundo y con su ciudad. Decidió no complicarse la vida, porque la vida ya es, de por sí, suficientemente complicada; y «el hombre, lobo para el hombre», no lo olvidemos. Por eso resulta estimulante que hombres como Manolo Avello fueran capaces de la ternura y de uno o dos gramos de ilusión que reservaba cariñosamente para que «Manolín» le escribiera todos los años la carta a los Reyes Magos. Recuerdo un artículo que escribió cuando el derribo del palacete de Concha Heres. Efectivamente, en lugar del suntuoso edificio van a poner una especie de parche parecido a una gasolinera. Pero, ¿qué vamos a hacer? Habrá que acostumbrarse. La vida es cuestión de costumbre, y cuando se pierde la costumbre de vivir, se presenta la muerte. La actitud de Avello no tenía que ver con la resignación tanto como con el escepticismo.

Muchas cosas buenas se han dicho sobre Manolo Avello. Sabido es que éste es el país donde no hay muerto malo, aunque quienes elogian al muerto también es posible que piensen que está mejor muerto que vivo. Pero los elogios que se le hacen a Manolo Avello son más que merecidos. Machadianamente, era en el buen sentido de la palabra bueno. No conozco a muchos de quienes se pueda decir otro tanto. Manolo Avello, el radiofonista Manuel, el «gran cronista Magnolio», como le llamaba Alarcos, era una buena persona. Tenía andares, forma de hablar y gestos de buena persona. Y así, como buena persona, caminando por las calles y plazas de Oviedo, un poco abrumado por el peso de la chaqueta, con paso lento de buen observador y de sabio itinerante que no tiene prisa, es como se le recordará de ahora en adelante: porque de lo que no cabe duda es de que queda integrado para siempre en el paisaje histórico de la ciudad. «Cuando el paso del tiempo afirma valores permanentes y derrumba los de signo artificial, Manolo Avello crece, se agigante en nuestro recuerdo y nos rendimos ante el escritor y periodista, un asturiano de pro y hombre de bien», escribe Jaime Álvarez-Buylla. Buena persona y escritor, y, además, buen escritor.

Porque con todos los merecidos elogios fúnebres, no se le ha prestado tanta atención al escritor que además era. Manolo Avello, teórico de la abulia, cronista de Oviedo aún mucho antes de serlo oficial, era un escritor de quien dice Emilio Alarcos en el prólogo a la selección de sus mejores artículos: «Pero además del humor, que evita todo engolamiento trascendente en la prosa de Avello, es la gracia expresiva, es la elocución espontánea y directa, es el tono conversacional y contagioso lo que atrapa sin remedio al lector. Usa Avello una lengua llanamente culta, sin petulancias, con concesiones a lo familiar y decorosamente elegante, lejos de la ordinaria zafiedad en que algunos creen que consiste la sencillez y la naturalidad. Calcula muy bien Avello los registros que maneja y los combina con precisión y eficacia». Y añade Alarcos: «No es fácil lograr esa prosa hablada, conversada, donde nada disuena ni por defecto ni por exceso. Devoto del Quijote, Avello tiene bien asimilados los consejos retóricos que daba maese Pedro a su ayudante del retablo: "Sigue tu canto llano y no te metas en contrapuntos, que se suelen quebrar de sotiles", y después: "¡Llaneza, muchacho; no te encumbres, que toda afectación es mala"». Navegaba Manolo Avello por aguas muy distantes de la afectación y de la pedantería. Sabía medir muy bien el artículo, pero también escribía libros, y algunos de los más olvidados intentaban rescatar generosa y bizarramente a escritores sobre los que cae la losa del olvido, a Tomás Tuero y a Juan Ochoa. Ahora que Avello ha muerto, me parece que el mejor homenaje que puede hacérsele es equipararle a Juan Ochoa, un escritor de agradable modestia, cuentista elogiado por «Clarín», y en muchos aspectos, en algunos relatos breves, mejor cuentista que «Clarín». Esto acaso Avello no lo hubiera admitido, porque también era muy clariniano. Pero el arte de Ochoa, más que el de «Clarín», se fundamentaba sobre el humor y la ternura, que definen también a Manolo Avello, el buen escritor que se nos ha ido, y que, como quien clama en el desierto, procuraba no obstante reverdecer la esperanza y cantaba, como quien canta para sí: «¡Ay, Manolera!».

 
La Nueva España • 17 de mayo de 2002
 

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