José Ignacio Gracia Noriega

En el Naranco
 

Pocas ciudades podrán preciarse de tener un monte Naranco que le guarda las espaldas y la protege del viento del Norte, que viene del mar lejano. Esto es Oviedo: entre el monte Naranco y la sierra del Aramo, la torre de la Catedral como una punta de flecha que apunta al cielo. «"La Cuesta Naranco", madre común de los ovetenses bien nacidos» escribe Joaquín Manzanares, cronista oficial de Asturias, en el prólogo a un libro de reciente publicación. Y pasmo y asombro de quienes no son de Oviedo y ven ese monte tan urbano, y sin embargo tan monte, casi en el centro de la ciudad. Los que viajaron a Escocia y los que leímos a Walter Scott sabemos que en el centro de Edimburgo hay un monte donde se levanta un castillo. En el Naranco no hay castillo, pero sí muchas cosas maravillosas, obras de la naturaleza o de la mano del hombre. A Gustavo Bueno le llamaba la atención, cuando llegó a Oviedo, que se subiera al Naranco por calles que llevan los nombres de reyes de la Monarquía asturiana y por ellas se llegara a un monte coronado por la media luna. Evidentemente, aquello era un contrasentido. Si el Naranco figura en la historia universal del arte con letras mayúsculas, se lo debe a las dos joyas prerrománicas de Santa María del Naranco y San Miguel de Lillo. Pocos montes del planeta, si es que alguno hay, ostentan tales maravillas. El monte Naranco tiene Oviedo a sus pies y Santa María y San Miguel en sus laderas. El lugar, en los viejos tiempos, debió de ser mucho más boscoso que ahora. En los bosques vivía toda clase de animales, pacíficos y fieros. No se le puede negar buen gusto y magnífico sentido del paisaje a Ramiro I, cuando escogió el emplazamiento de Santa María, y al arquitecto y a los albañiles, casi orfebres, que la pusieron en pie. Santa María era palacio y pabellón de caza, y un poco más arriba, la iglesia palatina, San Miguel: las obras más perfectas de la arquitectura asturiana anterior al románico. Se conoce que Ramiro I, que, como dice Sánchez Albornoz, no era un mozalbete cuando ciñó la corona, aprovechaba bien su tiempo de hombre maduro. Pues al tiempo que combatía a los vikingos que, desde el Norte brumoso, se acercaban a las costas asturianas para piratear y arrasar y quemaba a los hechiceros, patrocinaba también un arte delicado y refinado que, por honrarle, lleva su nombre. Se decía de los reyes de León, cuando descuidaban las funciones de gobierno, que estaban en Babia, no porque estuvieran alelados, que eso significa hoy «estar en Babia», sino porque era la Babia comarca tan deleitosa que los coronados escapaban a ella siempre que podían. Imaginamos también a Ramiro I escapando al Naranco siempre que podía, pero sin descuidar las labores de gobierno. Le imaginamos asomándose en Santa María, contemplando el valle verde y boscoso donde se encontraba la capital de la Monarquía, que con el tiempo llegaría a ser una gran ciudad.

No sólo ofrece el monte Naranco arte y paisaje. También es un bastión en el aspecto gastronómico, arte no inferior al de la arquitectura prerrománica, aunque en otro sentido. Casa Lobato, en la carretera del Naranco, es uno de los mejores restaurantes de Asturias y uno de los que tienen mejores vistas de España. Desde uno de sus comedores, sin salir de él, podemos ver Santa María del Naranco encima, colgada del monte, y a los pies, la torre de la Catedral, sobresaliendo del caserío de Oviedo. Clarín veía la torre de la Catedral como una botella de champán; Dios le habrá perdonado que no haya sido un escritor distinguido precisamente por su buen gusto. A través de este comedor se enlazan la arquitectura prerrománica y la gótica, mientras podemos estar comiendo, por ejemplo, una excelente parrillada de carne.

En Casa Lobato, restaurante rodeado por la naturaleza, hay una sensación de espacio, de amplitud. No conozco cocina más amplia y mejor que la suya, salvo la de Casa Consuelo, el legendario restaurante de Otur. También Lobato puede presumir, como él, de excelente bodega, con los vinos colocados en muebles de buena madera, sabiamente tratados. Desde la entrada del restaurante, o desde los amplios ventanales de sus comedores, vemos un buen trozo del este de Asturias, a Oviedo en su llanura, y hacia Levante se desparraman un sinfín de pueblos y caseríos, hacia Siero y hacia Nava, con Peñamayor al fondo. El restaurante, con su excelente aparcamiento, sus comedores para comer a la carta y el gran comedor para bodas y convenciones, se levanta en un amplio terreno en el lugar de La Cruz, en la falda del Naranco, al lado de la carretera que va a Ules, a Brañes y a Ponteo. Cuatro generaciones de Lobatos se han asomado a este paisaje y dieron de comer y beber honradamente a multitud de clientes desde que, en 1898, José Lobato, natural de este lugar de La Cruz, abre un estanco y negocio mixto de bar y tienda de comestibles y tejidos. Por aquel entonces se explotaba en los alrededores una mina de hierro dependiente de Fábrica de Mieres; los mineros constituyeron su clientela fija. Por los años treinta del siglo XX, su hijo Manuel Enrique se hace cargo del negocio hasta que, en 1976, lo deja en manos de sus hijos Blanca y Cholo. A lo largo de estos casi setenta años, Casa Lobato, con sucesivas reformas, va tomando su aspecto actual. Manuel Enrique Lobato alcanzó a asistir al gran momento actual de la casa, ya que murió en 1996. Ahora, la cuarta generación de los Lobato, Juan Luis en la cocina y Antonio como relaciones públicas, se hace sentir. No por ello podemos considerar a Blanca y a Cholo como jubilados, pero están enfocando el futuro. De ser un merendero con bar y comedor, hoy es uno de los restaurantes más modernos y cómodos de Asturias, y otro de los muchos atractivos del Naranco: ese monte que pertenece a la leyenda, a la historia del arte y a la alta gastronomía, hermoso desahogo de los ovetenses, pero, como denunció Alberto Polledo en este periódico recientemente, amenazado y degradado por esos dos feroces enemigos de la naturaleza: las pistas de hormigón y los adosados. Por no mencionar las canteras, los incendios, las antenas… El Naranco es una maravilla que alberga joyas. Como escribe Polledo: «Ni una agresión más a un espacio amigo de la ciudad que no puede defenderse».

 
La Nueva España • 21 de mayo de 2002
 

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