José Ignacio Gracia Noriega

Quirós, paso a paso
 

Después de recorrer Asturias monte a monte, Alberto Polledo se interna en Quirós paso a paso. Y lo hace con respeto y temor: con el respeto de quien conoce y ama profundamente a la Naturaleza y con el temor de quien sabe que lo que queda de esa naturaleza es apenas residuo de un pasado esplendor que puede ser destruido con mucha facilidad y para siempre. En menos de un siglo, el ser humano destruyó más naturaleza que toda la que se pudo destruir desde la creación del planeta Tierra. Para ello se enarbolaron los más peregrinos pretextos: el progreso, la condición del hombre de dominador de la Naturaleza, e incluso la democracia: todo el mundo tiene derecho a disfrutar del paisaje y a enriquecerse con él. Las industrias contaminantes, las carreteras, y, sobre todo, el turismo, el turismo masificado, son los grandes depredadores, los enemigos más feroces y crueles de la naturaleza. Hace pocos días, Alberto Polledo publicó un artículo en LA NUEVA ESPAÑA denunciando la destrucción del monte Naranco. Eso que le llaman «senderismo», y que consiste en llenar de hormigón campos y colinas. No entiendo, ni tiene justificación, que se hagan sendas que hieren y desagradan a la Naturaleza, y que destruyen los viejos caminos y las sendas en el bosque en las que encontraba sabiduría el viejo campesino Martin Heidegger. ¿Cómo se puede ser tan enemigo de la Naturaleza como para construir una senda de hormigón en una colina sobre la playa de Toró, en la que hay uno de los más imponentes bufones, de Llanes, sólo para que se llene de turistas en calzón corto? Si los turistas quieren acercarse a la Naturaleza, que lo hagan por las viejas sendas, como lo hacían los pastores, los pescadores, los cazadores o los aldeanos; pero si lo que pretenden es seguir pisando hormigón, que se queden en la ciudad.

Alberto Polledo, buen conocedor de la montaña asturiana, se acerca al magnífico concejo de Quirós como si fuera a visitar a un viejo amigo. Éste sobre las pueblos y las rutas de Quirós es su segundo libro, y como en el anterior, aquí de nuevo se manifiesta el autor como un enamorado de la montaña, a la vez apasionado y sensato. ¿Puede ser sensato quien es apasionado, no se trata de dos formas, la sensatez y la pasión, contradictorias, de acercarse a cualquier cosa, a la montaña en este caso? Probablemente. Pero Alberto Polledo es tan apasionado de la montaña que pide para ella lo mínimo que se le puede dar: sensatez. Y la sensatez, como todas las cosas importantes, empiezan por uno mismo. En su anterior libro, Polledo recomendaba al montañero que fuera sensato, que no hiciera esfuerzos inútiles o por encima de sus fuerzas. En éste, propone una serie de excursiones razonables. A muchos de los lugares descritos se puede llegar en vehículo automóvil. Porque este libro no es, exactamente, un libro pensado en exclusiva para el excursionista, aunque puede serle útil, sino un gran libro sobre el concejo de Quirós. Un libro en el que el lector, no necesariamente excursionista o montañero, se encuentra, para su delicia, con un concejo de valles y montañas en el que la Naturaleza todavía no ha sido agredida de manera irremediable.

A través de una prosa muy ceñida al asunto, que es el mejor modo de escribir para el escritor montañero, y para cualquier tipo de escritor, Alberto Polledo nos muestra las bellezas de Quirós: las de sus valles y montañas, las de bosques y aldeas, las de los animales que todavía viven en libertad (rebecos, corzos, ciervos, jabalíes, urogallos) y las artesanías del animal humano. Así, nos describe las dos entradas de la ermita de San Blas en Murias, o el «forno», adosado a una casa en Cienfuegos, o la impresión que produce ver los hórreos de Cortes mientras se escucha el trino de los pájaros. Cuando la Naturaleza sigue en su sitio, la prosa roza el lirismo, como el agua del río la peña: «La senda, que a veces indican hitos de piedra, siempre marcada por las huellas de los animales que por ella circulan, coquetea con el río. Tan pronto se arrima hasta rozarlo como se separa y aleja de él dándole celos con la peña». Así es Quirós: «Una escasa tierra apretada por altas peñas». Pero no sólo hay peñas, sino también bosques de acebos, abedules, fresnos, hayas, robles, espineras y avellanos, y praderas verdes y húmedas, y viejas ermitas rurales, y viejos caminos, y ríos que bajan entre las peñas sonando como si cantaran, y esos carretones sin ruedas que nos hablan de grandes nevadas, y el aroma del pan de escanda recién horneado, o la leyenda del Llano de los Muertos, donde un pueblo entero desapareció bajo un alud... Alberto Polledo descubre la belleza de este mundo rural y arcaico, y su libro nos explica lo que perderá el planeta si Quirós se pierde.

 
La Nueva España • 26 de mayo de 2002
 

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