José Ignacio Gracia Noriega

John Steinbeck
 

Durante mucho tiempo, John Steinbeck estuvo considerado, junto con John Dos Passos, William Faulkner y Ernest Hemingway, como uno de los mejores novelistas norteamericanos. Del mismo modo que algunos novelistas rusos (Dostoiewski, Tolstoi, Gogol, Turgueniev, Leskov, Gontcharov) fueron los mayores del XIX, en Norteamérica se escribió la mejor novela del XX en su primera mitad (la novela de la segunda mitad del siglo pasado, pirotecnias sudamericanas incluidas, no vale nada, como es sabido). En la generación de Steinbeck, de la que él es uno de los miembros más jóvenes, se desarrollaron novelistas en extremo poderosos y brillantes: John Dos Passos (1896), Scott Fitzgerald (1896), William Faulkner (1897), Ernest Hemingway (1899), Thomas Wolfe (1900), John Steinbeck (1902), Erskine Caldwell (1903), Nathaniel West (1903). Podría decirse que recogían la gran herencia de Nathaniel Hawthorne y Herman Melville, si no fuera porque Melville no empezó a ser apreciado hasta entrado el siglo XX, y a partir de Europa. Sin embargo, Mark Twain está evidentemente en Faulkner y en Caldwell, y Hemingway afirmó que en las primeras cincuenta páginas de «Huckleberry Finn», nace la novela norteamericana. De estos novelistas, tres fueron galardonados con el Nobel de Literatura: William Faulkner en 1949, Ernest Hemingway en 1954 y John Steinbeck en 1962.

A Steinbeck le llegó a considerar Jean-Paul Sartre, en un célebre ensayo, como prototipo del escritor norteamericano: «A sus ojos, el mundo es nuevo, todo está por decir. Nadie antes que él ha hablado del cielo y las cosechas. Aparece muy raramente por Nueva York, y si lo hace es corriendo, y, en otro caso, se encierra durante tres meses para escribir y se queda libre para todo un año, que pasará en los caminos, los talleres o los bares». Por entonces, Steinbeck era considerado como escritor de izquierdas, a la altura de Thomas T. Farrell y John Dos Passos, y «En dudosa lucha» (1936), novela en la que plantea una huelga, y «Las uvas de la ira» (1939), sus obras más celebradas por una crítica partidista, dogmática y poderosísima. Con el tiempo, Steinbeck, lo mismo que Dos Passos, evolucionó hacia posiciones más conservadoras; y aunque no llegó a apoyar, como Dos Passos, al senador Barry Goldwater, defendió valerosa y honestamente la actuación de su patria en Vietnam, lo que le mereció la condena de muchos que antes le habían ensalzado, como el crítico soviético Yasen N. Zanurski, que calificó esa actitud como «reaccionaria». A causa de ello, Dos Passos y Steinbeck «no salen en la fotografía» últimamente. La influyente dictadura cultural socialista, todavía dominadora y activa, admite mejor a un escritor conservador como Faulkner, que a otros que hayan sido de izquierda y hayan dejado de serlo, como Dos Passos y Steinbeck; y, desde luego, ese régimen censorial y totalitario es capaz de aplaudir a un escritor fascista como Céline, porque como novelista se propuso destrozar la novela, quién sabe si metáfora de la sociedad burguesa, en tanto que no tolera las desviaciones «esteticistas» de escritores en apariencia más próximos. Steinbeck fue un novelista más bien tradicional. Había conocido los efectos de la Gran Depresión sobre las gentes humildes y, por los años treinta, aportó su esfuerzo para resolver una situación calamitosa y decididamente injusta. Pero no pretendió innovar la novela. Se las arreglaba muy bien con la novela tal como la había recibido de los maestros del siglo XIX, a cuyo género él aportó, al igual que Hemingway, concisión, movimiento y sentido plástico, procedentes de las experiencias que el escritor moderno recibe del periodismo y del cinematógrafo. Nunca he leído ninguna declaración suya a este respecto, pero imagino que Steinbeck apreciaba a Charles Dickens. De hecho, es el escritor con mayor capacidad de ternura de su generación, y sus novelas »Tortilla Flat» y «Cannery Row» tienen tanto de dickensianas como de piCarescas. Como buen escritor norteamericano, Steinbeck ejerció el periodismo: fue reportero en Nueva York en su juventud y sus crónicas de la Segunda Guerra Mundial, enviadas desde el norte de África, Sicilia e Italia y reunidas en el libro «Una vez hubo una guerra», son magníficas, a la altura de las mejores de Hemingway. Respecto al cinematógrafo, no sólo es el autor de novelas que dieron lugar a películas como «Las uvas de la ira», de John Ford; «La perla», de Emilio Fernández; «El pony colorado», de Lewis Milestone; «Al este del Edén», de Elia Kazan, sino que además fue guionista de películas de éxito y calidad como «Náufragos», de Hitchcock, y «Viva Zapata», de Elia Kazan, una vez más sobre asunto mejicano, que tanto atraía al novelista (desde la novela corta «La perla» al libro de viajes «Por el mar de Cortés»).

John Steinbeck nació en Salinas (California) el 27 de febrero de 1902. Su mundo literario se crea en la tierra natal, en San José, en el valle de Salinas, en la ciudad de Monterrey. En estos valles largos se desarrollan muchas de sus novelas y cuentos: «Las praderas del cielo», «El valle largo», «El pony colorado», «Atormentada tierra», «Tortilla Falt», «Cannery Row», «El ómnibus perdido», «Jueves, dulce día», «Al este del Edén»... «El valle de Salinas, en el norte de California, es una larga y estrecha faja que corre entre montañas: el río Salinas serpea por su centro hasta que desemboca, finalmente, en la bahía de Monterrey». California es, asimismo, la meta de la familia Joad en «Las uvas de la ira»: además de otras muchas cosas, la novela itinerante y rural más intensa y sombría de su época, junto con «Mientras agonizo», de Faulkner. El ruralismo fue una gran tentación de la literatura norteamericana, y su cima inalcanzable es Faulkner. Pero Steinbeck también salió de Salinas, fue a Méjico («La perla») y a Europa («La luna se ha puesto») y aprendió a conocer su país viajando en compañía de su perro «Charley». Los asuntos de los novelistas de su época eran contemporáneos, salvo en Faulkner, que se retiraba frecuentemente a la Guerra de los Estados. Steinbeck fue más lejos, al siglo XVII en «La Taza de Plata», sobre Henry Morgan en Panamá, y, después de leer a sir Thomas Malory, fue captado por la magia del mundo artúrico, y dedicó al rey Arturo y a sus magníficos caballeros su último libro, inacabado y hermoso. El gran narrador que fue Steinbeck, después de pasar por muchos lances, regresó a las fuentes más claras y legítimas de la narración y, como nuevo Mark Twain, se hizo cronista del mejor rey: el gran Arturo.

 
La Nueva España • 9 de junio de 2002
 

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