José Ignacio Gracia Noriega

Nicolás Guillén y Alfonso Camín
 

Imagino la sorpresa de los lectores españoles de los años treinta del pasado siglo, entre ellos Unamuno, cuando se encontraron con libros titulados «Songoro cosongo» o «West Indies Limited», y en ellos poemas como éste (de «Motivos de son»):

«¿Po qué te pone tan bravo,
cuando te disen negro bem bón,
si tiene la boca santa,
negro bembón?»

Sin duda, este poema, y otros muchos («Con tanto inglé que tú sabía,/ Bito Manué,/ con tanto inglé, no sabe ahora/ desí ye»), causaron en su día sorpresa, estimulante sorpresa. Muchos años más tarde (años sesenta) se convirtieron en bandera progresista, porque su autor, Nicolás Guillén, era considerado por Castro como vieja gloria literaria de la revolución cubana. Y, en fin, en los años noventa, en plena inquisición de la «corrección política», el poeta Aquilino Duque por poco le mandan a la hoguera por escribir «negro bembón» en un relato de viaje. De modo que si es Aquilino Duque quien escribe «negro bembón», la cosa es racista, y si Nicolás Guillén, progresista y reivindicativa de los negros bembones.

Sin embargo, en los años treinta («Songoro cosongo» y «West Indies Limited» son de 1934), los versos de Nicolás Guillén eran puro ritmo, de una frescura incomparable, que todavía perdura. No faltaba en estos versos también la protesta, porque Nicolás Guillén no fue un comunista improvisado ni un oportunista de la revolución, sino, al contrario, un poeta «comprometido» (término que hoy resulta anacrónico, pero que entonces tenía sentido), que incluía entre sus ritmos y sones, versos como éstos:

«Coroneles de terracota,
políticos de quita y pon,
café y con pan y mantequilla...
¡qué siga el son!»

Los dos primeraos versos podrían ser de Neruda; pero los dos últimos son puro Guillén, poeta puro y sin contaminación. ¿Qué es para Guillén la poesía? Sonido y ritmo. El «mensaje», en sus momentos más suyos, importa pocos: la poesía es pura onomatopeya, como en el «Canto negro»:

«Mamatomba,
serembe, cuserembá.»

Éste es el mejor Guillén, folklórico y racial, sensual y colorista, capaz de alcanzar cotas altas de lirismo sin más vehículo que la onomatopeya. Y quien dice lirismo, dice burla, y también crítica social. En el son de Nicolás Guillén caben, si no todo, al menos muchas cosas. Aunque, a la larga, la poesía social y la poesía de circunstancias fueron desplazando al son y Guillén se convirtió en un poeta al uso. Tan malo como Rafael Alberti cuando el gran poeta de «Pleamar» se proponía ser un poeta deleznable:

«Te lo prometió Martí
y Fidel te lo cumplió;
ay, Cuba, ya se acabó.»

Hay momentos en los que no sabe distinguir uno entre poesía política y poesía alimenticia. De hecho, en «Motivos de son» (1930), en «West Indies Limited», en «Cantos para soldados y sones para turistas», hay buenas muestras de poesía política y de desgarrada poesía social. Pero la poesía política dura mientras se mantiene la situación política y social que la ocasiona, y ni un minuto más. Después del triunfo de la revolución castrista, Nicolás Guillén, de ser un poeta rebelde, pasó a ser un poeta del régimen, es decir, un poeta acomodaticio. Es el triste sino de los poetas revolucionarios que no quedan por el camino y alcanzar a ver el triunfo, si no de sus ideales, que es imposible, de sus compañeros de partido. Nicolás Guillén, de ser un poeta con desparpajo y alegría, pasó a ser el poeta de Castro, el poeta de las gestas de Angola, el poeta enemigo de la «gusanera»: A Miami te fuiste un día, / vendiste tu libertad...» ¡Que hable de la libertad el cantor de Castro! La poesía de Guillén, tan pura, tan sonora, tan rítmica, se resiente del triunfo revolucionario. Abandona la onomatopeya y el ritmo por el sermón. Poeta que suenan como canta el pájaro, como Guillén, no pueden superar cuando el leve ritmo se nutre de significado, y pesa y se hace espeso.

Ahora se cumplen los cien años del nacimiento de Nicolás Guillén, en Camagüey, en 1902. Fue el mejor poeta de son en el siglo XX: ese son que en el siglo XVII atrajo a nuestros poetas, a Lope de Vega, a Góngora, a Quevedo, a sor Juana Inés de la Cruz, y que en el siglo XX llega a García Lorca y es substancia de un libro del asturiano Alfonso Camín: «Carey».

 
La Nueva España • 19 de junio de 2002
 

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