José Ignacio Gracia Noriega

La memoria viva de Pífalo
 

Fue buena idea la de Guillermo Suárez Menéndez y otros compañeros del Instituto Jovellanos de Gijón de reunir en su sobrio y bien editado volumen la obra escrita dispersa de Gonzalo Sancho Flórez, por otro nombre «Pífalo», o «Pinfi», que son derivaciones de «pífano», y que a Gonzalo Sancho le «sonaba como a corneta», con semblanzas y recuerdos escritos por amigos, que «Pífalo» tenía muchos y muy buenos. Gabriel Santullano cuenta muy bien el origen de «Pífalo», que llegó a superponerse al propio nombre de José Gonzalo Sancho Flórez, así que me excuso de repetirlo. No obstante, el caso tiene chiste y describe muy bien al gran personaje que era Gonzalo.

Gonzalo fue muchas cosas durante los años que vivió; sobre todo, una buena persona, que en estos tiempos que corren es suficiente, y un hombre humilde y honrado. Lo que definía a «Pífalo» era «ser persona», como bien escribe Paula Robledo; lo demás era accidental. Desde luego, no se consideraba escritor, pero lo cierto es que publicó un par de libros y bastantes artículos del más variado tipo y que abarcan desde la erudición localista a la toma de postura moral. Yo le hice llegar su trabajo sobre la segunda república a Hugh Thomas, y el ilustre historiador consideraba que estaba muy bien hecho; a «Pífalo» le hubiera gustado saber esto, pero a donde él fue no hay estafeta de Correos para poder escribirle y contárselo.

La muerte es tan poderosa que desvanece hasta los recuerdos. Al cabo acabarán borrándose los fuertes trazos del rostro de «Pífalo», que en su juventud era «resultón» y hasta tenía cierto parecido con un actor de Hollywood llamado Stuart Whitman, muy en boga por entonces. Pero se van las personas y quedan las obras. La obra escrita de «Pífalo» (y lo que algunos de sus amigos opinaban sobre él) queda en este volumen, «Gonzalo Sancho Flórez, "Pinfi". In memóriam», publicado conjuntamente por el Principado de Asturias, los ayuntamientos de Siero y Belmonte de Miranda y el Real Instituto Jovellanos de Gijón. Aunque su obra también fue su ejemplo. Gonzalo, que mantuvo una actitud coherente durante los años que le tocó vivir del franquismo, no se rindió al becerro de oro cuando, consumada la transición de modo tal que todo cambió para que no cambiara nada, el principal partido de la izquierda abrió el banderín de enganche a logreros y oportunistas, trepadores muchos de ellos en grado de frenesí. La izquierda, que hasta entonces había mantenido una actitud digna frente al dinero, se volvió una caricatura de sí misma cuando se rindió a él.

«Pífalo» era «persona tierna, sensible y delicada, amigo de hacer favores y de compartir la capa con quien fuera preciso (según escribe Juan Luis Suárez Granda). Era una forma suya de ser generoso que se traducía en unos comportamientos propios de un socialista utópico, insobornable y algo ingenuo, por qué negarlo». Los socialistas utópicos piensan siempre en el futuro; los socialistas profesionales piensan como Luis XV: «Después de mí, el diluvio».

«El hombre que enseñaba a pensar», dice de él Evelio G. Palacio. Desde luego: pero siempre cosas muy sencillas. «Pífalo» no era complicado, de modo que no le gustaban las florituras. Prefería llamar al pan, pan; al vino, vino, y tener la evidencia de que dos más dos suman cuatro y que si a cuatro le quitamos dos quedan dos. El credo de Gonzalo Sancho era claro y sencillo, y acaso por eso, de difícil aplicación. Su credo valía para él; y aunque desprendido como pocos habrá nacido en Asturias, Gonzalo Sancho era demasiado «Pífalo» para ser hombre de partido. «Hombre de izquierda pero no sectario, siempre predicó la democracia», afirma Evelio. Pero una democracia con contenido moral, no la que se reduce a mandar a la gente a votar cada cuatro años.

Este volumen de recuerdo y cariño, «Gonzalo Sancho Flórez, "Pinfi". In memóriam» recoge dos monografías, «Estudio histórico-arqueológico de la parroquia de San Martín de Anes (Siero)» y «Estudio histórico-artístico de la capilla de Santa Ana», más dos bloques de artículos, uno sobre Belmonte de Miranda y otro en torno a Toreno, más otro reducido grupo de artículos de varia lección, entre los que figuran su artículo más litigante, «¡Compañeros!, ¿para quién vendimiamos?». Hasta personas de la pasta de Pífalo caían a veces en el desánimo, y en un lejano 1978, cuando todavía no se habían desmoronado del todo las ilusiones, Pífalo confiesa que tuvo que acudir al diccionario para mirar el significado de la palabra «compañerismo». Pero aun así, no se desanimó, ni dio el brazo a torcer hasta que la muerte le ganó el pulso.

 
La Nueva España • 22 de junio de 2002
 

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