José Ignacio Gracia Noriega

Félix Martínez Marco: un recuerdo
 

«El tiempo lame y roe y pule y mancha y muerde», escribió Antonio Machado en versos dedicados a Narciso Alonso Cortés, en cuyo manual Félix Martínez Marco recordaba haber estudiado la literatura española. Y el tiempo, al cabo, venció a Félix Martínez Marco, noble leonés trasplantado a Asturias, que ha vivido muchos y fructuosos años, hasta que el tiempo se terminó para él. Todavía hace pocos días, hará una semana, le vi por la calle, caminando lentamente hacia su casa, con su fino bastón de caña, inseparable. No pude detenerme con él para charlar unos minutos porque yo llevaba prisa: tenía que hacer unas fotocopias, y en este mundo sindical incluso los negocios particulares cierran con tanta puntualidad como los bancos. Le dije, pues, lo que se dice en estos casos:

—Hasta otro día.

No hubo otro día, y bien que lo siento. Félix Martínez Marco, o Félix el Veterinario («Veterinario» con mayúscula, porque fue veterinario toda su vida y maestro de veterinarios), era un caso magnífico de fuerza de voluntad. Con noventa y un años cumplidos, no se sentía tan bien como cuando tenía cincuenta, pero no por eso dejaba de salir a la calle, si el tiempo lo permitía, y tomaba un vaso de vino con su buen amigo Catoira, a veces dos. Tiempo atrás padeció un accidente leve que le privó del habla; pero se obstinó en recuperarla, para lo que recurrió a los servicios de una logopeda, a la que quedó muy agradecido. Aunque tenía la impresión de no haber recuperado toda el habla, de que ya no podía hablar, ni volvería a hablar nunca, como antes del accidente. «Son cosas de los años», decía, consolándose. Pero no: Félix hablaba mucho mejor que la mayoría de los jovencitos de ahora. Lo que ocurre es que era muy exigente consigo mismo. Hablaba, por lo demás, con voz muy baja y con mucha lentitud: eso antes de haber perdido el habla y de haberla recuperado. Hablaba con mucho cuidado y pulcritud, escogiendo las palabras, pensando lo que iba a decir para no decir ni más ni menos. Hablaba como persona cabal, su palabra valía tanto como su firma, y no decía una cosa por otra.

Félix Martínez Marco nació en León, en 1911, en una familia de ganaderos acomodados. Era natural, por lo que veía en su casa desde niño, que se aficionara a los ganados y se dedicara a su cuidado al hacerse mayor. Hizo los estudios de Bachillerato en el colegio de los PP Agustinos de León, y se graduó de Bachillerato Universitario en Oviedo; en seguida volvió a la tierra natal para seguir los estudios de Veterinaria en la Facultad de León. Una vez licenciado, ejerció como veterinario en la localidad de Santibáñez de Zarzaguda, en la provincia de Burgos, desde 1934 a 1941, año en que pasa a Asturias para ocupar una plaza de inspector municipal veterinario, que desempeñó durante cuarenta años, hasta su jubilación, el 16 de marzo de 1981. Durante este tiempo fue promotor y alma de los concursos-exposiciones de ganado en su demarcación, porque estaba convencido de que tales actividades tenían una enorme influencia beneficiosa sobre el fomento pecuario. También fue un investigador prestigioso, adelantado a su tiempo en la aplicación de algunas técnicas que hoy se reconocen como sumamente efectivas, y autor de diversas ponencias y publicaciones profesionales, como el «Estudio biométrico sobre la producción lechera de la raza suiza Schwyz española», aunque lamentaba redactar mal, por lo que algunos de esos trabajos se los ponía en prosa el poeta Emilio Pola. No obstante, la ilusión de su vida fue publicar un libro sobre los concursos-exposiciones de ganado, cosa que al fin hizo en 1996, costeando la edición de su bolsillo. Como veterinario, curó desde el hipopótamo de un circo francés que se había puesto malo de una indigestión de patatas hasta un grillo, y al jubilarse, se hizo arboricultor, y curó a un tamarindo desgajado por los vientos. Era miembro de la orden del Mérito Agrícola, y en 1977 se le concedió la «Fesoria de honor», en Oviedo. También le hicieron un homenaje los antiguos alumnos del colegio de los Agustinos por ser el escolar más viejo. Entonces dijo: «Doy gracias a Dios por haber llegado a mis 87 años de edad». Llegó a los 91. Tenga la merecida paz.

 
La Nueva España • 23 de junio de 2002
 

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