José Ignacio Gracia Noriega

La enseñanza de las lenguas clásicas
 

Alejandra Canella Díaz, hija de mi buen amigo Efraín Canella, me informa sobre la desastrosa situación por la que está pasando el estudio de las lenguas clásicas en España. Cuando el señor Guerra anunció, al ganar su partido las elecciones generales por primera vez con mayoría absoluta, que iban a dejar a España de tal modo que no la reconociera ni la madre que la trajo, hablaba completamente en serio y se estaba refiriendo a todos los ámbitos de la sociedad, incluidos los más impensados. No en vano su ideología, a pesar de todos los perfumes democráticos que se eche, es de tendencia totalitaria; y si no, consulten los socialdemócratas el «programa máximo» de ese partido, que me parece que todavía no ha sido abolido.

Una de las grandes víctimas de ese cambio radical de la sociedad española fue la enseñanza en general, la Enseñanza Secundaria muy en particular y la enseñanza de las lenguas clásicas, el griego y el latín, se contaron entre los principales chivos expiatorios. ¿Por qué? ¿Por qué el latín es cosa de los curas, porque es «cultura franquista» o porque el estudio de la lengua del Lacio impidió al mencionado señor Guerra leer en mayor profundidad a Antonio Machado, la «obra completa» de Lope de Vega (que leyó de «pe a pa», según consta) y el «Manifiesto»? No sé, lo cierto es que la funesta LOGSE, aprobada en octubre de 1990, dejó gravemente dañada la enseñanza del latín, y mucho más la del griego.

Según aquella nociva ley orgánica general de ordenación del sistema educativo (ahí es nada), el Latín se convertía en asignatura de libre elección con dos horas semanales de clase durante los cursos tercero y cuarto de la ESO, bajo la denominación (qué manía la de cambiarle el nombre a todo) de Cultura Clásica, y con la misma categoría que asignaturas de nuevo cuño como Transición a la Vida Adulta, Taller de Artesanía, y otras nomenos imaginativas. Para que pudiera impartirse la enseñanza del latín era y continúa siendo imprescindible constituir grupos de no menos de ocho alumnos, cosa no fácil, ya que buena parte de ellos se sentían más atraídos que por la prosa de César o Tito Livio por el desvelamiento de los misterios de la Transición a la Vida Adulta, cuando no por seguir caminos menos encrespados, que ya se sabe que lo de aprender las declinaciones es duro.

En lo que al griego se refiere, la situación es más grave aún. Se le considera, en el Bachillerato de Humanidades, ya de por sí minoritario, como una «asignatura de modalidad» junto con el Latín en primero de Bachillerato, es decir, que es obligatorio cursarlo. Pero en segundo curso del Bachillerato de Humanidades, el Griego pasa a ser una asignatura optativa que debe reunir un mínimo de quince alumnos (15) para ser impartido; por tanto, si tal número de alumnos no se reúne (cosa fácil, pues existe la competencia de otras asignaturas y la mayoría de los institutos asturianos cuentan con pocos estudiantes), los que lo hayan cursado en primero de Humanidades no pueden completar su estudio en segundo curso, con lo que el conocimiento que se haya adquirido de esa ilustre lengua será muy pobre. Y téngase en cuenta que los alumnos del Bachillerato de Humanidades no aspiran a ser políticos profesionales, que bien pueden prescindir del griego, sino filólogos, historiadores, etcétera. ¿Cómo se puede pretender un «Bachillerato de Humanidades» arrinconando las lenguas clásicas? Con la actual política anticlásica quedan perjudicados tanto los alumnos como los profesores, ya que, en los últimos años, la Consejería de Educación está llevando a cabo una solapada aunque implacable eliminación de plazas de Griego y Latín, refundiéndolas en lo que llaman plazas de «Cultura Clásica», que puede ser impartida por un profesorado no necesariamente especializado en lenguas clásicas. Estos ahorros luego se dilapidan con los presupuestos millonarios de los fondos públicos para financiar actividades más o menos recreativas, con fines claramente electoralistas aunque sea a cambio de degradar la enseñanza y dejar vacíos los centros estatales. Muchas gentes, no obstante, suponen que el latín y el griego no son importantes, y que lo que importa es el bable o el inglés: un inglés, claro es, de azafata, que sirve para andar con el ordenador o para pedir habitación en un hotel, pero no para leer a Thomas Hardy. La Educación Secundaria en España, que fue muy digna, es lamentable. La situación en que se encuentra el estudio de las lenguas clásicas lo confirma.

 
La Nueva España • 14 de julio de 2002
 

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