José Ignacio Gracia Noriega

Juan Cueto, el cine Palladium
y «Los Cuadernos del Norte»

 

Regresa Juan Cueto a casa. La vuelta a casa es el gran asunto de la literatura de las gentes de Occidente, junto con el no menos ilustre del paso del tiempo. Nuestra tradición literaria más profunda cuenta con los relatos de dos grandes retornos, «La Odisea» y el libro del «Éxodo». En el primero, Ulises busca las costas de Ítaca a través de los mares, y en el segundo, Moisés guía a su pueblo a lo largo del desierto en dirección a la tierra prometida, sacándolo de la esclavitud a la que lo sometía el Faraón. La vuelta a casa es una metáfora de la nostalgia por la infancia perdida; porque la infancia, lo supo Cernuda, es «un jardín que abandonamos sin saberlo».

Y se trata de retornar a él. Todo el «western», ya que seguidamente vamos a hablar de cine, está recorrido por la nostalgia de la vuelta a casa y al hogar. Las caravanas que a través de las praderas y los desiertos, cruzando ríos y atravesando montañas, seguían la ruta de Oregón, buscaban el lugar donde establecer la nueva casa, que eliminará la desolación por la pérdida de la antigua; pero nunca abandona a los pioneros el recuerdo de la vieja casa. En uno de los «westerns» de caravana más bellos, «Horizontes lejanos», de Anthony Mann, el viejo capitán del barco fluvial interpretado por Chubby Johnson repite continuamente: «Nunca debimos haber salido de Mississippi». Y cuando al fin, él y el negro deciden regresar a Mississippi, se preguntan, melancólicamente, qué encontrarán a la vuelta de lo que Mississippi fue cuando eran jóvenes.

¿Encontrará Juan Cueto muy cambiada Asturias? Es hombre moderno, ciertamente, y, por tanto, está preparado para asimilar los cambios. Es más: no sólo es portavoz de cambios, sino que algunas veces los provoca. Toda la modernidad que llegó a Asturias lo hizo filtrada por Juan Cueto: el nuevo cine, la nueva novela, la nueva cocina, el estructuralismo... Novedades que se ajaron considerablemente, porque el tiempo no corre en vano, y el paradójico destino de las novedades es ajarse y volverse antiguas y polvorientas, mientras que Homero, La Biblia, Dante, Shakespeare, Stevenson y John Ford, están ahí para siempre. Juan Cueto sigue juvenil, aunque tal como preveía el pobre Santiago Melón, su rostro empieza a parecerse al de Grande Covián. Lo decía Melón siempre que recordaba a Juan Cueto, a quien estimaba mucho: «Su rostro, cuando sume años, va a ser semejante al de Grande Covián». Como el de Grande Covián, aunque menos lleno, porque Cueto parece haber bebido un elixir de juventud y las arruguillas que le salen en la cara son de reírse.

Pero Juan Cueto, a su regreso a casa, ya no sólo es la novedad y el futuro, sino también el pasado. Sin él no hubieran existido cosas importantísimas en Asturias, y fuera de Asturias, pero sólo voy a citar dos, una de ámbito local y la otra de ámbito nacional, que influyeron de forma poderosa sobre la mentalidad de los asturianos y, en general, de los españoles de los años anteriores a lo que posteriormente se dio en llamar la «transición». Bien es verdad que por aquellos años sesenta y setenta ya se veían destellos de luz al final del túnel: pero la revista «Los Cuadernos del Norte», en los años setenta, y el cine Palladium, en los sesenta, fueron dos focos muy luminosos. El cine Palladium es anterior a la transición; «Los Cuadernos del Norte» son contemporáneos, y prueba de ello es que no la sobrevivieron. Como todas las obras grandes y ambiciosas, no surgieron de la nada. «Los Cuadernos del Norte» tuvieron su raíz en el suplemento literario de «Asturias Diario», del que Cueto figuraba como director y José Luis García Delgado y Vidal Peña como asesores, luego se sumaron como asesores de los «Cuadernos» Fructuoso Miaja y Evaristo Arce. La influencia de esta revista fue enorme: hoy todavía la imitan, pero no la igualan. Por su parte, el cine Palladium, que llegó a ser uno de los mejores de España, se nutría del espíritu de los cine-clubes y tuvo sus orígenes en las sesiones del Real Cinema de los domingos por la mañana y en las sesiones clandestinas de la sala de proyecciones de la empresa Mier. ¡Tiempos aquellos! El Palladium fue la obra maestra de Enrique García, en buen entendimiento con Juan Cueto. El equipo era formidable: Óscar, imponente con su abrigo de almirante, era el portero; Rogelio y Samuel, los acomodadores, y en la sala de máquinas, José María, Severino y Daniel, que entonces era un crío. Ahora me entero de que Samuel ha muerto. Era una gran persona y gran amigo. Los demás, ahí siguen, añorando el Palladium, su casa, la casa de tantos cinéfilos. Ahora que Juan Cueto vuelve es como si volviera nuestra perdida juventud.

 
La Nueva España • 2 de agosto de 2002
 

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