José Ignacio Gracia Noriega

Efigies de Cristóbal Serra
 

Los escritores excelentes escriben poco», afirma Joubert, y no es la primera vez que Cristóbal Serra lo repite. ¿Hemos de darle la razón a estos dos escritores excelentes? ¿No habrá querido decir Joubert que los escritores excelentes publican poco, y aun, que publican poco escribiendo mucho? Porque escribir es un excelente ejercicio intelectual: quien piensa bien, escribe bien, y casi nunca sucede al revés, porque quien piensa de manera farragosa nunca podrá escribir con claridad. Y escribir bien, no lo olvidemos, es escribir con claridad. Como escriben Joubert y Serra, entre otros. En cambio, publicar es una vanidad. Un verdadero escritor puede pasar sin publicar, aunque no sin escribir. Escribiendo bien se aclaran las ideas y no se engaña al lector. Por eso, los políticos profesionales desprecian la gramática y desbaratan la semántica.

Cristóbal Serra ha publicado poco, pero él cree que ha escrito mucho. «Por escribir, hasta he escrito sobre asnos», ha declarado a un periódico. Pero es que el asno es uno de sus emblemas desde sus primeros escritos publicados («Diálogo inverosímil», «Asnomanía», incluido en «Péndulo y otros papeles»); aunque no recuerdo haberle visto citar la «Apología de los asnos, compuesta en renglones, así como versos por un Asnólogo aprendiz de poeta», que a mí me regaló por chocarrería un conocido pitecántropo local. Y reaparece el asno en muchos otros de sus escritos, como el dedicado a Víctor Hugo en «Biblioteca parva». A estas alturas, nada es advenedizo en la obra de Serra, y su libro más reciente, «Efigies», suerte de antología personal del aforismo, es una ilustración de «Biblioteca parva», figurando en ambos libros muchos libros y autores continuamente recurridos: Chang Tsé, el Libro de Jonás, el Apocalipsis, William Blake, Joubert, Vauvenargues, León Bloy... La fidelidad de Serra a Blake es antigua. Confieso que lo primero, y seguramente lo único, que leí de Blake fue un tomo de «Poemas proféticos y prosas», publicado por Barral Editores (1971), con prólogo de Cristóbal Serra; confieso además que no me interesó, y lo lamento. En cambio, todos los lectores de Ernts Jünger siempre tuvimos una gran curiosidad hacia Vauvenargues. ¿Se cita ahora más a Vauvenargues que a La Rochefoucauld por el mismo motivo que hace veintitantos o treinta años se decía que Buster Keaton era superior a Chaplin, y Grimod de la Reynière, más entendido y con mejor gusto que Brillat-Savarin? Es posible: pero lo cierto es que los aforismos de Vaubenargues son realmente luminosos, del mismo modo que Buster Keaton es genial en sus mejores momentos y que Charles Baudelaire tenía toda la razón al colocar a Brillat-Savarin (que sólo menciona al vino de pasada en la «Fisiología del gusto» entre los «fanfarrones de la abstinencia».

«Efigies», ante todo, es un libro sorprendente. Sorprendente, en primer lugar, porque, tratándose de un libro muy personal, desorganiza los esquemas del lector menos esquemático. Con esto digo que no se trata de una antología al uso, sino al uso de Cristóbal Serra. Basta con echarle un vistazo al índice para que comiencen las sorpresas. Más por las ausencias que por las presencias. Incluso nos escandalizamos: falta La Bruyère, falta Canetti. Pero Serra sale al paso para dar la explicación pertinente: «Gracián, por más que se quiera, no es aforista. Le falta desasimiento y sin razón». Se puede estar o no de acuerdo (yo no estoy de acuerdo), pero Serra nos da su razón. A cambio de Gracián nos ofrece a Carlos Edmundo de Ory, que para muchos lectores supondrá un magnífico descubrimiento.

Para justificar muy notorias ausencias, Serra restringe la definición de aforismo, rechazando la de la Real Academia y señalando su diferencia con la máxima. El aforismo es mucho más que la máxima, y, para definirlo, Serra hace a su vez un aforismo: «La poesía puede ofrecerse líquida en verso y sólida en aforismo». De modo que es la poesía lo que otorga sustancia al aforismo: «Difícilmente encontraremos aforismos en quienes no son poetas». Y siguen aforismos de veintitantos autores (Lao Tsé, Chuang Tsé, Heráclito, Marco Aurelio, Leonardo da Vinci, Blake, Pascal, Novalis, Swift, Lichtenberg, Chamfort, Nietzsche, Bloy, Papini, Chesterton, etcétera, y entre los españoles, Juan Ramón Jiménez, Bargamín y Ory). Cada autor va precedido de una breve introducción de dos páginas por término medio, pero suficientes para presentar, escritas en prosa escueta y personal. «El verso es menos nuestro que la prosa ­escribió Jiménez­, por eso se ve más en nuestra prosa nuestro valor verdadero».

 
La Nueva España • 3 de agosto de 2002
 

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