José Ignacio Gracia Noriega

Velas y salvas
 

Hace ya muchos años, tantos que a lo mejor él ya no se acuerda, Juan Cueto publicó un hermoso artículo sobre las novelas de aventuras titulado «Velas y salvas». Vuelvo sobre este título para recuperarlo y que no se pierda. El título significa una demarcación. ¿Dónde se desarrollan las aventuras? En el mar y en la tierra; también bajo tierra y bajo el mar, y en el aire, mas a estas aventuras debemos considerarlas como subgéneros de los que podrían ser los prototipos de tres novelas de Verne: «Viaje al centro de la Tierra», «Veinte mil leguas de viaje submarino» y «De la Tierra a la Luna». Las velas, naturalmente, representan el mar: desde «Moby Dick» a «Lord Jim», a «Las aventuras de Arthur Gordon Pym», hasta «La Odisea», punto de partida de todas las historias que tienen el mar por escenario: «La Odisea» y el «Libro de Jonás», aquel profeta díscolo que pudiendo ser ballenero fue viajero y submarino. Las selvas, claro es, se refieren a la tierra. Pero no todas las aventuras terrestres se desarrollan en selvas: también se desarrollan en desiertos y en montañas, en desiertos de fuego y en desiertos helados, sobre ríos y en islas. Acaso pensaba yo en este título de Cueto cuando titulé «Ballenas y montañas» un artículo sobre John Huston publicado en «Los Cuadernos del Norte»; y más tarde titulé otro «Montaña y las ballenas», sobre un personaje de Santoña que había sido ballenero y se apellidaba Montaña, publicado en LA NUEVA ESPAÑA. La tierra y el mar, separados por Yavé el segundo día de la Creación, nuevamente. Sobre la tierra se elevan las montañas, el mar es el escenario «en donde grandes ballenas pasan navegando y navegando, con ojos abiertos», según Matthew Arnold. Tanto el mar como la tierra son espacios, y como decía Gregory Peck en «Cielo amarillo», de Wellman: el desierto es un espacio, y el espacio se recorre. El gran susto de la aventura es recorrer un camino, y como afirma Gustavo Bueno: «No hay viajes fuera de los caminos, o sin referencia a un camino; porque, o bien el viaje tiene lugar por un camino ya hecho, o bien el viaje hace el camino en la medida en que éste puede ser recorrido». En consecuencia, como dice Bueno, «el viaje implica un camino, ha de llevar de modo normado o metódico a algún lugar definido. Y por ello, el viaje es una praxis, no una mera conducta».

El desarrollo del viaje es la aventura. Aunque en algunos casos, más que el viaje importa la conducta, como en las novelas de Conrad, quien decía que «toda mi preocupación ha sido el valor ideal de las cosas y de las personas». Dónde se desarrolla la aventura no tiene, en cualquier caso, tanta importancia como el itinerario, como lo que va ocurriendo a lo largo del camino. Porque en el camino siempre ocurren cosas, tanto en espacios muy extensos como en los espacios reducidos. Así, Xavier de Maistre escribió un célebre «Viaje alrededor de mi cuarto», que tiene la ventaja de que no hay en él peligro de precipicios y zanjas, ni de encuentros con ladrones, y no cuesta nada. Pero este viaje no es una verdadera aventura, porque lo que da lugar a la aventura es el accidente. Ir de un puerto a otro por mar es un viaje; naufragar, una aventura. En cuanto a la valoración de la aventura, poco importa que el viaje sea de ida o de vuelta, salvo en casos muy concretos. Los peregrinos a Santiago de Compostela, por ejemplo, sabían que una cosa es ir y otra volver, y que se regresa distinto de como se va. Los indianos, por su parte, iban para volver, y quien no volvía era porque lo había perdido todo, incluido el viaje de vuelta. En cambio, un misionero que va a misiones, como San Melchor García Sampedro, prevé que lo más probable es no volver, y ahí está su triunfo, distinto del indiano.

Escuchamos en una canción que cantaba Manolo Ponteo: «Me voy a tierras lejanas». Muchos asturianos se fueron a tierras lejanas y, de ellos, una parte no volvieron. Hombres nacidos en Asturias nos ofrecen todas las variantes de la aventura, desde el signifer Pintaius, legionario de Roma, hasta los marinos, balleneros, viajeros, conquistadores, exploradores, administradores, misioneros, soldados, emigrantes, etcétera, que siguieron el camino de las tierras lejanas. Ha sido buena la idea de Cajastur de recordar a estos tipos por medio de una serie de personajes representativos: Pedro Menéndez de Avilés, el indiano Íñigo Noriega y el explorador africano Amado Osorio. Éstos y otros muchos componen la figura del aventurero asturiano, que unas veces con la brújula, otras con la espada, otras con la balanza, otras con la cruz, se marcharon a tierras lejanas, abriendo caminos.

 
La Nueva España • 22 de agosto de 2002
 

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