José Ignacio Gracia Noriega

El «Guzmán de Alfarache» apócrifo
 

Mateo Alemán publica la primera parte de «Guzmán de Alfarache» en Madrid en 1599, y la segunda en Lisboa, en 1604. Entre una y otra parte, en 1602, aparece en Valencia una segunda parte apócrifa del «Guzmán», firmada por Mateo Luján de Sayavedra, como a Cervantes le sacó Avellaneda el falso Quijote entre la publicación de la primera y segunda parte del «libro inmortal» (digámoslo un poco al uso retórico hispanoamericano). De modo que «Guzmán de Alfarache» fue antecesor de algunas vicisitudes del «Quijote». Por otra parte, existe semejanza entre las biografías de ambos novelistas. Uno y otro estuvieron en la cárcel por causas menores, por deudas o porque en su etapa de funcionarios públicos (ocupación que parece ser destino ineludible del escritor en España) no les cuadraban las cuentas. Uno y otro, también, pretendieron marchar a Indias. Alemán lo consiguió, pero Cervantes tuvo que esperar trescientos y pico años a que le nombraran corregidor perpetuo de Lima. No obstante, de carácter y como escritores eran distintos. Carece Alemán de la grandeza de ánimo de Cervantes, de su humorismo, de su tolerancia (término tan noble y hoy tan degradado por los ideólogos del mestizaje de la corrección política), de su comprensión de la vida; más parece hombre bronco y avieso, de un irremediable pesimismo. Como tal (pues un paso más allá del pesimismo es el escepticismo), llegó a hacerse acomodaticio, y quien empezó escribiendo una gran novela piCaresca, pasó a ser hagiógrafo y biógrafo del arzobispo de México, García Guerra, su protector; y autor de una «Ortografía castellana». Para quienes nieguen la importancia del dominio de la técnica literaria, sirva de ejemplo Alemán, que del mismo modo que escribió las andanzas del pícaro Guzmán de Alfarache, compuso también la vida de San Antonio de Padua (1603), respetando las leyes del género hagiográfico y enriqueciéndolo con su excelente prosa y su buen sentido narrativo.

Alemán nace en Sevilla en 1547; entre sus ancestros hubo un converso que murió en la hoguera, y su madre era hija de un comerciante florentino. Alemán estudió en las universidades de Salamanca y Alcalá sin llegar a graduarse, y antes y después de escribir la novela del pícaro por antonomasia (tanto es así que su «Guzmán de Alfarache» era conocido como el Pícaro, sin más apellidos), su propia vida entra de lleno en el género piCaresco: fue recaudador de impuestos, vendió una esclava morisca, compró una capilla a nombre de los Nazarenos sevillanos y (todo esto antes de marchar a Indias) acepta dinero del capitán Alonso Hernández a cambio de contraer matrimonio con Catalina de Espinosa. Dos veces estuvo en la cárcel: una, por deudas; la segunda, consecuencia de su trabajo como recaudador: se conoce que presentó cuentas poco claras o no las presentó. En 1593 encuentra trabajo como inspector de las minas de Almadén. En esta mina trabajan forzados, lo que Alemán aprovecha para escribir los capítulos de su novela en que Guzmán está condenado a galeras. Al fin puede marchar a la Nueva España; pero, como escribe Alfonso Reyes, «llegó a nuestras playas envejecido, enfermo y cansado». Seguramente por tratarse del autor de una biografía de San Antonio fue acogido por el arzobispo de México, sobre quien, en agradecimiento, escribió un opúsculo, «Sucesos de García Guerra», publicado en 1613, y que, según Reyes, «sólo tiene curiosidad histórica». Alemán murió en fecha desconocida, poco después de 1613. Acaso quepa aplicarle lo que dice de sí Guzmán: «Yo fui desgraciado, como habéis oído». La opinión que tenía de la condición humana no resulta estimulante: «Todos vivimos en asechanza los unos de los otros, como el gato para el ratón y la araña para la culebra». Su «Guzmán de Alfarache» es un personaje de gran bajeza moral, que al final se redime por la delación, descubriendo a otros galeotos que pretendían fugarse. Para que el relato no resulte tan crudo, Alemán intercala largas parrafadas moralizantes, basadas en el Evangelio y en Séneca; aunque muy bien escritas esas digresiones, embarazan el relato e interrumpen la acción. Su imitador, que parece haber sido el abogado valenciano Juan Martí, incrementa la moralina hasta la pesadez. No obstante, al «Guzmán apócrifo» también se le reconocen méritos. El mayor: que animó a Alemán a terminar su novela, aun obligándole a introducir cambios en ella: «Y es conocida la razón que tengo en responder por mi causa en el desafío que me hizo sin ella el que sacó la segunda parte de mi "Guzmán de Alfarache"».

 
La Nueva España • 27 de agosto de 2002
 

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