José Ignacio Gracia Noriega

Juan Pérez de Montalbán
 

Fue poeta de nombre impresionante: el doctor don Juan Pérez de Montalbán, nada menos. Además, era seguidor de Lope de Vega, y muy fecundo, a imitación del maestro. En una de las frecuentes escaramuzas entre culteranos y conceptistas, Lope tomó partido por Góngora, por lo que atacó a Quevedo, que valía por toda una escuadra, entrando por retaguardia y arrasando a teloneros; a Pérez de Montalbán le dejó desarbolado:

El doctor, tú te lo pones,
el Montalbán no lo tienes,
conque, quitándote el don,
vienes a quedar Juan Pérez.

Jamás se recuperó Montalbán degradado en Juan Pérez, y a pesar de la cantidad de versos que escribió, no todos deleznables, es recordado por cuatro ajenos y malévolos.

Mas no termina ahí la arremetida quevedesca. Cuando Juan Pérez publica una obra titulada «Para todos», Quevedo escribe contra ella «La perinola», que es, como se sabe, la peonza. Seguramente es «Para todos» el título que más se recuerda de este autor, por haberlo leído en Quevedo. Con lo que se demuestra que ser atacado por autor grande es mejor que recibir rejones de autor chico o a la par, porque los varetazos del grande se recuerdan con su obra, mientras que siendo chicos atacado y atacante, ambos se desvanecen en el olvido y la desconsideración.

No seamos, de todos modos, injustos con Pérez de Montalbán, considerándolo demasiado chico. Era, sí, un poeta de segunda fila, pero ¡en el siglo XVII! cuando había que competir con Góngora y Quevedo, con Lope de Vega y Calderón, con Tirso de Molina y con Villamediana, que es poeta todavía poco reconocido, pero grande. En otra época o en otra lengua, acaso hubiera tenido Montalbán mayor realce. Actúa también en su contra, como poeta, el hecho de haber sido dramaturgo, y no por culpa de Quevedo, sino de los profesores de literatura que, no sé por qué extraña razón, no consideran a los dramaturgos como poetas y los excluyen de las antologías. Es decir, los versos que figuran en las obras de teatro, aunque sean excelentes, no se consideran versos, sino diálogos. Montalbán escribió mucho habiendo vivido poco: unas cincuenta comedias, aparte el poema «Orfeo en lengua castellana», en cuatro cantos; el famoso «Para todos», obra miscelánea, divida en siete partes (una para cada día de la semana), que incluye comedias, escritos sobre milicia, oratoria y otros asuntos, y referencias sobre al menos trescientos escritores; y hasta una colección de novelas: «Sucesos y prodigios de amor». Cuando murió, a los treinta y ocho años, preparaba la segunda parte del «Para todos» y, muy adecuadamente, un «Arte de bien morir». Como poeta, a veces resulta un poco redicho, por exceso de gongorismo, como en «Clavel dividido en dos»; pero también aborda el eterno tema poético del paso del tiempo en un soneto de gran belleza, en el que, como Calderón, se detiene a contemplar la fugacidad de las flores: «¿De qué sirve, decid, hacer alarde, / flores, de vuestros vanos resplandores, / si cuando el sol recuerda, nacéis flores / y no os halla la sombra de la tarde?».

Juan Pérez de Montalbán nació en Madrid en 1602, hijo de un librero de Alcalá establecido en Madrid y converso. Gongorino y de familia conversa, era el blanco ideal para Quevedo, caballero y cristiano viejo, que amenazaba con untar sus versos con tocino para que no se los mordiera Góngora. Pérez estudió en Alcalá y se hizo clérigo; la amistad con Lope de Vega la heredó de su padre, y se le recuerda como el primer biógrafo del Fénix, al que glorificó en la «Fama póstuma». Como dramaturgo fue precoz: estrena la comedia «Morir y disimular» con diecinueve años. Como clérigo ocupó el cargo de notario de la Inquisición: no hay mejor disimulo para un converso que colaborar con los perseguidores. Murió joven, en 1638, después de haber perdido la razón. Esperamos que las contiendas literarias, de las que muchas veces salió escaldado, no hayan influido en su prematuro fin.

 
La Nueva España • 31 de agosto de 2002
 

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