José Ignacio Gracia Noriega

Faustina Álvarez, madre y maestra
 

José Manuel Feito, inquieto y variado investigador asturianista, se adelanta a las conmemoraciones que, seguramente, se producirán con motivo del centenario del nacimiento de Alejandro Casona, que se cumplirá el año que viene, con la publicación del libro «Biografía y escritos de Faustina Álvarez García (madre de Alejandro Casona) durante su estancia en Miranda, 1910-1916», libro publicado en Avilés, 2001, con la colaboración del Ayuntamiento avilesino. Sabido es que Casona (en el Registro Civil, Alejandro Rodríguez Álvarez) venía de familia de maestros y que él mismo lo era. Lo que yo, al menos, ignoraba es que su madre, doña Faustina Álvarez García, sujeto de esta biografía, no sólo era maestra, sino que lo era en pleno frenesí: no sólo se hicieron maestros sus cuatro hijos, sino que pagó los estudios de Magisterio a su muchacha de servicio. Admirable raza la de aquellos maestros, con su fe indesmayable en mitos sonoros como la ciencia, la cultura, la educación, el progreso, su afán de enseñar más que de saber, su toque de pedantería y, en casos extremos, de dogmatismo y su punto de republicanismo, que, como nuevos quijotes («El Quijote» era en muchos casos la lanza que empleaban para enseñar a leer), exaltaban la dulcinea de la modernidad contra los molinos de viento, los gigantes, los cabreros y los barberos que llenaban el agro español. Qué diferentes aquellos maestros de algunos de ahora, que vencieron lo que los de antaño consideraban «sagrada misión» a cambio del trapicheo político y mercantil.

José Manuel Feito, hombre de diversos saberes y rector, diremos al modo inglés, de la parroquia de Santo Domingo de Miranda de Avilés, es también hijo de maestra: por eso buena parte del libro (la que no es puramente documental) está recorrido por una efusiva emoción. Doña Jesusa Rodríguez Avello y Ochoa obtuvo la acreditación como maestra superior el 16 de diciembre de 1912 y ejerció su magisterio en Oviedo como interina y, posteriormente, en Luarca, Camoca (Villaviciosa), Sevares (Infiesto), nuevamente Oviedo, La Corrada (Soto del Barco), Lorío (Laviana), Guimarán-Valle de Carreño y, finalmente, en Illas. En su juventud había sido alumna de Faustina Álvarez en Barcia (Luarca) y «esa devoción por su trabajo la he percibido yo mismo oyendo a mi madre», confiesa Feito.

Este libro, naturalmente, evoca a Alejandro Casona, pero, un poco a la manera del «Tristram Shandy» de Laurence Sterne, desde antes de que él hubiera nacido. Nadie está en el mundo por generación espontánea y el conocido dramaturgo tenía en doña Faustina fundamentos muy sólidos. Incluso en lo físico. Casona no presentaba aspecto de asturiano, sino de campesino leonés. Ahí estaba la raza de doña Faustina, nacida en la filial de Renueva, en León, el 15 de febrero de 1874. De todos modos, para sus vecinos de Cangas del Narcea, Alejandro Casona siempre será de Besullo. Recuerdo que, cuando yo estudiaba en el Colegio de los Dominicos de Oviedo, Alejandro Casona contaba con dos fuertes valedores: el padre Basilio Cosmen y un compañero de curso, Nel, también de Cangas, y de quien no he vuelto a saber, y lo siento. Poco sabía yo entonces que, andando el tiempo, estaría a punto de vincularme también a Besullo, donde tuve novia.

La etapa de Besullo no es la que más interesa a Feito, que centra las biografías de los personajes a los que ha estudiado (José Menéndez, Alejandro Casona, Faustina Álvarez García) durante su paso por Miranda. Pero los aspectos mirandeses de sus biografiados siempre resultan enriquecedores según los trata Feito. Por la biografía de doña Faustina nos enteramos del maestro Artime, o de la institución El Delantal o de que doña Faustina escribió un artículo encomiástico sobre José Menéndez, el rey de la Patagonia, poderoso indiano mirandés, para «ver si puede arrancarle unas pesetas más a fin de poder dar carrera y estudios a algunas de las niñas en las que ella veía inteligencia y futuro». Sin saberlo, acaso, doña Faustina se suma a las ilustres plumas españolas que ensalzaron al indiano Menéndez: entre otras, las de Ramón Gómez de la Serna, Ramón Pérez de Ayala, José Ortega y Munilla,y la de su propio hijo, Alejandro Casona.

«Posiblemente se ha descuidado esta relación de Casona con su madre, siendo el elemento femenino tan radical en su obra», concluye Feito. Ese descuido ha sido subsanado admirablemente en este libro. En lo que ya no estoy tan de acuerdo con Feito es en que el teatro de Casona, cursi y ajado, sea de reivindicación.

 
La Nueva España • 13 de septiembre de 2002
 

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