José Ignacio Gracia Noriega

A cien años de Luis Cernuda
 

Luis Cernuda nació en Sevilla el 21 de septiembre de 1902. Pese a la resonancia asturiana de su apellido paterno, su padre, militar que llegó a alcanzar el grado de coronel, había nacido en Puerto Rico y era oriundo de Pontevedra. La biografía del poeta, partida en dos, como la de tantos otros, por la guerra civil, no ofrece esos detalles espectaculares que hacen las delicias de los biógrafos. Cursó estudios de Derecho en Sevilla, en la que fue alumno de Pedro Salinas. Muertos sus padres, abandonó Sevilla, ciudad a la que sólo volverá en una ocasión, en 1934, por pocos días. Al comienzo de la guerra civil interviene en la defensa de Madrid, llevando en un bolsillo de la chaqueta las poesías de Hölderlin y leyendo, por las noche, el «Stello», de Vigay. Pero comprendiendo que aquello no era vida para un poeta, consigue ir a París como secretario del embajador de España, Álvaro de Albornoz. Vivió el exilio en Inglaterra, Escocia, México y Estados Unidos. Murió en México, en 1962. Como escribió recientemente uno de sus mejores y más activos conocedores, el también poeta sevillano Fernando Ortiz: «Fue un servidor de la palabra. Los aconteceres de su historia individual fueron mirados por él como anécdotas en una vida en donde la poesía ocupaba el lugar central» . Tan central que, en el caso de Cernuda, no es posible el aprovechamiento político del personaje, como sucede con Alberti, ni la invocación de ciertas tendencias privadas, como ocurrió con Lorca. Cernuda fue siempre un hombre discreto y elegante, celoso de su intimidad. De la política se decepcionó muy pronto, pero en uno de sus últimos poemas, «1936», se reconoce todavía fiel a la causa republicana.

De ser Cernuda un poeta poco conocido (aunque nunca menor) de la Generación de 1927, que él prefería llamar de 1925, pasó a convertirse poco a poco en su poeta más estimado y, desde luego, hoy el más vigente. «La poesía de Cernuda ha gozado (o sufrido, según el caso) de diferentes suertes desde las primeras reacciones hacia ella en 1927», señala Richard K. Curry. Su primer libro, «Perfil del aire», fue mal recibido y eso el poeta no lo perdonó. Desde hace un cuarto de siglo, la gran figura literaria de Cernuda ha ido creciendo hasta agigantarse. Su poesía se imponía en el público lector sobre la de otros poetas de mayor reconocimiento y renombre como Salinas, Guillén, Alberti y Lorca. Él mismo lo había previsto cuando escribe, hacia 1946, dirigiéndose a sí mismo: «Hay quienes al llegar encontró nacido a su público y quienes deben aguardar que su público nazca, siendo de estos últimos tú» . Hay indicios, desde hace un cuarto de siglo muy claros, de que ese público ya ha nacido y sabe leer. Se esperaba que el centenario del nacimiento del poeta fuera su espaldarazo definitivo. Ciertamente, acaso sorprende que este centenario no esté teniendo, de momento, el eco que tuvo el de Lorca. Aunque mejor así, porque los centenarios y fastos similares suelen poner en acción a demasiados carroñeros. Nadie dudó jamás de la calidad de la poesía de Cernuda. Todo lo más que ahora se puede conseguir es que su nombre suene más. De modo que mejor así.

De que los lectores de Cernuda ya han nacido da certificado la segunda edición de «Música cautiva», antología poética preparada y prologada por el poeta Fernando Ortiz con motivo del centenario. En pocos meses se agotó el libro, lo que es síntoma excelente, como excelente lo es la antología, que abarca desde las «Primeras poesías» (de 1924-27) hasta los graves y hondos poemas de «Desolación de la quimera» (1956-1962). Lástima, y lástima grande, es que este volumen, por imposición editorial, no contenga muestras de la prosa cernudiana: de su crítica literaria, de sus ensayos, de sus poemas en prosa, incluso de su narrativa (de menor interés, todo hay que decirlo). «¿Será verdad, como algunos pretenden, que sólo los poetas saben escribir en prosa?», se pregunta el propio Cernuda. Sus ensayos de crítica literaria no sólo están muy bien escritos sino que son esclarecedores. Se acostumbra a indicar que Cernuda es el T. S. Elliot español. No es exacto. Cernuda no es un equivalente, sino Cernuda: poeta y crítico que, de haberse dirigido a un público anglosajón en lugar de hacerlo al precario que tuvo, tendría hoy la dimensión e importancia que se le concede a Elliot.

 
La Nueva España • 21 de Septiembre de 2002
 

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