José Ignacio Gracia Noriega

Sendas hacia Covadonga
 

El pregón de las fiestas de Covadonga del Centro Asturiano de Oviedo, dado por Francisco Álvarez-Cascos, ofrece puntos de interés dignos de glosa. En primer lugar, por la personalidad del pregonero. Francisco Álvarez-Cascos es, hoy por hoy, la gran esperanza de Asturias. Esta autonomía languidece sin punto ni dirección, o si alguna tiene, ésa no va por el camino adecuado. Con el ingreso en Europa, Asturias renunció a todo a cambio de nada. Algunos se beneficiaron, qué duda cabe, pero eso es pan para hoy y hambre para mañana. Por principio, debe desconfiarse de una economía basada en las subvenciones y en el monocultivo. Se está intentado implantar en Asturias, de manera oficial y programada, el monocultivo turístico, a falta de imaginación o ganas de hacer o de intentar otras cosas. Mientras, se gasta el dinero que llega de afuera como si fue el maná (aunque no es el maná) en salvas o en hacer boleras. ¿Qué ocurrirá cuando ese dinero deje de llegar, como se pregunta, no hace mucho aquí, Otero Novas? En cualquier caso, el otro día declaró Benito Arruñada en Santander (LA NUEVA ESPAÑA, 27-8-2002) refiriéndose a Asturias que una economía de prejubilados y consumo no puede crecer. Y lo que no crece, en este sistema, se va al traste. Y a pesar de todo esto, yo creo que el principal problema de Asturias no es económico, sino político. Asturias debe abandonar planteamientos económicos que han fracasado en todo el mundo de manera estrepitosa. Mas para ello ha de producirse un cambio político. Álvarez-Cascos podría ser quien diera el cambio de timón. Por eso, lo que diga es del máximo interés para nosotros. Aunque lo diga en un pregón de fiestas. Álvarez-Cascos, por otra parte, no sólo es un político de gran potencia, sino un intelectual, autor de algunos libros muy notables. El tema de esos libros es Asturias, como es Asturias el tema de su pregón de Covadonga.

Un discurso sobre Covadonga inevitablemente ha de ser un discurso de símbolos. Álvarez-Cascos propone dos: el monte Naranco y Covadonga (en mi libro «Oviedo en los libros» yo afirmé que representaban a Oviedo la torre de la Catedral y el monte Naranco). En el monte Naranco se encuentran dos joyas prerrománicas ­Santa María del Naranco y San Miguel de Lillo­, el edificio modernista del Centro de Asturianos y Casa Lobato: todo ello digno del mayor aprecio. No estoy de acuerdo, de todos modos, con Cascos cuando habla de «hecho diferencial». Será «políticamente correcto» decir «hecho diferencial», como también lo es el separatismo: aunque a mí me parece terminología inconveniente, la guerra de la Reconquista y la emigración a América (a ellas añadiría yo la Ilustración del siglo XVIII) no deben entenderse como «hechos diferenciales», sino como las grandes manifestaciones del impulso asturiano hacia afuera: como «momentos estelares de Asturias», por decirlo a la manera de Stefan Zweig.

En lo demás, acuerdo completo. Borrow, en efecto, vio viñedos en el monte Naranco, aunque Casariego, que no le tenía simpatía a don Jorgito por ser inglés y hereje, aseguraba que se trataba de una broma que le habían gastado los ovetenses. En el pregón del ministro de Fomento destaco dos afirmaciones que me parecen del máximo interés.

Para el ministro de Fomento, las alegaciones de los ciudadanos e instituciones contribuyen «a definir la mejor solución conceptual y funcional que dé satisfacción a esas necesidades de promoción y de protección», en este caso, del monte Naranco. Añade Cascos, refiriéndose a un caso concreto, que «como ministro de Fomento y como asturiano concibo el acceso oeste no como un problema sino como una solución múltiple. Por una parte para resolver los problemas de tráfico y de comunicaciones en la capital del Principado y, por otra, para poner en valor y proteger todo el entorno natural del monte Naranco y estos monumentos prerrománicos únicos en el mundo, con un valor histórico y arquitectónico excepcional». Dejando aparte la propuesta, el hecho de que el Ministro la considere no como un problema, sino como una solución demuestra realismo y optimismo a la vez.

Otro proyecto es «la ejecución de sendas peatonales de continuidad en los arcenes izquierdos de las carreteras nacionales que confluyen hacia Cangas de Onís, de esas carreteras nacionales cada vez más liberadas de tráfico con el avance de la nueva red de autovías». Con esta senda salen ganando los automovilistas y los peatones, y se facilita la peregrinación a Covadonga, santuario del que dijo el poeta Robert Southey que merece el mejor renombre en los heroicos anales de la fama.

Muchos asturianos van a Covadonga y algunos lo hacen a pie. La tertulia «El Garrapiellu», de Gijón, hace una temporada que camina periódicamente a Covadonga, señalando sendas, indicando los monumentos que se encuentran en el camino y alrededores (el prodigioso románico de Villaviciosa, etcétera).

En una época en la que todo se fía en el coche y en la velocidad, dar la oportunidad de hacer el camino de manera natural es meritorio. Y sin destrozar el paisaje, como están haciendo en mi pueblo, donde la llamada senda costera de Toró está agrediendo gravemente a la costa, o una inútil senda ha acuchillado salvajemente a la cuesta de Cue. No digo que el camino de Covadonga sea el Camino de Santiago. Pero unir el Naranco con Covadonga a pie es una manera de conocer mejor Asturias, y como decía Unamuno, a nuestra tierra sólo se la puede amar conociéndola de cerca; esto es, pisándola.

 
La Nueva España • 27 de septiembre de 2002
 

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