José Ignacio Gracia Noriega

Ensayos de Thomas Mann
 

Thomas Mann ya no es lo que fue en la cultura europea del siglo XX (la única que podía admitir figuras literarias de su talla titánica). Ciertamente, la vieja cultura europea tampoco es lo que era, y si hoy la gran figura de la literatura alemana es Günter Grass, se certifica, más que retroceso, degradación, con respecto a la época, no tan lejana, y que la gente de mi generación recuerda, en que la novela alemana (voy a referirme sólo a la novela) ofrecía los nombres de Thomas y Heinrich Mann, Hermann Hesse, Jakob Wassermann, Alfred Döblin, Franz Werfel, Heimito von Doderer, Ernts Wiechert, Hans Fallada, Ernts Jünger, Ernts von Salomon, Ernts Glasser, Lion Feuchtwanger, Eric M. Remarque, etcétera, muchos de ellos popularísimos en España (sin contar a los austriacos, como Arthur Schnitzler, Hermann Broch, Robert Musil, Joseph Roth, Alexander Lernet-Holenia o Stefan Zweig, en torno al cual parece que se está iniciando un proceso de recuperación, bien merecido, por lo demás).

Thomas Mann, consecuentemente, disfrutó de una gran popularidad en España (muy superior a la de su hermano Heinrich, a pesar del gran éxito cinematográfico de su novela «El ángel azul», que lanzó a la fama a Marlene Dietrich), tanto con sus novelas cortas («Tristán», «Mario y el mago», «Tonio Kröger», «La muerte en Venecia», «Las tablas de la ley», etcétera), como con «La montaña mágica», que en España, al igual que en el resto de Europa, dio motivo de reflexión a varias generaciones de europeos. Como novelista, Mann no intentó novedades sorprendentes, a la manera del «Ulises», de James Joyce, sino que adaptó a sus planteamientos de hombre del siglo XX el espléndido armazón de la gran novela del siglo XIX. En el literario, como en otros aspectos, Mann tuvo poco de revolucionario, y sus novelas están más cerca de Fontane que de Proust, Joyce o Kafka. Reservó cada etapa de su vida para la confección de una vasta novela: «Los Buddenbrook», que el año próximo cumple los cien años de su publicación, que es la culminación de su juventud, con una amplia mirada a su mundo social y familiar; «La montaña mágica», la obra maestra de su madurez, y «Doctor Fausto» la acumulación de sabiduría y experiencia de la vejez. Sobre Thomas Mann aleteó la sombra de Goethe, su modelo para tantas cosas y el protagonista de la deliciosa novela «Lotte en Weimar». Pero no pudo llegar a ser como su modelo, porque el siglo XX se demostró incompatible con el siglo XVIII, y en lugar de poder vivir con sosiego en Weimar (o en cualquier otra admirable ciudad alemana del Siglo de las Luces) Mann hubo de huir precipitadamente de Alemania en un avión, perseguido por las hordas nacionalsocialistas.

Thomas Mann es un novelista reflexivo y hondo. Muchas de sus novelas están planteadas como ensayos, o al menos contienen numerosas páginas que, juzgadas fuera del contexto donde han sido publicadas, tienen más relación con el género ensayístico que con el narrativo. A este tipo de escritores, habituados a introducir ensayos en sus novelas, o a organizar sus novelas como si fueran ensayos, se les llamó, como es obvio, «novelistas ensayistas», y gozaron de gran prestigio entre la «clase intelectual y culta» hace cuarenta o cincuenta años. El ejemplo más representativo es el inglés Aldous Huxley, y su equivalente español, Ramón Pérez de Ayala. No obstante, Thomas Mann poseía más potencia como narrador que la mayoría de los novelistas que se camuflaban como ensayistas. No olvidemos, en cualquier caso, las muchas páginas de tono ensayístico que se encuentran en una de las mejores novelas que se han escrito jamás, «Guerra y paz», de Tolstoi. En la actualidad, estamos muy acostumbrados a la novela anglosajona, en la que el relato predomina por encima de todo. En las novelas de Mann (sin que por ello pueda decirse que son novelas de escasa acción: ahí está la tetralogía «José y sus hermanos» como prueba en contra) abunda la conversación. También abunda la conversación en «El Stechlin», de Theodor Fontane, y no por eso deja de ser una espléndida novela.

De todos modos, yo soy de los que prefiere que la novela vaya por un lado y la reflexión ensayística por otro. Me gustan las novelas de Henry James tanto como sus reflexiones sobre la novela, pero siempre que el ensayo sobre la novela vaya como prólogo y la novela vaya detrás. Me gustan los ensayos de Thomas Mann, pero también sus novelas en las que predomina la acción, como «El elegido» o «Las tablas de la ley». Por ello, bien está que se hayan vuelto a publicar en español algunos de sus ensayos más representativos (la suma de los ensayos publicados por Mann supera las dos mil páginas).

Alba Editorial lleva algún tiempo recuperando a Thomas Mann en su doble faceta de narrador, y, ahora, de ensayista, en traducciones de Rosa Sala, Roswitha S. von Harttung y Genoveva Dieterich. A dos libros de carácter narrativo, publicados el año 2000, sucede ahora una selección de ensayos titulada clara y austeramente «Ensayos sobre música, teatro y literatura». De los dos libros de relatos, «La voluntad de ser feliz y otros relatos» es el más convencional: recopila diecisiete relatos, algunos tan conocidos como «La caída», «El pequeño señor Friedemann» y «Sangre de Welsungos». El otro volumen reúne los relatos «Desorden y dolor precoz», de Thomas Mann, y «Novela de niños», de su hijo Klaus Mann, que son como las dos caras de la misma moneda o dos miradas al espejo desde uno y otro lado. Mann, supongo que por desgracia, tuvo hijos demasiado aficionados a desvelar las intimidades familiares: recordemos los libros autobiográficos de Katia y Monika Mann, a los que se suma esta juvenil novela corta de Klaus. Siendo el ensayo género más comedido, nos libera cuando menos de confesiones más o menos dolorosas, aunque los ensayos aquí reunidos trazan el perfil intelectual de Mann: se acumulan en este volumen «Sobre música, teatro y literatura» trabajos sobre Goethe, Schiller, Tolstoi, Dostoievski, Chéjov, Fontane, Zola, Strindberg, Wagner, la novela, el teatro y Cervantes. Nuestro Cervantes. Hace muchos años, en 1961, la editorial Losada reunió en un volumen titulado «Cervantes, Goethe, Freud», cuatro ensayos de Mann: el dedicado a Cervantes es el único que se repite en la edición de Alba. En «Viaje por mar con don Quijote», Mann relata su viaje a América en 1934, huyendo del nacionalsocialismo y leyendo el Quijote. Como si la novela cervantina fuera el último aliento de libertad que el escritor fugitivo puede rescatar de una Europa acosada.

 
La Nueva España • 27 de octubre de 2002
 

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