José Ignacio Gracia Noriega

El poeta Jesús Arango
 

Cuando José Luis Campal (uno de esos raros poetas que trabajan, en lugar de ir a extasiarse a New York, New York para llevarle la contraria a Paco Martínez Soria diciendo «La ciudad es para mí») me envió una de sus últimas publicaciones investigadoras, aparecida en el boletín del RIDEA, «Motivaciones poéticas de Jesús Arango», quedé sorprendidísimo, creyendo al primer vistazo que mi querido y simpático amigo Jesús Arango, ex consejero de Agricultura del Principado, es también, y además, poeta. Felizmente, se trata de otro Jesús Arango, con el que mi dilecto Jesús Arango sólo coincide en el nombre. Mas no por eso deja de tener interés el poeta. Esta recuperación de poetas que han quedado olvidados y que en la actualidad puede decirse de ellos que son prácticamente desconocidos, es labor muy meritoria de Campal, que debería tenérsele en cuenta. Colaboremos nosotros a difundir el nombre de este Jesús Arango.

Jesús Arango Álvarez nació en Torazo, concejo de Cabranes, el 8 de mayo de 1869. Nos advierte Campal de que no esperemos encontrar en sus versos algo parecido a los de Pepín de Pría, Fernán-Coronas y Constantino Cabal (también hay que citar aquí a Teodoro Cuesta, inexcusablemente), aunque es preciso tener en cuenta que «el último siglo también ha estado habitado por numerosa pléyade de poetas o hacedores de versos no tan brillantemente inspirados, escritores menos dotados, reverenciadores de moldes ya acuñados y popularizados, pero en modo alguno merecedores del olvido, autores de hechuras nobles que honraron en sus modestas contribuciones el crédito de sus maestros», dice Campal. Entre estos poetas de segunda fila figura, naturalmente, Jesús Arango. De sus dificultades para procurarse una mínima educación nos informa Constantino Suárez. El poeta pertenecía a familia labradora muy humilde. Con la ayuda económica de un tío paterno, abre un negocio mixto de tienda, lagar y panadería en La Obra, y poco a poco se va haciendo una posición. Colabora en el periódico local «El Eco de Cabranes», que dirige de 1909 a 1914, llegando a ser su propietario. Allí da a conocer sus versos y sus prosas. También se dedicó a la política, como concejal y alcalde de Cabranes, y más tarde como secretario del Ayuntamiento. Finalmente, fue secretario del Juzgado municipal de Cabranes, cargo del que fue expulsado al ganar las izquierdas las elecciones de febrero de 1936, y respuesto en el mismo en 1937, después de ser liberada Asturias. Arango falleció el 20 de julio de 1945. Su obra abarca cuarenta y cuatro piezas de diferente extensión y asuntos escritas generalmente en versos de arte menor o endecasílabos, con rimas asonantes y tendencia al romance, más los escritos en prosa. Su «obra completa» fue publicada por Xurde Blanco en 1997, en un volumen titulado «Versos y proses».

Como es habitual en este tipo de poetas, Jesús Arango es un poeta festivo, aunque no desdeña asuntos más elevados, como pueden ser la conmemoración del centenario de la Guerra de la Independencia contra Napoleón o la inauguración de una escuela. Es claro que nos encontramos ante un poeta enemigo de la poligamia y algo misógino:

«Y si una muyer ye güena
cien serán… endemoniaes».

Admirador de Teodoro Cuesta, y bastante reducido su mundo poético al ámbito rural de Cabranes, a Arango le gustan las ferias y mercados, la abundancia en el campo, los pueblos de su concejo («Ellí estaba la hermosura / de Camás y de Piñera, / de Torazo y Santa Olaya, / de Pendenes y Arboleya») y las mozas guapas («una moza sandunguera / con piernes como pegoyos»). También hace severas reflexiones morales («seguirá siendo el orgullo / el viciu de los mortales») y tiene la sensación del paso del tiempo («ya me voy quedando vieyu, / pos vo cumplir cuarenta años»). En la línea de Bruno Fernández Cepeda, le alegra la abundancia de la cabaña ganadera («Xatos, pasaben de ochenta; / vaques de lleche, quinientes») y describe la procesión de la Virgen del Carmen que se celebra en Torazo («Delantre diben los ramos / sobre’l costazu / de los moces más guapes»). Este tipo de fiestas le gustaban de manera muy especial, y cuando se escucha la tonada «morrió la tristeza». No era poeta complicado ni pretencioso, sino buena persona que desea a sus vecinos un «añu venideru, / de muncha cosecha, / de munchu dineru». Y no echaba de menos New York; con Torazo le bastaba.

 
La Nueva España • 29 de octubre de 2002
 

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