José Ignacio Gracia Noriega

«Sonata de otoño»
 

«Sonata de otoño», de Ramón del Valle-Inclán, es la primera de las «Sonatas» en el orden de publicación (año 1902) y la más hermosa. Pero su gestación se había iniciado, cuando menos, el año anterior. El 28 de julio de 1901 aparece publicado en «La Correspondencia de España» un cuento de Valle-Inclán, «¿Cuento de amor?», que lleva por subtítulo «Fragmento de las “Memorias íntimas” del marqués de Bradomín» (en las «Sonatas», tales memorias reciben el título, más versallesco, de «Memorias amables», y se dice de ellas que las empezó a escribir en la emigración el marqués de Bradomín, «ya muy viejo» ). La interrogación del título revela que este cuento no va por el camino que seguiría la «Sonata de otoño», sino que se trata de un cuento mundano, aunque Valle aprovecha a los personajes para la «Sonata», convenientemente transformados. Poco más tarde, en «El Imparcial» del 9 de septiembre de 1901, aparece una reelaboración que lleva el título definitivo de «Sonata de otoño» . Aquí se habla ya de «Memorias amables», y se describe al marqués de Bradomín como «feo, católico y sentimental» . El cuento empieza como la novela, aunque con más sobriedad, y los desarrollos de ambos son parecidos, aunque a lo largo del cuento Valle sigue expresándose con una austeridad de la que carece la novela. La suntuosa escena de la muerte de Concha se reduce en el cuento a una anotación casi notarial: «Concha apuró después la copa y no volvió a beber más... ¡Aquella noche murió!» .

El 23 de septiembre, y también en «El Imparcial», se publica el cuento «Don Juan Manuel», presentación literaria del magnífico hidalgo don Juan Manuel de Montenegro, personaje secundario de «Sonata de otoño» y de «La guerra carlista», y protagonista absoluto de las «Comedias bárbaras» . Para la primera de las «Sonatas» Valle-Inclán aprovechó los textos propios más impensados (nada diremos sobre el aprovechamiento de textos ajenos), como la reseña que hizo a «La casa de Aizgorri», de Pío Baroja, publicada en «Electra» el 30 de marzo de 1901, y algunos de cuyos párrafos incorpora primero a la narración «El palacio de Brandeso» y luego, ya de manera definitiva, a la «Sonata de otoño», para describir el personaje de Isabel de Bendaña.

Valle-Inclán conocía muy bien el arte del cosido, del recosido, y, sin duda de manera intuitiva, de lo que sería posteriormente el montaje cinematográfico (de hecho, la trilogía de «La guerra carlista» posee una movilidad que hoy podemos calificar sin exageración como cinematográfica; asimismo, el ritmo de su teatro, que en parte recuerda al de Shakespeare, Lope de Vega o Calderón de la Barca, es en ocasiones cinematográfico).

«Sonata de otoño», que surge de un cierto aprovechamiento de retales, se convierte, por arte de magia (de la magia de Valle-Inclán), en uno de los relatos más perfectos de la literatura española de toda época. A partir de ella vendrán las otras tres sonatas, con una concepción novelística unitaria que desarrolla el gran tema del paso del tiempo. Según Alfonso Reyes, «Valle-Inclán había tratado novelísticamente el tema de la seducción, preocupado sobre todo de crear un “Don Juan del paisaje”, un amante que reaccionara diversamente con el cambio de escenario natural y con el cambio de las estaciones del año» . Las estaciones del año se asimilan a la vida humana: son el gran documento del paso del tiempo. Baltasar Gracián nos da sus equivalencias, desde la primavera de la juvenil edad hasta el invierno de la vejez. Conforme crece el hombre, aumenta el calor; conforme va declinando, se presenta con mayor insistencia el frío. Desarrollando la inmensa metáfora de las estaciones del año como las etapas de la vida humana, Valle-Inclán escribe una fastuosa tetralogía meteorológica, desarrollada en cuatro escenarios bien distintos: la Italia de los Papas en la «Sonata de primavera» («Era la vieja, la noble, la piadosa ciudad de Liguria» ); las tierras tórridas de México en la «Sonata de estío» («Después, dejándome llevar de un impulso romántico, fui a México» ); el melancólico y húmedo paisaje gallego en la «Sonata de otoño», y el áspero invierno de Navarra en la «Sonata de invierno» . La disposición de la tetralogía es circular: se abre con un amanecer («Al fin quedéme dormido y no desperté hasta cerca del amanecer, cuando la luna, ya muy pálida, se desvanecía en el cielo. Poco después, todavía entumecido por la quietud y el frío de la noche, comencé a oír el canto de madrugueros gallos y el murmullo bullente de un arroyo que parecía despertarse con el sol» ), y termina en un crepúsculo ceniciento, el de Bradomín que abandona el palacio del Rey en Estella: «Al trasponer la puerta sentí la tentación de volver la cabeza y la vencí. Si la guerra no me había dado ocasión para mostrarme heroico, me la daba el amor al despedirse de mí, acaso para siempre» .

Los desenlaces de las cuatro sonatas son trágicos, y en ellos permanece la terrible sensación de que algo se ha perdido. Si se añade a esto el sentido del paso del tiempo, es inevitable que el tono de las dos últimas sea decididamente melancólico. En «Sonata de otoño» llueve sobre Galicia, las hojas caen de los árboles y son movidas por el viento: «Las nubes pesadas y plomizas iban a congregarse sobre la sierra de Céltigos, en un horizonte de agua» . El mundo mágico de Galicia se insinúa en los habitantes del molino y en los criados, y al otro lado de la raya bulle un mundo de damas melancólicas y piadosas, de amantes atormentadas, de clérigos cazadores y de hidalgos soberbios. El palacio de Brandesco, con los tres miradores desde los que se ve el jardín bajo la tormenta, la lluvia y la nevada, está elevado con la piedra de los sueños. Cumple la «Sonata de otoño» cien años, aunque parece mucho más antigua: tan antigua como los recuerdos lejanísimos, como el roce del rayo del sol pálido sobre el bosque dorado.

 
La Nueva España •8 de noviembre de 2002
 

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