José Ignacio Gracia Noriega

María Zambrano, la pensadora
 

No parece que durante los años transcurridos entre el fallecimiento de María Zambrano, en 1991, y el centenario de su nacimiento (ocurrido en Vélez-Málaga, el 22 de abril de 1904), se hayan producido grandes novedades. Después de unos años de «gloria y recuperación», a su regreso de un largo exilio, sucedió con ella y su extensa obra lo que era previsible que sucediera: que volviera al misericordioso olvido. Durante diez años más o menos, la presencia de María Zambrano en los papeles fue casi apabullante. Se conoce que había escrito muchísimo durante su exilio itinerante (en México, en Cuba, en Puerto Rico, en Roma y en Ginebra) y que había podido publicar muy poco, de manera que al ser reconocida en España abrió sus cajones y ¡allá va!, venga a publicar y a publicar. Le ocurrió casi lo mismo que a Octavio Paz, quien, cuando descubrió el gran filón de España, publicó en forma de artículos de periódico todo lo que se había ocurrido escribir a lo largo de su vida, desde la infancia hasta que recibió el premio Nobel. Tal aluvión de artículos, semiartículos o simples desvaríos con que nos bombardearon una y otro habrán resultado gratificantes para ellos en el aspecto económico. Pero lo de publicar más de la cuenta tiene sus inconvenientes, y sobre todo si se saca de un baúl de los recuerdos más o menos de los años de Matusalén. Tan sólo a los alevines de escritores, por inexperiencia e impaciencia, y a los muy viejos, a lo mejor porque están «gagas», les está justificado el frenesí publicatorio. A la obra de Paz, tan lúcida y rigurosa en buena parte de ella, no le añadieron nada nuevo ni bueno la mayoría de los recuelos que publicó aquí, después de haber descubierto las grandes posibilidades que para ello le ofrecía la «madre patria»; y como la obra de María Zambrano era menos sólida, rigurosa y lúcida que la de Octavio Paz, no tardó en descubrírsele el «camelo». Después de haber leído media docena de artículos suyos y un par de libros, asomaban insistentemente a la oreja el camelo y don Pedro Grullo, eso sí, revestidos con una prosa muy hermosa y musical. Y esto es lo que hay que agradecerle a María Zambrano: su prosa. Porque otros eminentes próceres, como el «viejo profesor» Tierno Galván o don José Luis Aranguren, no eran menos camelistas que ella, sino mucho más, y, para colmo, escribían muchísimo peor. Si quien escribe no dice nada, como la Zambrano, por lo menos que suene bien. Lo terrible era cuando Aranguren, Tierno Galván y tantos otros tomaban la pluma para exponer obviedades como quien descubre mediterráneos con una prosa incolora, inodora e insípida en el caso de Aranguren, y ruda y pedante en el de Tierno Galván. Y además la «Pensadora», como la llamaban en los «medios», cuando escribía sobre persona o asunto que estuviera a su altura, era capaz de alcanzar momentos geniales: por ejemplo, en un artículo publicado en la tercera de «ABC» del 7 de mayo de 1988 con el título de «José Lezama Lima, vida y pensamiento», la encontramos verdaderamente en su salsa, porque glosa a un escritor cuya obra, como la suya, es pura palabrería barroca y musical. No hay cosa capaz de igualar a un escritor que no dice nada escribiendo sobre otro que tampoco dice nada: eso, señores y señoras, es puro virtuosismo. María Zambrano tuvo la suerte de que Umbral, en «Las palabras de la tribu», libro justiciero y feroz en el que arregla las cuentas a los grandes prestigios de la literatura del exilio, sólo le dedicó un pie de foto, aunque certero: «María Zambrano era una lírica en prosa y nunca un pensamiento filosófico». Con el cambio de situación política efectuado a la muerte de Franco se descubrió algo realmente portentoso: aquellos que tanto protestaban porque no podían publicar lo que querían a causa de la censura, y de quienes se esperaban importantes obras inéditas, resulta que no habían escrito nada. En cambio, los exiliados, que poseían libertad para publicar cuanto quisieran, volvieron a España con las maletas llenas de inéditos y con el reloj literario parado en la época de Galdós.

A los cien años de su nacimiento, María Zambrano es una referencia intemporal: republicana, institucionista, orteguiana... ¿sigue teniendo todo esto el mismo prestigio en 2004 que en 1988, cuando la Zambrano recibió el premio «Cervantes»? No cabe duda de que fue una figura de los años 80, nombrando la poesía, las filosofías, la certeza del tiempo, la libertad, el alba. ¿Bastan la insistente repetición de lugares comunes y el exilio para ser una buena escritora? Quién lo sabe. La Zambrano fue capaz de acreditarse gracias a una prosa sin contenido, y a veces sin sintaxis, pero muy bella. Pocas cosas más raras se vieron alguna vez...

 
La Nueva España • 22 de abril de 2004
 

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